Olvídate de los murciélagos
Nada es tan seguro en la vida como la certeza de la muerte. Tal vez, con el paso de los años, demos otras cosas por sentado, pero no son tan infalibles como saber que terminarás tus días metido en una caja de madera.
Quienes sufrimos de pesimismo lo tenemos más fácil para lidiar con los reveses del día a día: poco a poco tenemos que aprender que las cosas nunca — o casi nunca — saldrán como queremos, que no tenemos control sobre casi nada de lo que ocurre a nuestro alrededor, y que tu jugador favorito se irá del club de tus amores a las filas del rival.
Pasa, invariablemente, verano tras verano. Los ves marcharse con total impunidad, con las arcas llenas, pero huérfanos de dorsales y colores. Nada vuelve a ser lo mismo.
Un chaval de quince años le ha escrito una carta abierta al ídolo de estos días. Pobre muchacho. Apenas había nacido cuando se fueron otros y lloramos — como él ahora- su marcha pensando que nada volvería a ser igual. Y tal vez no lo sea, si miramos con distancia aquella época y la actual, pero ¿y qué?
Vendrán otros mejores, peores, con más o menos compromiso, con más o menos ganas de darlo todo. Olvídate de los ídolos. Ellos no forman parte del escudo.
Eso nos corresponde a nosotros.