
El Marca Piel
Tengo ganas de irme a la montaña. De sentir un poco esa magnitud visual que tiene la montaña acá en Mendoza. Ayer fue el cumpleaños de un amigo. Fui a cenar a su casa, había mucha gente que no conocía pero igual me sentí cómodo. Hablé poco. Conté algunas historias de mi viaje porque mi amigo, creo, me vio muy alejado y quizá él se incomodó, espero que no, no era mi intención, de todas formas me dio la palabra y conté algunas cosas, el viaje fue un gran viaje y cuando lo cuento me enciendo, me gusta contar mis viajes. Ahora que lo pienso mejor no creo que él se haya incomodado, lo hizo quizá como un gesto de rescate. Eso debe haber sido.
Durante el día manejé un auto que no era mío. Fue extraño. Los autos tienen todo de sus dueños, son más personalizables que un perro. Uno lo puede sentir, la distancia de las cosas, el calor que emanan, el olor de quien lo usa, la presencia notoria de otros, quizá el resto de la familia está ahí, en un juguete tirado en el piso, en alguna miga de alguna galletita. Esas cosas.
Estoy leyendo “La novela Luminosa” de Levrero. Por eso esto. Este ejercicio naif de diario personal. Cuando leo, me identifico. Debe ser muy mediocre el escritor para que esa transferencia no suceda. El primer tercio de la novela de Levrero es malo. Pero no. Es eso, sus días. La contradicción. El transcurrir de un hombre que envejece en soledad, con sus miedos, sus obsesiones, sus trampas, sus preguntas. Un tipo jodido, complejo, profundo. Pero no por eso su escritura ha de reflejarlo constantemente. De hecho no lo hace, más bien lo esconde. Levrero creo, trata de refundar en el último tramo de su vida, el sentido de su existencia, pero no en términos filosóficos, sino más bien prácticos. Incluyendo en la practicidad también lo inasible, lo simbólico y lo profundamente inexplicable. Por eso el libro es árido pero, como decirlo, luminoso al mismo tiempo. Claro, ya lo dijo él. Es la observación por la observación misma, pero una vez que conectamos con el lenguaje que propone, pareciera posible la transferencia y la oportunidad de asistir a los días de un escritor solitario y miedoso. Me incomoda, me desvela. Me identifico. Pero no es nada importante, también me identifico con los asquerosos suburbios y los personajes que Cheever mete ahí. Con Carver y su colosal distancia de las cosas que a todos le importan, con ese descubrimiento de la ferocidad que tienen los que saben que no hay manera de alejarse de la posibilidad de la tragedia, que como una sirena que a veces suena a la distancia y nos da un respiro, nunca deja de proyectar su luz intermitente y ese sonido que algún día terminará enloqueciéndonos.
Durante la semana cuidé a mi perro (¿Mi ex perro?) la Gisela dice que ahora es su perro, porque vive con ella. Yo creo que los perros son de los perros y que de nosotros no es nada. Lo cuidé, en realidad siento que él me cuidó un poco a mi, no es una sensación ahora que lo reviso, pienso que la conexión con los animales la tenés o no la tenés, te pasa o no te pasa. No hay grises. Yo con ese animal me conecto de forma tan brusca e intensa como a veces también me desconecto y no logro entenderlo ni que me entienda. Y así. Anduvimos caminando por ahí, es de esos perros que van adelante pero mantienen con todo su cuerpo su atención puesta en uno, esas cosas, esa capacidad sutil de percepción, el ritmo de sus patas, ciertos gestos especiales que uno descubre y que con las repeticiones ubica y les da significado. Ahora se ríe, ahora está preocupado, alerta, reflexivo. Pensará cosa de perro. Espero que no pierda su tiempo pensando cosas de hombres, o de mujeres, después de todo los humanos somos un desastre, no vale la pena que un perro nos reflexione.
Siempre he querido llevar un diario personal, como ejercicio de escritura, jamás pude. Pablo Ramos dice que le pide eso siempre a sus alumnos, que escriban un diario, que se encuentren ahí, que tiren de la piola y traigan al monstruo. No se. Yo al monstruo lo llevo encima de los hombros desde hace ya mucho tiempo. Por ejemplo ¿Un diario se escribe a la noche, después que el día declina? ¿Y lo que sucede después de escribir la entrada diaria, cuándo se escribe? ¿O se escribe como ahora, al otro día? ¿Y entonces cuando escriba lo de hoy que en realidad sucedió ayer, debo también registrar este momento de escritura que sucede ahora? No se. Me canso de solo pensarlo.
Hace ya un tiempo que los ataques de pánico parecen haberse escondido, no se van, eso lo sé, pero entienden que ya entendí, o al menos tengo la sospecha de algunas cosas y no pueden tomarme con las mismas estrategias. Es un ajedrez emocional. ¿Qué, sino todo, es un ajedrez emocional? De todas formas las máquinas de la angustia son tan necesarias como inoportunas, siempre. Pero es así, a otros les habrá sido dada la capacidad de vivir despreocupados. No es mi caso. A mi me tocaron otras cosas, y también toca aprender a usarlas.
Hoy es sábado y durante la semana, que fue intensa, con mucho trabajo, planeé destinar toda la mañana a dormir pero ayer sucedió que me comprometí con dos personas a sendas reuniones, una laboral, otra de amistad. Una a las 10 de la mañana, otra a las 12. Ninguna sucedió. Por eso me senté acá, a escribir esto. No estoy molesto, para nada, era una posibilidad. Cuando vi que las reuniones no se confirmaban, me dispuse a vivir mi casa, puse “Tester de Violencia” de Spinetta en el tocadiscos, canté bajito “El Marca Piel”, abrí ventanas y preparé unos mates, a mi alrededor tengo mis libros, mis discos, esas cosas. Esos mundos.
Estoy cansado, eso sí, siento un poco de arena en los ojos. Llevo casi un mes de dormir muy poco. En la noche, hay algo que le gana al sueño, la cuestión es que no puedo dormirme antes de las 3AM. Creo que fueron varios años de alerta y la más alta exigencia (hablo de mi trabajo anterior) y eso deja algunas secuelas. La noche es libertad (una amiga me dijo algo así el otro día, no fue exactamente así, pero yo elegí entender eso), debo estar viviendo entonces en sobredosis el paso de la luna. De todas formas al otro día me levanto temprano, hay cosas que hacer, y en definitiva, duermo 4 horas promedio desde hace un mes, eso no es bueno. Puedo sentir como repercute en los huesos, los músculos se agarrotan, los niveles de atención son inestables, etc. No voy a forzar el retorno a otros horarios, lo entiendo como un ciclo, algo en mi sabrá ordenarlo.
Hoy parece que el calor también será el tema de conversación con los porteros de los edificios, los kiosqueros y la charla para cruces fortuitos en el ascensor con esos desconocidos de saludo protocolar que son siempre los vecinos.
Por suerte, a mi el calor no me molesta.