La argentinidad al palo

Antes de que me salten a la yugular, declaro esto: Tévez no me parece mala leche. No creo que haya querido lastimar al pibe de Argentinos Juniors. ¿Ya está? Ahora también escribo que Tévez sabe que yendo en plancha hacia el tobillo de un rival puede lastimarlo. Y eso pasó. Igual, la intencionalidad en esa jugada sólo la sabe El Apache. El resto podemos criticarlo, justificarlo o defenderlo, pero tocamos todos de oído. O mejor, de vista.

El asunto es que habría que debatir como se juega y peor, como se pega en el fútbol argentino. Esto salta porque en el medio del conflicto está Tévez. El mal denominado jugador del pueblo. Patadas como la de Tévez pasan fecha a fecha en el fútbol argentino. De la última tenemos para elegir como las de Pisculichi, Wilchez, Prósperi, Aued, Víctor López, Pérez Acuña, Pasquini, entre otras. Pero como no terminan siempre con un rival quebrado, todo sigue su rumbo anormal.

Lo increíble es que los mismos futbolistas que pegan esas patadas criminales se quejan indignados ante el árbitro cuando los amonestan o los expulsan (si son de un equipo chico casi siempre). La excusa, en frío, debe ser que los lleva la adrenalina en el partido. Yo jugué al fútbol desde chico y a veces, pegué de más en jugadas puntuales, pero nunca de mala leche. Juego de defensor central en papi fútbol y sé pegar si quisiera. Eso es lo más fácil. Claro que nunca fue en el marco de un partido profesional y ante una multitud.

Es más, recién un ex compañero me recordó cuando se lesionó de gravedad tras un intento de foul de mi parte. Lleva en su pierna algo de titanio de recuerdo para toda su vida. Esa vez, hace 15 años, el quiebre se lo produjo al pisar mal después de esa jugada. No lo quebré yo, eh! Bueno, pero me estoy desviando. El asunto es que cualquiera que jugó seguido al fútbol, sabe cuando se pega con intención o con mala intención o sin querer.

Ahora saltarán los moralistas y los hipócritas que siempre están a la orden del día y que tanto pululan por este ambiente. Otros se encerrarán en los códigos del fútbol. ¿De qué códigos del fútbol me hablan? Los códigos son de la vida. Se los tiene o no. Es simple. No son para algún lugar en especial. Y encima se lo confunden con un accionar mafioso.

El problema es que solamente lo vamos a debatir entre nosotros. Los que amamos el fútbol, pero no somos protagonistas. Los que lo vemos en un palco de prensa, en una platea, en una popular o frente al televisor. Nunca lo van a debatir los verdaderos protagonistas o lo que tienen poder de decisión sobre ellos. No se quiere hacerlo. Se esconde la basura bajo la alfombra.

La AFA es un reino donde no se inventaron las escobas y por eso, una basura tapa a la otro. El tribunal de disciplina no actuará de oficio. Sólo lo podía hacer si Argentinos Juniors lo pedía. Y no lo pidió porque sabe que si lo hace, después en el futuro también le puede llegar a jugar en contra. Eso de escupir para arriba.

El exitismo, la histeria y la falta de compañerismo que se ve en nuestro fútbol es una mierda. Son colegas, compañeros de profesión los que se pegan sin miramientos. Se dejan influir demasiado por los mensajes erroneos que le llegan desde afuera, desde los cuerpos técnicos, los hinchas, los dirigentes, el periodismo. Se creen que lo suyo es solamente un trabajo. Y si bien el fútbol es el trabajo de muchos, en esencia es un juego. Y los que hacen mucho para matarlo (al fútbol) son los que lo viven exclusivamente como un trabajo y con la consigna de que ganar a cualquier precio es lo único.

Claro que hay un negocio gigantesco a su alrededor del que muerden muchos actores de esta sociedad. No seamos ingenuos. Somos todos culpables en este embrollo, en mayor o menor medida. El fútbol mueve masas. Sensibiliza a un país futbolero. Nos maneja el humor a los que lo consumimos. Nos alegra o nos entristece.

Al fútbol lo legamos y lo extendemos en las generaciones que nos preceden y en las nuevas. Es un caldo de cultivo ideal para que el que es violento de naturaleza (de las barras bravas hablo), pueda ejercerlo sin pruritos y hasta subiéndoles el ego por ser el único lugar donde se sienten poderosos. Cuentan y se jactan de las muertes de los rivales, o sea de los enemigos. También el fútbol es un reflejo, muchas veces, de lo que somos como sociedad. Esa de la argentinidad al palo.

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