El éxito del nuevo paladar

Durante mi adolescencia, si hubo un equipo al que sufrí fue a River. Como cuervo de ley, que soy, me martirizaba porque nos empomaban en todos lados. Eran los ochenta y la época que el Millonario le sacaba lustre al famoso paladar negro de sus hinchas por el fútbol vistoso, junto con los de Independiente en esa cruzada.

Ya en los noventa, River siguió teniéndonos de hijo. Tengo un amigo llamado Fernando, que se jactaba diciendo esto: River no avisa. Eso significaba que te hacía un gol en cualquier momento. A veces por dominio de juego y decantación. Otras, por el oportunismo y letalidad de sus individualidades. La época del Tri local, la segunda Copa Libertadores y la Supercopa con Enzo Francescoli a la cabeza de una constelación de estrellas y con Ramón Díaz en el banco.

En el nuevo milenio, a River se le empezó a dar vuelta la tortilla. Y encima, Boca empezó a ganar de todo. Con San Lorenzo ya le ganábamos seguido también. Tan bajo cayó lo de River que fue último en un torneo corto cuando lo dirigía el Cholo Simeone. Y después, lo impensable, descendía por única vez en su historia.

Una vez que volvió a su lugar, de la mano del Pelado Almeyda en su debut como DT, empezó la reconstrucción. Aunque el salto de calidad se lo volvió a dar Ramón con un nuevo título local después de varios años. River ya estaba preparado para hacerse grande de nuevo en América.

Y ahí fueron por otro hijo dilecto de la casa: el Muñeco Gallardo. Su ciclo empezó recuperando el estilo histórico. Parecía que amagaba volver el paladar negro de los hinchas. Sin embargo, le regaló el campeonato a Racing. Se centró en la Copa Sudamericana con otro estilo más asociado a la garra. Así la ganó dejando en semis afuera a Boca. Y ahora sucedió algo parecido con la tercera conquista de la Libertadores.

Gallardo tiene mejores intenciones de lo que su equipo demuestra en la cancha. A las figuras hay que buscarlas en Ponzio, Kranevitter, Maidana, todos esforzados transpiradores de camisetas con la banda roja. Los distintos, los enganches, brillaron por su ausencia en la era Muñeco. Se extraña un Enzo, un Alonso, un Morresi, un Ortega, un Gallardo, un Aimar, un D’Alessandro. Este River no los tiene en su plantel.

Sin embargo, a los hinchas de River no debe importarles nada en esta hora de felicidad. Enterraron el oprobio del descenso y hasta el paladar negro. Es la era de que hay que festejar los títulos juegue como se juegue en Sudamérica. Están felices, como lo debe estar otro gran amigo, Juan Manuel, desde arriba sentado al lado de Dios. Por algo nos mandó desde anoche este diluvio sobre Buenos Aires.