La tradición que nos separa

Estimado Marco,

¿Hasta dónde llegarías para encontrar a tu Wasaberto?

En la carta que escribes a Renato Cisneros sobre el racismo expones tanto un ideario político como un canon literario que son, básicamente, estadounidenses.

Todo bien con eso, al final, es uno quién elige quiénes son nuestros héroes y cuáles son nuestros autores de cabecera. Pero, claro, no estaría escribiéndote si no hubiera algo que excediera a nuestras elecciones y gustos personales. Algo que nos hace parte de una comunidad, de una tradición. Porque finalmente estamos hablando de racismo, sí, pero sobre todo, estamos hablando de algo tan peruano como la Paisana Jacinta.

Pero, ¿sabes?, no es ella la que me preocupa, porque habitando el estereotipo, siempre se las arregla para burlarse de todos los demás y salir airosa de los retos que la capital pone en su camino. Me preocupan mucho más algunas de tus reflexiones. Escribes:

Los indígenas quechuas no tienen cadenas de solidaridad (como las mujeres sí) ni líderes que puedan expresar y plantear en el circuito mainstream lo que en los Estados Unidos han planteado los autores que te he mencionado. No hay escritores quechuas que tengan el espacio y la atención para decir lo que, por ejemplo, dice Ta-Nehisi Coates en su libro Between The World and Me. […] ¿Te imaginas que tu hijo fuera indígena en el Perú, ese país donde la gente se reúne a reírse de una indígena, de su diferencia? ¿Cuál es nuestro Ta-Nehisi Coates? ¿Quién nos está explicando al mainstream peruano qué es ser indígena? ¿Quién nos está diciendo qué se siente tener esa piel y ser mirado con desprecio? ¿Qué escritor quechua nos está explicando lo que es estar en ese lado de la sociedad, donde, por ejemplo, es un sueño de opio tener espacios como los que tú tienes para publicar tus opiniones? Nadie. […] ¿Te das cuenta? Ningún pensador quechua te responderá porque ningún escritor quechua ha llegado allí aún.

¿Cómo crees que reaccionaría José Maria Arguedas a este último párrafo? Habiendo escrito un ensayo sobre el culto literario que se ha formado alrededor de él puedo tentar, después de un breve comercial, una respuesta.

Volvimos amigos.

Arguedas, de joven, solía boxear con sus amigos en la terraza de su pensión aquí en Lima. Así que imagino que primero te habría metido un cachetadón. Luego se habría arrepentido, te habría pedido perdón y se hubiera puesto a llorar. Y por último habría intentado suicidarse.

Has vivido en vano, José Maria.

Disculpa mi sinceridad, pero lo que escribes me resulta tan superficial, tan banal, como lo que escribió Renato, o como la misma Paisana Jacinta. Y eso es un enorme problema si quieres –como parece ser que quieres – construir una obra alrededor del hecho de ser cholo. No tengo ni idea de quién podría ser nuestro Ta – Nehisi Coates, pero tengo muy claro quién es nuestro José María Arguedas y qué lugar ocupa él en la historia de nuestro país.

¿Puedo llamarlo nuestro si no soy cholo? ¿Y qué pasa con el Inca Garcilaso de la Vega y sus Comentarios reales, la obra fundacional del Perú como nación? ¿Qué pasa con las cartas que escribe Guamán Poma de Ayala al rey de España, que también podrían ser consideradas como el primer cómic producido en el continente americano? ¿Qué pasa con Paisajes peruanos, un libro bellísimo por donde lo mires, escrito por Riva Aguero, un puto fascista, también por donde lo mires? Carajo, ¿qué hubiera sido de Vallejo si no nacía cholo? Sin ser cholo, ¿estoy autorizado a sentirlos míos a ellos, o es que mi sentido de pertenencia se explica a a partir de mis estudios de antropología en la PUCP, y a qué, cómo científico social qué también soy, además de escritor, de tanto tener a estos y a otros cholos como objeto de estudio pues he acabado por tomarles algún cariño? Qué discusión más absurda generaría esta pregunta, ¿no te parece?

Marco, en la carta que escribes a Renato borras de un plumazo nuestra historia, toda una tradición de creadores y pensadores indígenas que precisamente construyeron su obra alrededor del hecho de hablar en quechua en un país conquistado por España. No dudo que los autores que citas tengan cosas interesantes que decir, o reflexiones que puedan ser válidas también para el Perú pero, caramba, ¿cómo tu trabajo literario dialoga con nuestra propia tradición? Porque supongo que no creerás que eres el primer peruano que escribe sobre racismo, ¿no?

¿No te parece esta obliteración de nuestra tradición demasiado gringa como para ser cholo?

El gran problema de los discursos identitarios es que todos acabábamos siendo víctimas de algo, hasta el infinito. Entiendo que es tentador colocarse en una posición que pueda blindar a tus ideas de la crítica mientras haces de tu literatura una campaña ideológica. Es verdad que la ideología y la propaganda–como las de la misma Paisana Jacinta – no son arte, no son literatura. ¿Pero qué es la ideología sino el relato sucedáneo y amnésico de la historia?

Artistas como Vallejo o Guamán Poma o Arguedas no sufren la historia.

La crean.

No hay que descubrir la pólvora, Peru no se volverá Estados Unidos. No querría que algo así ocurriese, tampoco. Sí que los peruanos aprendiéramos, por fin, a amar nuestra propia barbarie.

Un abrazo,

g.

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