Miscelánea de amor

Gaby Herrera
Aug 9, 2017 · 7 min read

Me gustaría contar historias, pero estudié filosofía, así que esto es más un ensayo que otra cosa. La segunda advertencia versa sobre la calidad del mismo, tiene alrededor de 3 meses que no escribo ni para salvar mi vida académica. Tomando lo anterior en consideración, decidan si quieren invertir unos minutos en leer esto y, si lo hacen, sean comprensivos.

La falta de escritura en mi vida suele ser un claro signo de que la crisis ha venido a visitarme, la nombro en singular porque siempre tiene el mismo fondo, así que decir que es algo nuevo sería erróneo, en todo caso son reverberaciones de la angustia adolescente que tuve hace unos doce años. En general todo se resume en el amor, de ahí el título de la entrada.

La primera materia que me enamoró en mi carrera fue análisis de textos, y ni siquiera es de Filosofía, me moldeó en una forma que no podría ni siquiera describir, pero lo que sí soy capaz de escribir, es que me enseñó el valor de cada palabra elegida y que cada signo imprime una intencionalidad, no existe azar en la escritura. Las palabras responden a su autor y yo elijo escribir AmorEs, con mayúsculas y un juego.

Amores en mi vida he tenido pocos, siempre acompañados de lecturas, clases y maestros, probablemente mis amores más puros. Es de entenderse entonces que las más grandes lecciones de amor las haya aprendido de boca de un profesor al explicarme una lección. ¿Notaron lo que hice ahí?

Podría hablar de lo habitual cuando se habla de amor, relaciones y aquellas personas que recibieron un Te amo de mi parte, en cualquiera de sus formas, en cualquier momento de mi vida, pero entonces no habría escrito AmorEs. No es que no sean importantes, o quiera mantener su anonimato (acción imposible pues viven en algunos hábitos o gustos que ahora me identifican), simplemente no creo relevante nombrar a los receptores, con este escrito busco decirme, recordarme, lo que amé y amo.

Fiel a una segunda clase definitoria, ahora sí de Filosofía, ya restringí en la medida de mis posibilidades, mi tema. Voy a hablar de lo que el Amor Es para mí y en ese proceso terminaré describiendo a los AmorEs que circulan en mi vida, porque “Desprenderse de un ser es renunciar a todos los mundos que encarnaba. Y cuando se ha ido, siguen gravitando a nuestro alrededor, como fantasmas, los universos de los que era iniciador.” (Bruckner 66) Y yo, obstinada hasta al final, no me desprendo de nadie, porque creo firmemente que nos construimos a base de encuentros con el otro, y dejarlos ir supone renunciar un poco a nosotros mismos también.

Es necesario hacer una aclaración, mi vida no es una casa embrujada llena de fantasmas a los que vitamino religiosamente, como dice Benedetti, al menos no todo el tiempo. Hay fantasmas de los que debemos despedirnos al cabo de un tiempo, pero porque murió esa parte, no por miedo al dolor o al recuerdo. Aquí es donde entra mi primer amor académico, al que siempre regreso cuando quiero dejar la carrera, cuando odio a la burocracia y al sistema. No puedo ver su rostro pero recuerdo vívidamente su voz y sus palabras, y al igual que el dedal mágico en Peter Pan, tengo fuerzas de nuevo. Iván siempre creyó en mí, especialmente cuando yo no me tomaba en serio, también se burlaba sin misericordia de mis gustos y estaba disponible si necesitaba hablar, junto con Ulises tuvimos conversaciones apasionadas en clase donde los demás alumnos se desdibujaban. Aún conservo los exámenes con sus anotaciones para visitarlos cuando siento que soy una pésima alumna, además de su número en mi whatsapp por si me decido a invitarlo a escuchar alguna de mis ponencias. Quizás por fin lo haga para mi titulación. Por él amé a los existencialistas, Camus siempre estará en mi biblioteca y la muerte será un tema recurrente en mis investigaciones. La mayor lección que me dió fue en un receso: la muerte no es un suceso único en la vida de un hombre, morimos a diario, a veces la muerte es más grande que otras e incluso puede ser múltiple.

Tengo un cementerio en mi cabeza para todas mis muertes y epitafios para cada una de las personas que vi morir, y parafraseando a Doctor Who, siempre recuerdo cuando Gaby fui yo.

En ese mismo período tuve mi primera relación seria, algo accidentada y turbulenta (lo cual no es malo), como todos los noviazgos adolescentes. De su mano descubrí lugares insospechados, tanto físicos como emocionales. Me enseñó a recibir amor, pero sobretodo a dar muestras de afecto, a intentar cosas aunque parezcan ridículas, en resumidas cuentas a disfrutar la vida. Aprendí que es posible amar a alguien y para mi sorpresa, es un sentimiento personal, en efecto, a veces se disfruta más entregar(se) que recibir. Sigo aprendiendo el balance adecuado en esta fórmula, pero en general el secreto está en no dar más de lo que tienes. Save some loving for loving yourself en palabras de Erlend.

Aquí de verdad entendí lo que dijo mi maestro un día en las canchas, la muerte no se experimenta sólo una vez. ¿Qué haces cuando todos los universos son fantasmas? Me inventé un universo nuevo, fue horrible. Me convertí en Gaby de la guerra (Doctor Who, de nuevo), hice lo que creí necesario para superar las cosas y fue así como entendí que no podemos olvidar nuestros encuentros. La mitología griega siempre me va a gustar y estará ligada a la vez que fui a buscarle un regalo a Gandhi y, de hecho, dediqué algunos trabajos finales de mi primer año al paso del mito al logos.

El eterno retorno. No importa cuánto intenté alejarme, la Filosofía siempre encontraba su camino de vuelta a mí. Como el chico de secundaria con el que accedí a salir después de muchas peticiones, al fin acepté y saqué ficha para Filosofía, si nada funcionaba ¿por qué no darle la oportunidad a quién siempre me insistía?

La Filosofía y yo hemos tenido una relación intermitente, no podemos alejarnos, pero nunca nos comprometemos del todo. Lo cual se demuestra en mis amores académicos, exactamente uno por año e intercalados, profesores de letras en años impares y profesores de filosofía en años pares. Al menos voy a salir de mi carrera en el año correcto, espero.

Héctor fue el profesor que necesitaba al iniciar la carrera, lleno de entusiasmo y pasión por su trabajo, con un genuino interés en enseñar. Aprendí muchísimo sobre literatura hispanoamericana, sobre gramática, lingüística, y, principalmente, a sumergirme en la biblioteca para descubrir no sólo a la obra, sino al autor. Por él, entendí a Rulfo, más allá de sus escritos y valoré cada palabra y la vida que estaba impresa a lo largo de El llano en llamas. Me motivó a no conformarme con cubrir los parámetros del trabajo solicitado y aprender, así que me propuso ser su asistente, nunca acepté. La siguiente materia que tomé con él, es un claro declive, la abandoné a mitad de semestre y reprobé. A pesar de todo aprendí la importancia de los silencios y las pausas, que el discurso se compone de mucho más que las palabras, una lección que valoro muchísimo en las relaciones, no puedes depender sólo de un elemento discursivo, todos nos comunicamos de diferentes maneras.

La abrupta separación anterior fue el producto de una nueva persona en escena, el equivalente a cuando aparece el Príncipe Hans en Frozen, escucharlo era un verdadero placer. Tanto conocimiento y manejo de la palabra me llevó a comprometerme con proyecto cuando no estaba lista y del cual no me siento orgullosa. Aprendí muchísimo de relaciones, la importancia de las conexiones y lo mucho que implica ser asociada a una persona. Conservo las enseñanzas invaluables sobre situar las investigaciones siempre, ser consciente de los textos base que se emplean al hacer un escrito y el contexto de los mismos para citar con historicidad. Gracias a él perdí el miedo al micrófono y la verdadera importancia de la profesión, además de descubrir lo que significa publicar y presentarse en coloquios, muy acorde a esto tengo un par de libros de su autoría. En cuanto a relaciones, aprendí, no de la mejor manera, que no puedes entregarte de lleno a algo hasta no conocer verdaderamente a la persona, invertir tiempo no siempre es perderlo.

Me volví a enamorar de las letras, en realidad nunca las dejé. Sobre Agustín sólo puedo decir cosas increíbles, hasta la fecha sus clases son las mejores a las que tenido el placer de asistir. La pasión que tiene por las letras es algo envolvente, es estricto, serio pero increíblemente accesible, me esforcé en su clase porque pedía estructura y seguir los parámetros, me costó cada trabajo pero aprendí a escribir y, aún más importante, a corregir. Fui la única que obtuvo un 10, cuando casi toda la clase reprobó. Atesoro la dedicación que me infundió con el ejemplo y las enseñanzas que me llevan rumbo al resto de mi carrera, aprendí la importancia de las relaciones en el trabajo, lo inevitable de los trabajos en equipo y las oportunidades que traen consigo. Por él comprendí que es importante formular preguntas y estructurar los textos para conseguir conclusiones claras, y menos correcciones; hay que hacer anotaciones, borradores claros y esquemas, ahorran tiempo. El autor que tengo en mi repisa en su honor es Orwell y, lo que guardo de todo lo anterior para mis relaciones, es la importancia de las preguntas, hay que formularlas para saber si el trabajo que tenemos en mente en verdad es lo que queremos o hay que buscar otro tema, igual pasa con las personas.

Por último, el professor. Una grata sorpresa, a pesar de todos mis prejuicios descubrí que, en efecto, los mejores filósofos son los niños. El maestro guarda la inocencia de un niño, su capacidad de asombro, nunca deja de aprender y sus clases parecen más su juego, donde él pone las reglas pero sólo guía y la actividad se desarrolla. Fue en su clase donde la generación realmente se afianzó, después de 3 años, las opiniones se valoraban por igual y juntos descubrimos quiénes queríamos ser. Sobra decir que fue con él con quien aprendí más, a explorar, a crear, a opinar, simplemente a ser; dejé de lado los prejuicios acerca de los demás, autores y compañeros, para reconocerme en ellos. Sin él no me habría permitido investigar lo que realmente me gusta. Por él hice lugar en mi biblioteca para Kant, Heidegger, además de agregar sin pudor todos los libros que quiera de Steiner y Foucault. Gracias a la experiencia me di cuenta de lo importante que es aceptarse uno mismo para poder enamorarse por completo, ya sea de la Filosofía o alguien más.