Mendoza Ciudad, verano nublado.

El tiempo y la distancia

La mañana estaba grande, gris y grande, como una casa de muchas habitaciones y muchos pasillos. La mañana estaba grande y se desparramaba sobre la ciudad y caminaba un paso delante de todos, como esos buenos perros que reconocen el territorio para que evitemos encontrarnos con desagradables sorpresas. La mañana estaba grande y sobre el borde de una reja baja, en la terraza de una casa pintada de celeste, mirando la calle adoquinada había un hombre. Tenía los ojos hinchados, podría pensarse que ese hombre había estado llorando o bien, de acuerdo a la hora que era, que recién se levantaba. El hombre tenía sus dos manos apoyadas sobre la reja baja y miraba la calle, la mañana era grande y gris y también fría. Se sentía en las hojas de los árboles, lo demostraba la gente en la calle que caminaba abrigada con camperas y sacos de lana y un apuro especial por escapar al frío. El hombre miraba la calle con ojos hinchados y se dejaba cortar por la grande y fría mañana. Era evidente que estaba pensando. A su lado un perro asustado olisqueaba el piso y corría de un lado a otro. Las ancas temblando y la mirada huidiza traslucían el miedo. La mañana entonces era grande, gris, fría, con una leve vibración en el aire que podía ser producida por el miedo, o por el simple comienzo de un nuevo día. El hombre continuaba ahí, pero ahora inclinando el cuerpo, la espalda arqueada, las manos seguían apoyadas sobre la reja baja. Mirando al perro de costado gritó un nombre, el perro se acercó pero volvió a irse. El hocico pegado al suelo, las ancas temblando, el frío cortando todo. El hombre volvió a gritar un nombre, esta vez el perro se acercó más tranquilo y decidió quedarse, él también, mirando a través de la reja baja. El hombre giró la cabeza, observó en silencio como el animal respiraba agitado, con tranquilidad le acarició la cabeza y le habló.

- Pensaba que quizá las cosas en la vida no sean importantes. Cuando digo las cosas, me refiero a cualquier cosa, a todas las cosas. Y pensaba también que este desapego no debería convertirnos en personajes anodinos o grises sino todo lo contrario.

El perro se sentó, miraba en forma intermitente, al hombre y a la calle, al hombre y a la calle. El frío era intenso después de un tiempo sin moverse. El perro lo sabía y el hombre también. Una camioneta Ford de color azul pasó lentamente por la calle de adoquines, una señora mayor cruzó la misma calle con una bolsa de plástico que llevaba inscripta la marca de una cadena de supermercados. Los pájaros estaban callados. El hombre siguió hablando.

- Me gusta pensar que todo podría ser lo que realmente pasa o cualquier otra cosa. Que lo que hoy es, mañana puede cambiar. Que la continuidad de las cosas es más bien una imposibilidad. Entiendo que no es una conclusión novedosa, ni tampoco inteligente, ni mucho menos importante. Ya te dije que nada es importante. Pero a mi, cada tanto, me sirve pensar en estas cosas. Sobre todo en mañanas nubladas como la de hoy. Me sirve, es como un empujón vital, un escape al vacío dominante. Qué se yo, también se que pensar en estas cosas no detiene ni acelera nuestra vida. Pero sino me equivoco, justo ahí está la punta del ovillo. No se si me explico, ahí, en eso, ni antes ni después, sino ahora, justo ahora. El ritmo, el swing, a eso me refiero. ¿Se entiende?

El perro agitó la cabeza fuerte y rápidamente, haciendo sonar sus orejas como un breve y feliz aplauso. Desde abajo se escuchó la voz de una mujer que gritó un nombre. Perro y hombre bajaron las escaleras y desaparecieron dentro de la casa.

Afuera el frío comenzaba a calentar.

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