El stencil de Tinku

Mi departamento no es muy grande. Lo comparto con dos amigos y básicamente tiene tres cuartos, una sala de buen tamaño, la cocina y el baño. Cuando entras al departamento lo primero que vez es un gran stencil de uno de los artistas urbanos que más admiro, mi amigo Tinku. El cuadro está basado en una foto de una niña sudafricana que te mira con una gran intensidad. Dependiendo de como lo veas puedes sentir un gran dolor o una celebración de la inocencia. Es una obra hermosa que muestra una gran sensibilidad y humanidad.

La primera vez que vi el stencil en el facebook feed de Tinku me tomó por sorpresa. Me perdí por completo y estuve a punto de llorar. Creo que nunca me había movido tanto una obra. En cuanto lo vi, lo primero que hice fue contactarlo para pedirle el stencil. Naturalmente, como artista urbano, le caga todo el rollo de vender/regalar obras que deberían estar en la calle. La historia de porqué era importante y nuestra gran amistad lo convenció.

Cuando regresé de UWC a México me metí a estudiar economía en el CIDE con una convicción: aprender todo lo que pudiera para ayudar a reducir el sufrimiento humano en México. Mi idealismo de niño de 18 años estaba por los cielos. Empecé el CIDE con muchísimo ánimo pero para final del primer año estaba completamente desmotivado. En ese año me había perdido en números, modelos y en el miedo a que me corrieran. Era un sinsentido que estaba alejadísimo del impacto social que quería lograr. En un momento de gran frustración me acerqué a un profesor a preguntarle cuándo ibamos a empezar a resolver problemas sociales y su respuesta, que muestra la pésima capacidad didáctica del CIDE, me destruyó. Me contó que los economistas a lo más recomendábamos a otras personas qué hacer desde la comodidad de nuestro cubículo, sin ninguna expectativa de cambiar las cosas porque de todos modos “hacen lo que quieren”. El tremendo cinismo y poca empatía me frustró a tal nivel que decidí salirme por un año. Necesitaba un tiempo para entender qué camino iba a seguir y si debía continuar siendo economista.

En todas las novelas cuando la gente busca encontrar algo emprende un viaje. En cuanto terminó el año agarré maletas y decidí ir al lugar más inesperado que se me podía ocurrir: Mozambique. El plan era pasar un tiempo ahí, visitar a mi hermano en Swazilandia y visitar a mi roomie de UWC en Ciudad del Cabo. Mi tiempo en Mozambique fue justo lo que necesitaba para empezar el viaje. Es un lugar hermoso con una mezcla de culturas entre la portuguesa, africanas y, a mi sorpresa, la cubana. Ir a Mozambique es perderte en la música. Te levantas y todo el país parece estar en una armonía sonora; desde el caos cotidiano de Maputo hasta los bares con el exquisito jazz afro-latino por el que son tan famosos. Todo el día podías encontrar música en vivo, siempre con una identidad y una espontaneidad que nunca había presenciado.

En Mozambique me vi con mi hermano y cuando era tiempo para ir a Sudáfrica decidimos separarnos porque me habían negado la visa a Swazilandia ( estoy seguro que con una mordida me la hubieran dado pero iba contrario a lo que quería del viaje). Quedamos de vernos al día siguiente en la estación de tren que está en Hillsboro en Johannesburgo. Antes de ir a la estación en el hostal me advirtieron que era muy peligrosa la zona. Como buen mexicano que cree que porque ha caminado por el centro del D.F. de noche y sobrevivido ya se las sabe de todas, me tomé la advertencia muy a la ligera. Poco iba a saber que la zona tiene una de las tasas de violencia urbana más altas del mundo. Recuerdo haber leído la estadística tiempo después que la probabilidad de que violen a una niña en ese barrio es más alta a que llegue a preparatoria. En pocas palabras es un lugar que da mucho miedo.

Quedé de verme con mi hermano a las 2pm en la estación para visitar Johannesburgo. Llegué temprano, compré los boletos de tren y me familiaricé con la estación. Las “combis” que venían de Swazilandia, curiosamente, no llegaban a la estación sino que se estacionan en un anexo que estaba por fuera de la terminal. Cuando mi hermano se empezó a retrasar, me empecé a preocupar y le marqué a su celular. No me contestaba. Resulta que mi hermano había perdido su celular y no se había dado cuenta. Pasaron las horas y ya que dieron las cuatro salí a la zona de combis que está fuera de la estacíón. En Sudáfrica, como en muchas otras partes del mundo donde hay pobreza, hay gente que pide dinero en las calles. Ya me he acostumbrado a esto y generalmente no hago mucho caso, no por indiferencia sino porque sé que dar dinero no ayuda en nada y por el contrario fomenta problemas como el trabajo infantil. Como era obviamente turista (mochila grandota de backpacker) soy un blanco perfecto para que la gente se acerque a pedir dinero. Algunos se acercaron en buen plan y echaban plática y todo el rollo, pero siempre les decía que no.

En una de esas se acerca un tipo que se veía muy intimidante. Era un hombre grande con la ropa sucia. Tenía una cara enojada y sus ojos expresaban una mezcla entre indiferencia y odio. Se acercó y en vez de pedirme dinero me dijo que me iba a matar. Me mostro un “shank” y me dijo que le diera 300 rands o que ahí acababa mi vida. Estaba realmente asustado porque me había gastado mis últimos 50 rands en una comida. Yo no sabía en ese momento pero la amenaza de que me mataran era muy real. El valor estimado de una vida en esa zona es el valor de un celular, la gente mata por mucho menos de 300 rands. Mi reacción natural fue correr. Salí corriendo a la estación y afortunadamente, en el tiempo de ocio de esperar a mi hermano, había identificado dónde estaba la estación de policía. Llegué aterrado a decirles que un hombre me había amenazado de muerte. La señora policía que me atendió fue muy comprensiva y me dijo que estuviera tranquilo y que lo peor ya había pasado. Me comentó que había hecho lo correcto en correr porque aunque le diera el dinero me pudo haber atacado. Me recomendó no salir volver a salir bajo ninguna circunstancia.

Yo no sabía que mi brillante hermano había decidido quedarse a echar las chelas con los amigos y perdió la combí. La siguente que salía de su pueblo ( el colegio no está en Mbabane, sino cerca de) salía hasta muy tarde. Sin celular y con el internet fatal del colegio, no se le ocurrió avisarme que iba a llegar tarde. Pasaron las horas y para las 8 la estación estaba prácticamente desierta con excepción de un bar de mala muerte en la parte de arriba de la estación. En la situación en la que estaba la decisión más segura era ir al bar. Al bar entré agotado. Estaba asustado, molesto y cansado. El bartender me ofreció una mesa y vi que me veía con una cara preocupada. Asumí que era porque me veía terrible. Asumí mal. Me di cuenta de que había una grupo de chavos, poco más grandes que yo, todos con ropa medio hiphopera. Había entrado a la misma hora que una banda y había invadido su espacio.

El día anterior en el hostal conocí a un chavo paraguayo que había vivido mucho tiempo en Sudáfrica. Juntos fuimos a pasear y en un puente peatonal vimos a un grupo de chavos que se veían muy rudos. Mi amigo paraguayo, sin titubear, sacó la cajetilla de cigarros y se les acercó con toda confianza a regalarles cigarros. Había pagado el tributo de cruce del puente y habíamos pasado sin evento. La lección la aprendí bien. Mandé llamar al mesero y les mandé unas cervezas. Pagué mi tributo.

Pasaron las horas y el bar cerró. Ya era muy noche, como las 11:30 y no sabía nada de mi hermano. Cada hora desde que quedamos de vernos llamaba al hostal para preguntar si había llegado. Siempre me contestaban lo mismo, un rotundo “no”. Soy el hermano mayor y por lo tanto mi responsabilidad era cuidar de mi bruto hermano. Así que en un arranque de valor salí a la estación de combis, de noche y cuando estaba todo especialmente solitario. Me acerqué a las combis que venían de Swazilandia. Los conductores me veían con una cara de sorpresa. Hablaban un inglés espantoso y de Siswati yo sólo sabía decir “estás muy feo” y “eres un tonto” ( lo que aprende uno de su hermano). Uno de ellos reaccionó y me dijo: “hide… not safe”. Rápidamente me puso dentro de la combi y me dijo que esperara. Que ahí iba a estar seguro. Mi espera dentro de la combi tomó un tono surreal. Los conductores tenían unas pantallas con porno hardcore super desagradable. Yo estaba que me moría de miedo. Hay una escena de una película que se llama “The Machinist”en la que hay un juego mecánico tipo la casa del terror donde parte de los elementos de miedo es la violencia que existe en ciertos tipos de sexualidad. Mi escenario tomó un poco de eso. Estaba solo, asustado y ansioso dentro de una combi oscura con gemidos de una película porno de fondo. A las 2 am el conductor de combis se me acercó y me dijo que me fuera. Me había llamado a un taxi seguro. Ya no me podían proteger ellos.

Llegué al hostal y en cuanto me vieron los de recepción supieron quién era. Me llevaron a mi cuarto y me dijo que si llegaba mi hermano, sin importar la hora, me iba a despertar. Caí exhausto a dormir. Unas horas después el de recepción tocó a la puerta y me despertó. Mi hermano había llegado. Eran las cuatro de la mañana. A pesar de ser un desconsiderado, mi hermano no es tonto. En cuanto llegó se dio cuenta de que estaba peligroso y en vez de arriesgarse a andar solo, ofreció a algunas personas con las que había llegado de la combi compartir taxi. En cuanto llegó, junto con él había una cuenta de taxi cercana a los 1000 pesos. Los pagué con gusto. También le di un muy buen zape a mi hermano. Se lo merecía.

Al día siguiente nuestro tren salía de la estación de Hillsboro. Llegamos y sin mucho pensarlo, forcé a mi hermano a correr conmigo al tren. No quería pasar un segundo más del necesario en la estación. El resto de mi viaje se amargó por el evento. A pesar de que la pasé increíble en Ciudad del Cabo tenía una carga emocional que no había procesado. Mi roomie al que fui a visitar fue receptor de esa carga. Uno de los días que estuve ahí me llevó a Stellenbosch a hacer cata de vino. Entre copas y más copas empecé a entrar en confianza y dije mucho de lo que me arrepiento hoy en día. Le dije lo mucho que me había decepcionado su país. Para mi Sudáfrica antes de mi mala experiencia era la tierra de Mandela, un país de esperanza. Era la representación de los valores UWC. Un país que de la intolerancia había pasado a la equidad por medio de vías pacíficas. Ese ideal para mi había muerto. Todo el tiempo que estuve en Sudáfrica viví una segregación racial. Me quedé con familias blancas y fui a lugares donde había pura gente blanca. El lugar donde me sentí más cómodo fue en un lugar dominantemente “boer” donde todos hablaban Afrikans. No había ni un solo negro.

A pesar de haber vivido en UWC donde había gente de 93 países, nunca había hecho conciencia de que soy blanco. En mi cabeza soy mexicano que viene de un contexto particular. Soy un “güerito” en todo caso, pero como “güerito” es un término que se usa para describir también a gente morena, refleja más un nivel socio-económico que cualquier otra cosa. En Sudáfrica se volvió una situación de ellos contra nosotros. Me vi forzado a volverme blanco y ver a los negros como el “otro”. Fue horrible. La transición de no poder hacer ninguna conexión con alguien por su color de piel me afectó en un nivel muy profundo. Esto casi 10 años después del fin del Apartheid. No puedo imaginar cómo ha de haber sido entonces.

El contraste con Mozambique fue tremendo. Allá la gente me trataba como a un amigo. Como era latinoamericano, hasta en español me hablaban de vez en cuando. Platicaba con todo el mundo, sea negro o blanco, de jazz y de comida y de café. Mucho sobre el café y la cerveza, tienen un vicio muy divertido por ambos. En Sudáfrica me empecé a cargar de odio y resentimiento. Me sentía como un extraño. Tenía que recurrir a comportamiento de grupo para sentirme cómodo.

Mi roomie se dio por vencido conmigo y se enfureció por el odio que estaba mostrando por su país. Su papá, un ministro presbiteriano, es un hombre muy sabio y vio que estaba sufriendo mucho. Se acercó a mi y en vez de platicar sobre la mala experiencia que había vivido, me empezó a hablar de libros.

Cuando viajo suelo leer mucho. Me encanta ver los países desde los ojos de sus escritores porque te hace sentir parte de la cultura. A partir de historias compartes un secreto con la gente, generas un vínculo con el lugar. Me empezó a dar libros de autores sudafricanos que le encantaban y, antes de que me fuera, me dijo que tenía que leer un libro en particular. Siguiendo su recomendación fui a la librería y compré “Cry, the beloved country” de Alan Paton. El papá de mi amigo es un hombre muy sabio.

Durante el trayecto en tren que dura 24 horas leí el libro completo. Es de los libros más hermosos que he leído. Trata sobre un ministro de una iglesia rural que decide buscar a su hijo que desapareció hace meses en Johannesburgo. Sin echar a perder el libro a los lectores de este post, es una historia hermosa acerca de como la violencia destruye demasiado pero, por más que duela, hay que encontrar la manera de perdonar o el miedo te roba todo lo que es importante.

El libro tiene un pasaje que hasta el día de hoy no puedo olvidar:

“Cry, the beloved country, for the unborn child that is the inheritor of our fear. Let him not love the earth too deeply. Let him not laugh too gladly when the water runs through his fingers, nor stand too silent when the setting sun makes red the veld with fire. Let him not be too moved when the birds of his land are singing, nor give too much of his heart to a mountain or a valley. For fear will rob him of all if he gives too much.”

Conforme nos acercamos a la estación de Johannesburgo estaba entrando en un shock nervioso. Empecé a sudar frío, a temblar y me puse muy pálido. Como un mantra me puse a recitar el pasaje de “Cry, the beloved country”.Salimos de la estación y fuimos al aeropuerto. En el camino al aeropuerto me puse a platicar con el taxista. Era negro, mi primera conversación real en dos semanas en Sudáfrica con alguien negro. Me contó que el día anterior habían asesinado a 150 zimbabwenses en una región del norte de Sudáfrica por ser inmigrantes ilegales. Los acusaban de robarse trabajos y en un acto de cobardía, se organizaron grupos y los mataron. Si mi experiencia en la estación de Hillsboro no era suficiente, esto si lo logró. Nos pusimos a platicar sobre la violencia en Sudáfrica. Para mi era una nación perdida, un estado fallido. Lo que me sorprendió fue su respuesta. Me dijo con mucha esperanza en su voz que a pesar de que Sudáfrica tiene muchos problemas, las cosas van a cambiar. Tenía una convicción que no había escuchado jamás en México. En México. Mi país. Un país que a pesar de que tiene problemas, tiene muchas cosas buenas. Si un país tan fracasado como Sudáfrica podía tener gente como mi taxista que de verdad tiene esperanza del futuro, ¡cómo chingados México no iba a poderse mejorar!

Regresé a México, me volví a inscribir al CIDE y decidí volverme otra vez economista. Eso si, un economista diferente. Me decidí a no hacer caso a la institución donde estaba, aprovechar las habilidades que me estaban enseñando pero jamás caer en la desesperanza que abunda en ese lugar. Hay una mediocridad que esconden bajo un sello de rigor académico. Una falta de propósito para cambiar las cosas y hacer de sus estudiantes algo más que burócratas altamente calificados. No saben como educar, saben como enseñar metodologías. A mi universidad le hace falta mucho por mejorar. Será la mejor institución de investigación, pero es una pésima universidad.

Pasaron años de mi viaje a Sudáfrica y mi experiencia la contaba como una anécdota de viaje. Siempre diferente, adecuada para la ocasión. Si era con familiares contaba una versión “light” de la situación. Cuando la contaba en una cita, tomaba un papel más heroico. Con amigos omitía el miedo. Esta es la primera vez que la cuento tal cual fue. Con el miedo, la frustración y el odio que sentí.

Hace unos meses Tinku posteó la foto de su última obra. La niña sudafricana. Casi lloro porque me recordó el miedo que sentí pero también la esperanza que encontré. Porque la niña cuenta el verso de “Cry, the beloved country”. Porque yo soy la niña en esa obra, porque soy tanto la inocencia como el miedo.

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