Un olor a café


Eran las 8:23 de una mañana cualquiera. Una mañana como la de hoy o como la de ayer. Cada día, la rutina de mi vida imponía el mismo camino, la misma hora, los mismos ruidos, los mismos olores, los mismos rostros.

Buenos días caballero — me decía cada mañana al cruzar por Alberdi y Libertad. Buenos días — le respondía con las manos en los bolsillos de mi campera mientras sentía ese olor a maíz quemado y café barato. Café que ofrecía a cada peatón como si fuera el último.

Mi camino terminaba a 60 metros de allí. Los 60 metros más crueles de mi vida. Dentro, la pesadilla de las responsabilidades perdidas, de la oscuridad, el frío y el silencio de sellos y papeles que nunca verían la luz. Fuera, la vida en continuo movimiento, la libertad sin límites e imprevisible como el vuelo de un pájaro.

Sin embargo esa mañana algo estaba mal. Tan sólo treinta metros me faltaban para llegar, pero una discusión muy fuerte se dejaba oír desde la Barbería del Poyo. Un viejo gruñón que había nacido barbero y que moriría barbero, pero que odiaba su oficio. Uno llegaba, se sentaba y sólo era testigo de insultos, malos tratos y olor a alcohol.

Intenté ignorar la riña al pasar, pero una mujer salió corriendo y gritando ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡lo van a matar! Me agarró del brazo y empujándome hacia adentro, mientras sus lágrimas mojaban mis manos, entramos al local.

Lo que vieron mis ojos no voy a describirlo demasiado, porque mi memoria decidió que sería borroso. Pero todo era color rojo. Había rojo en el piso, rojo en las sillas, rojo en las paredes y rojo en el techo. Desorden y caos. Pero ni una sola persona. La silla principal giraba sin parar, de hecho nunca dejo de hacerlo mientras estuvimos allí.

El local sólo tenía una puerta de acceso y un ventanal. Ninguna puerta trasera, ninguna habitación. Nadie que socorrer, nadie a quien fueran a matar. La mujer se sentó en el piso llorando desconsolada, mirándome sin ver. Entré y salí tres veces sin saber que hacer. Dentro, el caos rojo. Fuera, la mujer y su café.

¿Le sirvo un café? — me dijo.

No, venga! — le grité mientras intentaba levantar a la mujer del piso. Ella me ayudo a sentarla en un banco junto al ventanal, mientras le hablaba y le servia un café. Yo volví hacia la silla que giraba. Allí parado, mis pies sintieron algo. Me agache y la encontré.

Una navaja española de barbero, cubierta de sangre, con un mango de madera reluciente y unas iniciales doradas.

Hay que llamar a la policía — dijo la cafetera mientras señalaba el teléfono con su mano. Tomé rápidamente el tubo y me dispuse a marcar, cuando advertí que no tenía tono. No tenía cables. Era una antigüedad.

Salí nuevamente. Pensé en ir a mi oficina, unos 30 metros adelante y llamar desde ahí. Pero la calle estaba rara. Desconocí el lugar y no supe encontrar el camino. Volví hacia atrás y ya no pude encontrar la barbería. En su lugar había una cafetería y dentro una mesa que giraba y giraba.

No me animé a ingresar pero ella estaba ahí. La cafetera y sus clientes. La mujer de la barbería barría mientras cantaba la música del lugar. Di un paso atrás y cerré la puerta. Noté algo al pisar. Era la vieja navaja de barbero, con su mango de madera pero con otras iniciales. Y ya no estaba cubierta de sangre, sino oxidada y desafilada.

Sentí el impulso de tomarla con mi mano, pero cuando estaba por hacerlo comencé a caer. Caía en un pozo rojo y estrecho. Lleno de voces que murmuraban cada vez más fuerte. De pronto, nada. Ya no había color, ya no había voces, ya no caía, ya no estaba yo.

Sentí los ojos pesados, no podía abrirlos. Quise ayudarme con mis manos pero no tenía fuerzas para hacerlo. Comencé a escuchar voces nuevamente pero a lo lejos y todo se tiñó de blanco. Sentí una mano caliente en mi frente y otra en mi brazo izquierdo. Todo va a estar bien escuché. No pude reconocer la voz.

No se cuanto tiempo pasó. Las voces parecen ir y venir. Quiero contar el tiempo pero no puedo hacerlo.

Hace un año decidí que un nuevo día comienza cuando sus manos y su voz vuelven a mi y me dice al oído que todo va a estar bien. Aunque no puedo demostrárselo, se que sabe que la escucho y que cada día la espero.

Algunos días son más agradables que otros. Algunos más largos que otros. Algunos días puedo sentir su llanto.

Hoy fue un día agradable. Hoy sentí un olor a café.