Mirko, cuando la tragedia le gana al fútbol

Cuando me enteré del suicidio de Mirko Saric recién empezaba a trabajar en un sitio web llamado Terra, y era una de las primeras crónicas que tenía la posibilidad de escribir por internet. Aunque lo único que atiné a hacer fue pegar un cable de agencia (un vicio de la profesión que siempre trataba de evitar en el diario del que provenía) con la información que éste traía. Era dura, letal esa información y me había conmovido. Un pibe que tenía todo el futuro para comérselo por delante, había decidido que no lo quería vivir. Y hasta el día de hoy, me cuesta entenderlo.

Es que Mirko no sólo jugaba bien al fútbol, sino que también dicen que era un tipo bárbaro y encima tenía el plus de la facha. Un combo que más de uno envidiaríamos. Arrancó de volante central con un estilo similar al de Redondo, que debería ser su referente futbolístico, aunque eso nunca lo supe en realidad. Después con Ruggeri como entrenador explotó en un verano como un carrilero, aunque eso fuera a contramano de su calidad.

Saric no sólo pintaba para grandes cosas en San Lorenzo, sino que tenía un guiño como para pensar que su carrera enfilaría con el tiempo hacia el Viejo Continente. Sin embargo, bajó su nivel -como suele pasar con los jugadores que deslumbran al aparecer- y después empezó a alternar en el equipo. Ya no era la joya a pulir, sino uno más del plantel.

Andá a saber que le pasó por la cabeza a Mirko para querer cerrar los ojos para siempre. Obvio que después empezaron las habladurías ya que el morbo es tan grande no solo para el periodismo amarillista. A mí no me interesa escarbar en que era lo que hacía sufrir tanto a su corazón y a su mente.

El asunto es que hace 15 años atrás se iba de este mundo un pibe divino. Alguien que tenía un aura especial y no sólo como futbolista. Aunque sea ateo, ante estos dramas suelo pensar que Dios quiere tener pronto a su lado a los buenos. Adonde quieras que estés, Mirko, los hinchas de San Lorenzo nunca te olvidaremos. Fuiste una ráfaga de alegría cuando pisabas la pelota y salías jugando con elegancia. Aunque ese recuerdo solo nos provoque una inmensa tristeza.

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