Envidia - Día 34

La zarzamora se parece a un bebé porque tarda nueve meses para cosecharse, sólo por eso. El primer día de la cosecha, en una hectárea, podrás cortar tres o cuatro cajas. Los próximos días cortarás cinco, siete, once. A mediados de la cosecha podrás cortar hasta doscientas en un día. Durante los primeros días se dice que estás calentando. La agricultura, además de alimentarnos las panzas, ha enriquecido el lenguaje. Las personas que saben muchas cosas son personas cultivadas, lo que sembramos cosechamos, abonamos deudas, sembramos dudas, etcétera. Digo esto porque hace días que quiero escribir de la envidia. Es un tema inmenso y genial. Un tabú más grande que el sexo. El verdadero motor detrás del chisme. El veneno de la viboreada. No pretendo agotar el tema en esta entrada. Solo le quiero dar el primer corte: una calentadita a la envidia.

Leí en una plática TED que solo podemos envidiar a nuestros similares, que es un efecto secundario de la igualdad. Aquellos que no tienen nada en común con nosotros pueden ser exitosos sin ser corrosivos para nuestro ánimo pues en sus desconocidas circunstancias está la justificación de su superioridad sobre nosotros. Y los que han estados en condiciones igualitarias a nosotros, pues simplemente fueron mejores. Basta con que tengamos la sensación de que la persona es cercana a nosotros. También hay otra variante: la del amigo de tu amigo que hace lo mismo que tú, pero mejor. Esos hijos de puta ni siquiera tiene que dar la cara para prenderte el gato de las entrañas. Aterrizan desde el olimpo de los exitosos sin que nadie los llame solo porque la mejor amiga de mi prima se casó con un pintor hiperrealista que pinta catorce horas diariamente, y de noche, y cuadros de cuatros metros de ancho, como todo un bohemio cosmopolita. Gracias por recordarme que yo soy feliz cuando dibujo dos horas diarias como mediocre provinciano, perra. Le digo perra a la casualidad. Mi prima también es perra, pero por otras cosas, como por querer más a su perra poodle que a su hermano.

Para sentir envidia sólo hace falta que te importe que alguien sea mejor que tú. Cuando era niño me hicieron jugar carreritas contra mi primo Mario. Me ganaba por un año. La diferencia entre un niño de seis y uno de siete es la misma que entre un adolescente de dieciseis y un adulto de veintiseis. Así se siente. No esperaba ganar, pero tampoco esperaba que celebrara echándose maromas que yo nunca pude hacer. Ahora no lo envidio porque es pocho. Nadie puede envidiar a un pocho que no sabe hablar bien español. Sigue teniendo un control increíble de su cuerpo y baila genial. En verdad baila como latin lover, de esos que podrían seducir a una señora de la aristocracia ucraniana con sus caderas, como shakira en hombre, ok no. Su esposa es una colombiana con cuerpo de Sofía Vergara, pero habla horrible español y me da consejos para que no caiga en las garras de las drogas como él lo hizo. En otras palabras, estamos a mano, es mi hommie. Además me manda tenis siempre que vienen sus hermanos desde Oregon. Todo eso tengo que pensar en dos segundo para no sentir envidia.

No faltará el capitán obviedad que diga que todo es por mi inseguridad. A lo que yo contestaría que su necesidad de impresionar haciendo comentarios obvios e inútiles obedece a una enfermedad peor que la inseguridad: el pito chico. No es cierto, pero hablando de pitos. ¿sólo soy yo el único que espera que todos sus conocidos tengan el pene pequeño y que los penes grandes sean de desconocidos? Es tolerable que lo tengan del mismo tamaño que yo. Pero ¿amigos con riflesotes? ¡No me chinguen!

Hace poco más de diez años apareció muerto y descuartizado Eduardo, un compañero de la secundaria. Estaba nalgón. Un amigo le decía “Tana” porque “Ta nalgón” y a todos les daba risa. Yo no escribí las reglas de mi vida en la secundaria, perdón. A él le gustaba enseñar sus testículos para espantar a las mujeres. Yo una vez los vi. Sí estaban grandes. Supe después que jugaba competencias con Johnatan la Zorra y el Choco. El que lo tuviera más chico, tendría que soportar un golpe en su pequeñez. Juegos de hombres con pito grande. A Eduardo lo descuartizaron ¿qué habrán hecho con su pene? Dicen que le ofrecieron un millón de pesos a su mamá porque se habían equivocado y que lo habían matado por accidente. Para la edad en la que ya me importaba el tamaño de mi pito, él ya estaba muerto. No me alcanzó a dar envidia.

Y así es como se calienta la envidia.

Una disculpa por las imágenes, yo no tengo la culpa de pensar así.