
Dejar y llevarse algo
Hoy me llamó mi madre, estaba triste, o angustiada, no distingo muy bien la diferencia. Quizá la tristeza sea más inocua, más literaria, entonces más inútil. La angustia en cambio es más sanitaria, la angustia es dañina, como el cigarrillo, como las grasas saturadas de grasas. Me llamó para llorar un poco del otro lado de la línea, me dijo que estaba cansada, harta, que ya no daba más, con la casa y con su madre, que es mi abuela, que necesitaba que todo se ordenara y que fluyera, claro, no lo dijo así, ella habla como habla una madre, no dice cosas como fluir, ni tampoco desea un orden perfeccionista que le quite el peso al caos, ella sólo desea algo simple, yo creo que desea tranquilidad.
Mi abuela tiene un agujero en una pierna, es como un volcán abierto de carne que a veces erupciona sangre y pus. Para que se cure, debe tener su pierna vendada todo el día, todos los días, sino lo hace, puede perderla, a la pierna, le pueden cortar la pierna. Y mi abuela no se venda, le molesta, le da calor. Yo creo que tiene ya ese cansancio de vida que a veces te trae la vejez. Y entonces ya no le importa, ni su pierna, ni su vida.
También es cierto que acá en Mendoza es verano, si bien es un verano más indulgente con sus calores, es verano a fin de cuentas y los días son densos, mugrosos, adhesivos. Antes en Mendoza los veranos eran terribles, pero eran mejores, porque eran los veranos que nos correspondían. Eran veranos intensos, solares, brillantes, imposibles de andar, secos, hirvientes, eran veranos de apocalipsis pero también de reivindicaciones. Ahora que todo ha cambiado, los veranos son lluviosos, húmedos, A la gente el deseo se le desgrana contra los días nublados y espesos. Antes eso no pasaba.
Mi madre habló un largo rato sobre la pierna de mi abuela, entró en detalles, recuerdo algo sobre un algodón seco sobre la lastimadura y un reto, después los gritos y las peleas. También contó sobre una toalla ensangrentada y sobre cómo mi padre intervino para tratar de poner las cosas en su lugar. Pienso que las vidas de todos avanzan entre este mundo de cosas que nos obstinamos en construir. Ahí están ellos, moviéndose entre heladeras y lavarropas, entre sus camisas gastadas y sus televisores, haciendo fuegos en la cocina, bajo las mismas ollas que me cocinaron a mi de niño. En las alacenas siguen algunas tazas de vidrio verde, color botella, que supuestamente eran irrompibles. Una vez cuando era chico y estaba solo en casa, saqué una de estas tazas y la tiré al suelo, deliberadamente y sin demasiado ritual. Mi madre solía decir que el único secreto que podía romper una taza irrompible, era que cayera boca abajo, que la fuerza del golpe le entrara por la boca y reventará dentro hasta hacerla explotar, algo así pensaba yo que pasaría. La dejé caer y la taza se rompió en muchos pedacitos de vidrio verde. Se rompió sin haber caído boca abajo. Fue una gran decepción, supongo que otros habrán tenido las suyas.
Ayer pasé a buscar a Gisela por su dúplex y fuimos a tomar vino a un lugar que se llama Casa El Enemigo. Tomamos mucho vino y hablamos con el enólogo y el dueño del lugar. Gisela le dijo al enólogo cuando se acercó a nuestra mesa “él dice -señalándome- que ustedes, los enólogos, son los nuevos rockstars de las profesiones”. El enólogo dijo que si, pero que eso a él no le gustaba, que él quería un mundo despersonalizado, yo le dije que sí, que muy lindo todo, pero que hoy estábamos ahí por su nombre, por su marca, por su trabajo de branding y marketing. Él dijo que si, que qué se yo y se fue, un poco incómodo. Nosotros nos reímos un rato porque no queríamos incomodar a nadie y porque estábamos borrachos y porque de verdad nos había gustado muchísimo su lugar, su casa, sus vinos, la historia que elegía contar. Al rato volvió con una botella de un Malbec que sacaban de una viña con cien años y nos ofreció llenar nuestras copas y nosotros aceptamos y bebimos y el vino sabía a reflejos y a quietud y a frutas que ya no existen y pedimos más pero ya no quedaba y elegimos otro, uno que nace en Gualtallary, un caldo espeso que de a pequeños sorbos nos fue dejando en un estado de intangibilidad total. Yo creo que perdí presencia y me teñí de un rojo casi transparente. El sol atravesaba los vidrios y dentro del lugar se podía percibir con total claridad cómo el tiempo perdía por un instante la pelea y todo se detenía y las palabras eran prácticamente objetos visibles y manipulables mientras una versión de nosotros conversaba sin rumbo y sin definiciones.
Pienso que después de todo no hay nada malo en ser una marca. Quizá a muchos les guste más la idea de dejar una marca, que la posibilidad de ser una marca. Pero eso no es para cualquiera y ahí sí que el marketing, no tiene nada que ver.
Hoy es martes y es feriado, es una duplicación imperfecta del domingo. Es imperfecta también su soledad y su tristeza, es imperfecta la caída de la luz sobre las cosas y es imperfecta la gente que sale a la calle, vestida con la ropa del domingo, peinados como se peinan los domingos, contribuyendo a una confusión innecesaria a sabiendas que hoy es, claramente y como ya bien dije, un martes como cualquier otro martes.
Espero que esto y otras cosas, incluida la pierna de mi abuela, se solucionen a la brevedad.