De objetos perdidos
y sujetos encontrados

O de cómo aprendí a dar las gracias.


Hace varios meses, cuando encontré esta foto en casa, me acordé de la anécdota de mi zapato colgado en la antena del auto. Algunos amigos que me conocen bien se divirtieron con ese recuerdo y fue uno de mis post más exitosos del año: “A los tres perdía los zapatos”.

En Facebook contaba que casi todos los fines de semana íbamos con mis abuelos y mis viejos a Uspallata, uno de esos tantos lugares mágicos que tiene Mendoza. La imagen descubre que no podía bajarme del auto porque había perdido uno de mis zapatos que papá, antes de retratarme, colgó de la antena del Fiat 1100 familiar.

Algunas cosas no cambian nunca. He olvidado guantes, libros, documentos, lapiceras y hasta llegué a perder un auto. Sospecho que cuando se pierde algo, esas cosas, de algún modo, siguen su curso, terminan en otras manos y recorren su propio camino. ¿Será por eso que, curiosamente, me fascinan los locales y las ferias de anticuarios atiborrados de objetos que cuentan historias?

La línea entre lo que pierdo y lo que olvido es delgada. Dicen que uno olvida cosas en los lugares a los que quiere volver; sin dudas una hábil estrategia involuntaria y una buena excusa para los distraídos. Lo cierto es que, en más de una ocasión, tuve que correr al bar donde había tomado un café en busca del teléfono, la cartera o una agenda dejados despreocupadamente sobre la mesa. “Te dejaste la tarjeta de crédito en el negocio”, “Te olvidaste las llaves”, pasaron de frases habituales a repetidos SMS. Tanto, que cuando mis hijos adolescentes adquirieron la responsabilidad de tener las llaves de casa, yo las perdí y siempre estoy a la espera de alguien que me abra la puerta. A estas alturas ya no hago más copias.

En el balance del año acumulo varias cosas extraviadas, pero mi mayor pérdida del 2014 no es un objeto; es más bien algo que se transformó en el mejor de los encuentros. Perdí 17 kilos de peso y me encontré frente al espejo con la que había sido muchos años atrás. Intenté todo durante mucho tiempo, y sin embargo, esta vez bastó la generosidad de una persona para compartir un dato que cambiaría mi estilo de vida, mi salud y me regalaría una alegría casi permanente.

A la par de los años y los objetos perdidos fui encontrando gente en el camino que dejó en mí alguna huella, personas que me afianzaron o me enseñaron. Cuando nació mi hija Sofía, quince años atrás, tomé por costumbre agradecer todo lo recibido durante el año a alguien en especial, y cada nuevo ciclo ese alguien es distinto. Fue dándose naturalmente y casi como un ritual de fin de año, elijo siempre a quien agradecer lo aprendido en los últimos doce meses.

Así cierro el año y arranco uno nuevo confirmando que por sobre las cosas materiales, vamos girando y renovándonos gracias a las personas con las que nos encontramos por la vida.

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