Un verano castellano

Gabriel Arriarán
Aug 11 · 4 min read

No se si la buena literatura –aunque me inclino a pensarlo– pero sí que lo mejor de la literatura está lejos, bien lejos, de los festivales, de las ferias del libro, de las presentaciones de libros, de las cenas entre escritores, de los grandes premios o de los pequeños premios. Está en el encuentro más íntimo entre alguien que ha dicho alguna cosa mediante la palabra escrita y otra persona que ha recogido del mar ese mensaje en una botella y ha respondido a la llamada de auxilio. Nuevamente: no se si la buena literatura, y ahora que lo pienso, tampoco se si lo mejor de la literatura, pero si lo más hermoso de la literatura, está en ese encuentro pequeño, pero tan poderoso como una fisión nuclear.

La posada para arrieros donde José María Arguedas pasó unos buenos meses en Bermillo de Sayago. Dentro de ella, sayagueses en plena tertulia, y luego foto frente al ayuntamiento.

A mí me ha pasado sólo una vez. Hace ocho años. Cuando estaba por terminar de escribir el único libro que tengo publicado (tengo otros, pero no son literatura, así que, como que no cuentan), viajé a Bermillo de Sayago, un pueblo en la frontera entre España y Portugal a averiguar qué había sido de la vida de José María Arguedas por aquellos lares. Cuatro meses después los sayagueses y yo terminamos organizado un homenaje a Arguedas en Bermillo, y la que se armó. Logramos que diplomáticos de la Embajada peruana en Madrid viajaran invitados para la inauguración, también logramos que algunos escritores y algunos estudiosos de la obra de Arguedas fueran por Bermillo, y que la comunidad de peruanos en Salamanca y en Zamora encontrasen en Sayago sino un hogar, a unos hermanos. Arguedas nunca hubiera podido imaginar la que se montaría aquí gracias a él, a tantos años de 1958.

Retrato de José María Arguedas, poco antes de su muerte.

No se si hubo algún arte en lo que escribí, no se si lo hubo en el homenaje. Se que durante la inauguración, en el auditorio de Bermillo, cuando los sayagueses me comunicaron que me habían adoptado como hijo suyo, viví algo maravilloso. En el momento no supe que decir ni que hacer, más que musitar unas gracias, abrumado por esa enorme demostración de cariño de gentes que dicen que son secos y parcos, pero que hasta ahora no entiendo cómo pueden decir eso de ellos, con el amor que repartieron a tutiplén aquel verano.

Completamente abrumado, cuando me contaron que Bermillo me adoptaba.

Así que gracias a los sayagueses y a la literatura dejé de ser un apátrida. Ahora tengo un pueblo en España, y paseando por sus campos, leyendo a su poetas (como a Justo Alejo) o conversando con los paisanos, yo mismo me hice sayagués. En los monasterios derruidos de los cisterciences se pueden ver todavía a los fantasmas de los caballeros, con las largas barbas blancas y las túnicas con la cruz roja en el pecho y las puntas de sus grandes espadas clavadas en la tierra, sus manos descansando sobre las empuñaduras. Por estas tierras cabalgó El Cid. Por estas tierras frías y duras y bellísimas de la estepa castellana hizo Cervantes que se pasearan Sancho Panza y don Quijote de la Mancha. No lejos de aquí nació nuestro idioma.

Monasterio cistercience en Castilla

Ahora, soy yo de allí también. Soy hijo de esa tierra y de esa comarca y este pueblo, donde la tierra se congela en el invierno y donde el cielo es azul y los campos tornan dorados en el verano. Ahora cuento los días en que podré volver y podré pasar un rato por el Pinilla y pedirle al Chiri que me ponga unas tapas de bacalao nadando en aceite de oliva y pimentón, y un vino de los Arribes. Y espero esta vez volver con mi hija para que juegue con los niños de los otros paisanos por el campo, en algún otro verano castellano.

La presentadora de este programa de la televisión de Zamora en que nos hicieron esta entrevista era tan guapa, y me puso tan nervioso, que no podía parar de sudar. Que sufrimiento, por Dios.

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Gabriel Arriarán

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Literatura al mango: https://www.instagram.com/gabrielarriaran1/

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