A nadie le importan tus recomendaciones

Vivimos en un campo de batalla eterno donde todos disparamos recomendaciones: nos disparan canciones como con metralleta, otros cargan sus revólveres con artículos de periódico, por allá se ven las amazonas que disparan con arco libros feministas, en las trincheras la infantería recomienda películas de culto. Hay que caminar con cuidado, no vayamos a pisar una mina que nos mande directos al sillón a ver una serie. En la temible zona rosa se lanzan dardos envenenados con marcas de maquillaje o tacones. En el combate cuerpo a cuerpo vuelan patadas de restaurantes y puñetazos de taquitos callejeros. Todo mundo tiene algo qué recomendar.

Lo que, por su esencia, era solo una herramienta para compartir, se ha convertido en una sofisticada lucha de egos. “¿No conoces a *inserte nombre de alguien desconocido*?” puede ser la pregunta más aterradora para alguien que ha pasado años en las minas de información del tema y no da con el mentado. Hay quienes recurren a la mentira y dicen que sí lo conocen para no ser expuestos. Los más observadores ya podrán reconocer a quien no sabe de qué se le está hablando pero trata de fingir que sí. Bastaría con inventar a un tal Stanley Bornovich autor de la trilogía de la hambruna, para destantear a los bloferos y disfrutar su confusión.

En la guerra hay tramposos, como el amigo con hambre falsa. Un mendigo que se agarra con las manos un supuesto estómago vacío e implora por alimento con la frase “amigo, no sé qué ver, recomiéndame algo bueno” y una vez que tiene lo que quería, lo tira a la basura y saca de su mochila otra cosa. Pasará el tiempo y volverá otro domingo por la tarde, con cara de desahuciado.

Pero al mendigo que pide, se le contrapone el que da. Aquel que ruega porque alguien vea, escuche o lea esa serie, canción o libro que él ha amado. La angustia que genera la emoción por no tener con quién compartir algo que se considera genial es una tortura. Por eso abundan las publicaciones en redes sociales con recomendaciones de solitarios que ruegan, ya no por un amigo con el que comentar el objeto de su fascinación, sino por un simple like que les confirme que sus gustos aún son interesantes para alguien más.

Para el que recomienda, no hay mayor triunfo que ser reconocido como el Prometeo que trajo el entretenimiento a los mortales, el que iluminó con su bondadosa información. Pero la realidad es que una vez que alguien hace caso a una recomendación, el recomendador pasa a segundo plano y, claro ¿qué más podría esperar?, la obra se ha convertido en protagonista.

Todos creen que lo que han visto merece toda atención del mundo, excepto claro cuando ya tiene toda la atención del mundo; en ese caso abandonamos derrotados nuestra recomendación. La guerra no consiste en ganar la batalla, sino en ganar notoriedad como soldado. Pero al final, en la gran guerra de las recomendaciones todos somos peones de la verdadera batalla: la de los creadores.