¿En qué momento se jodió Game of Thrones?

Fueron los spoilers, la saturación, las redes. Fue el agotamiento natural, el rebase a los libros. Fueron las siete temporadas, ninguna serie aguanta tanto. Fue todo o nada de eso. Pero Game of Thrones está apunto de terminar y avanza ahora como una máquina destartalada, a la que ya se le notan los tumbos, el desgaste de la pintura, el ruido molesto del motor. Va hacia alguna parte, pero ya no importa el viaje: la urgencia es que llegue.
La rapidez con la que ocurre todo en los más recientes capítulos ya no es un detalle pasable, comienza a volverse un problema. Un viaje redondo de Dragonstone a King’s Landing y luego al muro antes tomaba una temporada. Ahora Ser Davos lo hace en minutos. Y no es el vértigo de, digamos, Mad Max: Fury Road. Es la prisa de quien ya tiene que irse. “Pero luego te cuento bien, ya aquí me bajo”. Esta temporada no hemos visto capítulos, sino tráileres de una hora.
No cambió su ritmo; traicionó una de las nociones básicas de la ficción. En el momento en el que uno se pone a pensar en cuestiones logísticas y de producción, en, bueno, es que sólo les quedan tantos capítulos, ahí se muere la verosimilitud. Un hueco en cualquier trama es pasable, siempre y cuando no sea tan violento que te rompa el contrato y el contrato es: yo te creo lo de los dragones y los zombies, siempre y cuando no quiebres las reglas de tu propio universo. GOT ha tenido sus bajones, pero esto es algo que nunca había hecho.
Y cada domingo –o lunes temprano, o día de la semana que se filtra– la veo, y me fascina, y quiero el siguiente capítulo y platico del anterior. Porque, claro, siguen siendo los mismos personajes. La secuencia de Drogon quemando a los Lannister no tuvo un CGI espectacular, pero lleva tanto tiempo cocinándose que emocionó más que cualquier batalla en el cine. Fue la magia de querer que Jaime y Daenerys ganaran. Pero ahí el punto: GOT ha sido siempre una serie empujada por los personajes, no por el argumento. Hasta ahora.
Esta temporada, por ejemplo, no hemos visto a Sansa convirtiéndose en una gran líder; en su lugar hemos visto a Littlefinger decirle “eres una gran líder”. La historia avanzaba sumando personajes mientras los ya conocidos crecían. La construcción del mundo, el desarrollo de subtramas que se extendían y daban vueltas, fue parte integral de la serie. Es algo que George R.R. Martin entendía y, aún faltándole dos libros, todavía en Dance with Dragons, seguía sumando líneas argumentales (pensemos en el viaje de Griff, en la sugerencia de Areo Hotah como un personaje importante).
Entiendo, no es lo mismo, la tele es distinta. Pero la esencia de la serie era que el build-up no se sentía como un paso engorroso para llegar a un punto: el build-up era el punto. Ahora el punto es el pedal a fondo, los madrazos, y a lo que sigue.
La belleza de Game of Thrones era la del bosque espeso y enredado. Ahora es un valle pelón con un puñado de árboles. El invierno llegó y es metáfora de otra cosa.
