Angelina Vunge, un retrato con luces y sombras

La miseria y el espanto pusieron en su mira un objetivo nítido: migrar. Los destinos podrían haber sido muchos: Brasil, Canadá, Portugal o Cuba. Pero alguien le tendió la mano y llegó a Uruguay de casualidad. El pasado de Angelina Vunge (40) es la historia de la humanidad: violencia doméstica y de género, racismo, segmentación social, abuso laboral, esclavitud, pero, sobre todo, lucha por la libertad.

Criarse en una guerra como mujer angoleña implicó separarse de su familia y amigos. Luchar contra la probabilidad de tener que contraer matrimonio a los 14, ser una máquina de parir bebés y fallecer curtida del cansancio a los 40, no fue fácil. Esto no entraba en la cabeza de esta niña de Angola a quien nadie le aseguraba los derechos humanos.

Destino enigmático

María Cristina Benítez (70), militar uruguaya retirada, fue miembro de los Cascos Azules en Angola. Allí conoció a Angelina. La africana de pies descalzos le manifestó su deseo de dejar el país, pero no sabía dónde quedaba Uruguay. Hoy un puñado de uruguayos son su apoyo y su familia. “La maldad está en todos lados, no importa si es hombre o mujer”, dice Angelina. Pero lo que se necesita para irse del país es poder mirar a los ojos de una persona que garantice seguridad, opina. Y esa fue Cristina.

Llegar a Uruguay fue una travesía: dejar el hogar, la familia, subirse a un avión y aterrizar sin saber con qué se iba a encontrar. Su seguridad era Cristina, quien le prestaría su casa provisoriamente. Lo que más le costó fue el clima, a pesar de haber llegado en la primavera de 1999.

Quería llegar, trabajar, casarse y tener hijos, pero estos últimos llegaron primero. “Nunca sentí dificultad para insertarme o adaptarme porque sabía mis objetivos en la vida”, cuenta Angelina. ¿Su idea?, quedarse en el país. Como Angola era una colonia portuguesa, el idioma no fue mayor impedimento: “Y cuando uno se empeña en aprender algo, lo aprende y así me pasó a mí con el español”, afirma.

Marcas en el alma

-Cuando se está en guerra lo único que importa es tener un lugar donde vivir en paz y llevar una vida digna, como cualquier otra persona. Porque desde el momento en que tu país entra en guerra ya te están quitando todos los derechos humanos.

Angelina nació en 1978 durante la guerra civil angolana. Si bien eran un país independiente de los colonizadores portugueses, aún estaban en una de las guerras que más muertos ha dejado en el mundo. Trabajó en la capital, Luanda, en el restaurante de la ONU. Fue allí donde conoció de cerca a los Cascos Azules. Así fue que escuchó de Uruguay, por medio de dos uruguayos pertenecientes a la misión de paz. Lo que la determinó a venir al paisito fue que le dijeron que jamás hay ni habrá guerras.

Su vida en África profunda comenzó en las provincias rodeada de campo, bosque y desierto. Su familia y ancestros, todos fueron agricultores. En las aldeas, se hablaba la lengua kimbundu -dominada por millones de personas-. No obstante, en la escuela debían hablar el idioma del colonizador, el portugués.

En el continente negro y en sus aldeas el matrimonio comienza cuando los senos de la niña apenas crecen. Los padres eligen al candidato, siempre mayor, sin opinión de la hija. Además, los hombres son polígamos, nunca al revés.

Angola es uno de los países con menor expectativa de vida, debido a que los cuerpos están castigados por el trabajo de campo. Todos trabajan la tierra. Sin embargo, la solidaridad que se ve entre los aldeanos con las tierras, no existe dentro del hogar. Es la madre quien hace todo. Por ejemplo, si ambos cortan la leña, es la mujer quien la transporta largas distancias sobre su cabeza con el hijo a la espalda y las manos llenas de herramientas. Las jornadas de trabajo son de hasta 12 horas.

En Angola es moneda corriente el trabajo de menores. También lo es la violencia física sin cuestionamientos. El golpeador siempre es el hombre, el padre de familia. La mujer y los niños bajan la cabeza y el hombre pega; las víctimas están convencidas de que eso debe ser así. La madre de Angelina recibió una paliza tan fuerte por parte de su marido que casi pierde la vida. Sus hijos vieron todo. Si el hijo no hace los deberes, la que cobra es la madre: con la mano, con un hacha o con lo que haya más cerca. A la niña angolana su padre le pegó con un machete en el cuello. El episodio de violencia duraba hasta que la víctima ya no respondía.

A los 9 años Angelina decidió dejar de hablarle a su padre. Parece insólito que al venir a Uruguay tuviera que adoptar sí o sí su apellido y no el de su madre. La pequeña niña se dio cuenta de que la vida que ella llevaba en África no era la que mostraban en los libros de primaria. Cuando se imaginaba amamantando varias generaciones hasta no tener más leche y perdiendo hijos por guerra o hambre, lo supo claramente: no quería esa vida.

La menstruación en Angola es pérdida de libertad, porque obliga a las niñas a casarse. Y muchas de ellas sin saber qué es esa sangre y sin nadie que se lo explique. Para este país, la menstruación no existe. Cuando la hija sangra se la aparta de los juegos. Por si esto fuera poco, de la violación tampoco se habla. Y si sucede, es culpa de la violada, cuenta Vunge. Y si queda embarazada, mejor conseguirle un adulto mayor que la acepte como esposa. Si se duda de la virginidad de la niña, entonces los padres introducen un huevo en su vagina y evalúan con cuánta facilidad entra. La esposa tiene que ser virgen porque con una embarazada nadie quiere tener sexo.

Angelina vivió la violación en carne propia y reiteradas veces. Primero fue Núñez, el primo del padre, cuando ella tenía apenas 4 años. Jugaba tanto con ella que sus papás decidieron que sería su futuro esposo. Hasta que la llevó a su cuarto, solos, muchas veces. Y después al bosque. Si descubrían al violador lo obligaban a casarse con ella.

A los 9 años abandonó a su familia y se mudó al hogar de una amiga de la madre. Terminó la escuela, el liceo y se sintió por primera vez protegida, mas la idea de emigrar aún estaba intacta.

Consiguió a dos muchachos que le hicieran el pasaporte. En un edificio, donde subió al tercer piso y entró a un espacio de dos por dos donde había un colchón y una tele, quedó paralizada. Cuando se desmayó el hombre la estaba penetrando. Cuando se despertó, era otro. Posteriormente al episodio solo fue al ginecólogo por una infección enorme. El médico se masturbaba mientras la atendía. Se tenía que cuidar de los soldados, de los vecinos, de la familia y de los médicos.

La pequeña Angelina miraba novelas brasileras, así encontró inspiración y fuerza para emprender hacia un mundo mejor. Los temas siempre eran los mismos: patrones, esclavitud, mucamas y heroínas que le ganaban a la desgracia. La que más recuerda es Xica da Silva.

Una escalera solo de subida

A las 8 de la mañana la negra de trenzas largas esperaba parada en Bulevar Artigas y Hocquart, sin saber qué vendría. La sargento Amelia Lerena tenía que entrar al Hospital Militar a trabajar y allí la dejó. Un taxista frenó y Angy subió, completamente perdida. “El taxista pensó que era un viaje, pero cuando vio la pureza del alma, lo bondadoso y lo bueno, se enamoró”, relata un amigo. Hoy el taxista es el padre de sus hijos, pero nunca se enteró de las violaciones, ni de Núñez, ni de los del pasaporte. Tampoco supo el nombre de la mamá de Angy, pues no le importaba su pasado.

Al poco tiempo de llegar, Vunge estaba casada y tenía niños. Comenzó en el mundo laboral de la limpieza y el cuidado de adultos mayores. “Empecé bien de abajo”, recuerda. Cuando su agenda no daba más, igual quiso subir otro escalón y buscar trabajo de lo que le gusta: el trato con público. Hizo cursos en el Hogar de la Empleada y en la Casa de la Mujer.

Un tiempo después comenzó a trabajar como moza en Alto Palermo. Ya venía con un currículum preparado de las Naciones Unidas. No obstante, quiso seguir buscando algo mejor y entró como administrativa a la Asociación Española en agosto de 2011. Al mismo tiempo, transitaba el proceso de su primer libro: Angelina. Las huellas que dejó Angola.

Alem García, político del Partido Nacional, escuchó su historia en Alto Palermo en primera persona. “Él se interesó en cómo había sido la misión de paz y convivir con los Cascos Azules”, explica. García no dudó en contactar a la editorial Planeta y argumentar por qué esta era una historia digna de ser contada. La escritora fue Andrea Blanqué, quien puso sus palabras en papel. “Después de tanto tiempo fue con la primera persona que yo me senté a conmemorar y rememorar todo lo que había vivido; fue una especie de terapia”, recuerda.

Cuando el libro llegó a la gerencia de la Asociación Española, Angelina fue invitada a ser parte de un equipo multidisciplinario de violencia doméstica. Hoy es subjefa de la policlínica del barrio Colón. También es docente en el Instituto Militar de Estudios Superiores, da charlas, conferencias y capacitaciones en universidades, colegios y otros entes públicos. Además de su casa y su vehículo propio, es dueña de un Uber que maneja un amigo. “Es una persona muy querida en mi vida y me ayudó mucho en la fase de la transacción de separación (con el exesposo uruguayo), entonces quise retribuirle con trabajo”, relata.

Ya pasaron casi dos décadas desde que Angelina llegó a Uruguay. Actualmente, se encuentra esperando su certificado de estudios terciarios incompletos en Arquitectura, porque quiere continuar estudiando acá. Todavía no se ha decidido entre Abogacía o Ciencias Sociales. Lo que sí tiene claro es que deben llegar antes de que cumpla la edad jubilatoria.

Un amigo uniformado

En el Cuartel General de los Cascos Azules en Luanda, capital de Angola, trabajaba una mujer. Daniel Martínez (60), en ese entonces militar en ejercicio, la llevó en el auto de Naciones Unidas hasta la casa “porque la base estaba lejos de la ciudad y el transporte público casi no existía”. El uniformado le preguntó si conocía aldeas cercanas a la capital y ella respondió: “Yo nací, vivo y voy a morir en Luanda”. Daniel servía en la Misión de Paz en una capital con 30 mil amputados ambulando por las calles minadas, tiroteos en el aire y una pobreza que sus ojos jamás habían visto.

“Nunca recibí tanto cariño del prójimo como en Angola, ni siquiera en el entorno familiar”, explica Martínez. En la tierra donde “se junta Dios y el diablo”, perdió 26 camaradas internacionales en un año.

Cada sueldo de Naciones Unidas, Angelina lo guardaba en el bolsillo procurando no ser robada. Su meta, un pasaje aéreo. Primero sacó el pasaporte, que en opinión de Daniel debió salirle muy caro “porque todo era corrupción”. Luego, voló a Sudáfrica y caminó hasta la embajada de Uruguay. En el paisito la esperaba la uruguaya, Cristina Benítez. “Lo que hizo Angy fue una proeza. Hay millones de angoleños que quisieran estar en su lugar hoy, pero no se animaron o no les dio la cabeza, la perseverancia”, exclama Martínez.

Daniel tuvo que explicar varias veces en el Ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo por qué su Angy no tenía partida de nacimiento: a los niños recién nacidos solo los marcaban con un fierro caliente como al ganado. “Hoy es nuestra embajadora permanente y no la vamos a dejar regresar a su tierra salvo por razones de paseo”, sentencia.

El militar retirado y sus colegas uruguayos en la guerra les compraban medicamentos a las víctimas, artículos de primera necesidad y hasta le ponían gotas en los ojos para la conjuntivitis. Angola fue uno de los lugares del mundo más afectado por los campos minados, cuenta Martínez. No había nada de pie, ni un comercio. Los motivos de muerte eran: guerra, enfermedad estomacal, infecciones o intoxicación con agua o alimentos.

En los contenedores/oficinas, Angy limpiaba descalza, “como todos los locales analfabetos”, aunque ella no lo fuera. Era un terreno llano de tierra colorada. Empleados y contingentes simpatizaban por el barro que les subía hasta las rodillas, pues la lluvia era abundante -no así el agua potable-.

Acá en Uruguay, Vunge fue un día al trabajo de Daniel y le reclamó mucho contacto por teléfono, pero poco café en persona. En el medio de la conversación entraron a Google para ver cómo estaba Luanda. La sorpresa que se llevaron es que había autopistas en vez de destrucción.

Lazo de almas

La angoleña y su hijo Elery llegaron de visita a la casa de Claudia Fernández (41), también administrativa en una sociedad médica de Montevideo. “Hubo muy buena conexión entre ambas, tanto así que, hasta el día de hoy, 15 años después, seguimos en contacto”, cuenta Claudia. Hoy son familia, hermanas y amigas. A pesar de ser de culturas distintas y mundos distantes, para Fernández las unió ser “un mismo alma”. Angelina tocó esa puerta porque conoció a la pareja de su amiga en Angola, ambos trabajando para la ONU.

Para Fernández, Angy es “un ser increíble”, a pesar de sus experiencias traumáticas. Destaca de ella el ímpetu de siempre estar formándose como profesional y brindando ayuda con optimismo “sin pasarle factura a la vida”. Al parecer, Vunge es un farolito que nunca se apaga. Como recompensa por toda la ayuda que Claudia le dio a Angelina, esta le consiguió trabajo.

En palabras de la protagonista, Claudia es su amiga inseparable. Tanto es así que cuidó de sus hijos cuando tuvo que volver a Angola por problemas de salud de su madre.

-Ella me tiene como una referencia, pero en realidad ella es una referente para mí.

-Y bueno, eso es la amistad.

A Angola tardó 17 años en regresar y estuvo 15 días. El año anterior había perdido a su padre y fue a Cuba a cuidar a un hermano que sufría de cáncer. Ahora era su mamá (73) quien la necesitaba. Una vez llegada a su país de origen se encontró con una mujer en estado de abandono, curtida por el campo y el trabajo de hacha. Angelina tiene 40 sobrinos, pero durante su quincena en África no pudo conocerlos a todos, porque en el poco tiempo que estuvo acomodó el precario lugar donde vive su madre.

Su enojo era muy grande, si toda su familia está allí, ¿por qué al tener tantos hermanos, cuñadas y familiares tuvo que ser ella quien cruzara el Atlántico para atenderla?

Sueños y convicciones

Por primera vez en su vida, Angelina encontró un lugar en el mundo donde se siente en paz. Además, puede “vivir y sentir” los derechos humanos.

-¿Alguna vez sentiste discriminación en Uruguay?

-No es cuestión de discriminación, sino de integración. Si yo no me aceptara tal como soy y renegara mi origen o mi color de piel, tal vez me sentiría discriminada, pero he sabido darme mi lugar en la sociedad sin importar en qué ámbito esté.

En la voz de Vunge se nota la convicción, la serenidad y la fuerza. Mientras revuelve suavemente su cortado, afirma que lo que le tocó vivir la preparó para “encarar la vida de otra forma”. En su discurso destaca la capacidad mental que hay que tener para decidir entre salir adelante con ayuda de especialistas o “tirarse en un rincón lamentando por el resto de la vida”.

-Aprender y superarme para mí es el sentido de la vida y por eso le doy gracias a Dios por darme una y otra vez la oportunidad de seguir respirando.

-¿Y qué lugar ocupa la fe y el perdón en tu vida?

-El perdón solo lo puede dar Dios. Yo solo puedo disculpar.

Angy es creyente pero no va a la iglesia. A su entender, los caminos de la vida están escritos y de ahí sale su fuerza para seguirlos caminando.

-¿Cómo te gustaría culminar tu vida?

-En mi mundo de sueños quiero descansar en un campo rodeada de animales y agua acá en Uruguay.