Baños y sillas, una historia de lo público y lo privado

La distinción entre el ámbito de lo público y lo privado es una delimitación que en principio podría parecer algo simple y somera, sin embargo, cuando uno se pone a pensar en torno a esta histórica dicotomía uno se encuentra con todo lo contrario, ya que en este par dicotómico existe un amplio plexo conceptual con derivaciones muy importantes y campos de acción diversos, desde la escala de los Estados nacionales hasta el interior de un cuarto de baño, distinciones que en principio parecen antagónicas, pero que en la realidad se presentan de forma interdependiente, esta relación de reciprocidad se ha expresado de forma insuperable en la máxima feminista que defiende que lo personal es político.

Pero ¿cómo entender la forma en la que pensamos lo público y lo privado actualmente? Y ¿en qué momento y bajo qué condiciones comenzamos a conceptualizar estas ideas tal y cómo las pensamos hoy? Creo que una de las formas de acercarnos a posibles respuestas sobre estas preguntas las encontramos en el diseño y la propia ciudad, y para esto propongo en esta primera entrada hablar de baños y sillas.

Para poder entender este proceso parece importante recuperar las ideas de Hannah Arendt y Jurgen Habermas sobre esta dicotomía, ya que la condición actual de estas esferas, retomando a estxs autorxs, es parte de la revolución moderna — liberal en lo político y capitalista en lo económico — , donde los baños y las sillas jugaron un papel capital e inadvertido en esta transformación. En el mundo clásico, la noción de lo privado y lo público era significativamente distinta a la forma en la que las pensamos hoy, Habermas, y especialmente Arendt, se han detenido sobre esto y han escrito que para la Grecia clásica el significado de lo privado aludía a su aspecto privativo. Esta aparente tautología hace referencia al hecho de que una vida privada por completo está carente de elementos para una verdadera vida, el humano privado, en su carencia de poder ser visto y oído no puede aparecer. Mientras lo público, en su posición opuesta, es justo lo que no solo es, sino que también aparece para ser visto y oído por todos, así las cosas adquieren una especie de realidad, ya que la presencia de otros que comparten, ven y oyen lo mismo que nosotros nos asegura la realidad del mundo y de nosotros mismos.

A diferencia de las nociones clásicas, la actual noción sobre esta dicotomía es una invención moderna, ya que en la Edad Media no existía propiamente una noción de lo público o lo privado, y las ideas contemporáneas sobre estas esferas son significativamente distintas a las que existían en la época clásica, pero ¿que tienen que ver los baños y sillas con todo esto? Comencemos con los baños.

Los baños y los excusados son posiblemente unos de los elementos menos explorados por el diseño y la arquitectura, sin embargo, no hay día que no los utilicemos y no podríamos imaginar actualmente un edificio que pudiera prescindir de estos. Cuando invitaron al filósofo Slavoj Zizek a hablar en el congreso de arquitectura Más por menos junto a los Pritzker Renzo Piano, Jaques Herzog, Glenn Murcutt, Anne Lacaton y demás arquitectxs, Zizek no desaprovechó el espacio para hablar de retretes y plantear un análisis comparado entre sus diferentes diseños y las ideologías que expresan. Sobre esta condición, Koolhaas ya había escrito unos años antes que el retrete es a la vez el elemento más privado y más político de la arquitectura, donde además se expresan claramente las imposiciones culturales de occidente en el mundo.

No hay duda de que el retrete y el cuarto de baño son hoy en día los espacios más privados de los edificios que habitamos, pero esto no siempre fue así, este espacio no ha sido siempre el lugar privilegiado del monólogo interior, e incluso Domenique Laporte, reconocido psicoanalista francés, ha escrito que la invención del retrete ayudó en la conformación de la idea moderna de privacidad, de lo privado y de lo público. Antes de la Revolución moderna, tanto en Europa como en el resto del mundo, los registros que tenemos demuestran que los baños, cuando existían, eran espacios compartidos, exteriores y abiertos, o simplemente artefactos añadidos y compartidos dentro de otros cuartos. Esta realidad arquitectónica y urbana es especialmente clara en la imagen cloacal que tenemos de muchas de las ciudades Europeas durante la Edad Media, donde las pobres condiciones de salubridad fueron una de las causas de las grandes pandemias.

Sistemas de baños antiguos

Un importante punto de inflexión que podríamos señalar como el inicio de la historia de los baños tal y como los pensamos y construimos hoy, quedó registrada en el edicto real de Francisco I a mediados del siglo XVI, donde estableció por el edicto perpetuo la prohibición de vaciar o arrojar en la ciudad basuras y aguas coladas obligando a retener las inmundicias en cestos o cuevanos y también obligando a todos los propietarios de casas, hostales o pensiones a construir una fosa de retrete bajo pena de confiscación de la casa citada. Pero para que se pudiera construir un baño en cada casa y en cada edificio, formando una nueva estructura arquitectónica que motivaba una nueva noción de privacidad, no solo era necesario replantear las propias lógicas de la arquitectura, sino construir una nueva lógica de la ciudad. Para que los retretes funcionen, es necesaria una gran infraestructura general que concentre y movilice los desperdicios particulares, de esta forma se conformó no solo una nueva idea de lo privado, sino también una nueva forma de lo público en la figura del Estado, que se encargaba de administrar todos los residuos individuales. Así lo privado adquirió una nueva noción moderna y burguesa relacionada a la intimidad libre y colmada mientras que lo público pasaba de ser en lo general una noción de lo común para entenderse a través de la lente totalizadora del Estado.

Esta búsqueda por sanear la ciudad no provino únicamente de la realeza, dentro del contexto del Renacimiento, el higienismo tomó un nuevo impulso que se materializó en proyectos de utopías urbanas, como La ciudad sanitaria que pensó y dibujo Leonardo Da Vinci años antes de los edictos reales de Francisco I, proponiendo un nuevo modelo de ciudad que se diferenciaba de la existente al incorporar abundantes letrinas públicas y canales subterráneos para movilizar el agua limpia y las aguas negras hasta los cuerpos de agua cercanos, saneando y limpiando el aire viciado de la ciudad.

Otras formas de tomar asiento

A pesar de todos los esfuerzos, no fue hasta el siglo XIX que se comenzó a popularizar el uso de baños privados dentro de todas las edificaciones, al comenzar este siglo la Casa Blanca se había estrenado con solo 3 inodoros, y como nos recuerda Georgina Cebey, en el museo más importante de Inglaterra sólo existían dos baños exteriores para sus 30,000 visitantes diarios. En este contexto, apareció a mediados del siglo XIX el famoso Palacio de cristal de Paxton, que además de asombrar por su innovador uso de acero y cristal, marcó una profunda transformación dentro de la arquitectura moderna y su noción de privacidad al exponer de forma indirecta los novedosos baños inodoros de cisterna y cadena, que con la incipiente producción industrial fue posible comenzar a producir en masa y a precios más accesibles para toda la sociedad.

Con esto, los baños tal y como los conocemos y usamos hoy, son una prueba material de la constitución moderna de esta histórica dicotomía, como la ha planteado Norberto Bobbio, donde lo privado, en uno de sus sentidos, hace alusión a cierta noción de intimidad y valor individual, mientras lo público ha adquirido la forma del Estado como una esfera total de lo colectivo.

Ahora bien, si los baños son uno de los elementos más desapercibidos por el diseño occidental, posiblemente, y como lo han escrito varixs estudiosxas de este tema como Hajo Eickhoff, Anatxu Zabalbeascoa y Ana Elena Mallet, las sillas son uno de los elementos que más han demorado y preocupado a diseñadores y arquitectos desde el siglo XIX. Si aquí propongo — sin el rigor y con la prisa de un texto corto — que el baño ayudó a conformar la noción moderna de privacidad, creo que las sillas, vistas desde su historia cultural, lograron evidenciar la conformación de la esfera pública, o el espacio público, tal y como es pensado desde la filosofía política.

No hay muchas dudas sobre la jerarquía que imponen las sillas, el acto de sentarse todavía hoy corresponde a cierta noción de estatus y poder, sólo basta pensar en la noción anglosajona de chairman, donde la silla (chair) funciona para remarcar el estatus de la persona (man) que preside o dirige una empresa, o tal vez, de forma más visual, poner atención en muchas famosas fotografías donde los personajes importantes, o aquellos en los que se quiere enfatizar, son retratados sentados, justamente para evocar esa condición jerárquica. Pero ¿de dónde viene todo esto? Y ¿qué tiene esto que ver con la conformación de la esfera pública?

Villa en la silla presidencial, Agustín Víctor Casasola

La silla, como objeto cultural y de diseño, surge muchos miles de años después que el acto mismo de sentarse. En la antigüedad, la silla como objeto cultural solo se había materializado en forma de trono para los reyes y emperadores, como un elemento simbólico que remarcaba su jerarquía social y enfatizaba su poder. Sobre esto Eickhoff afirma: la silla no era conocida por otras culturas que no fueran las occidentales, ni por el mundo asiático ni por el africano. Su origen procede del trono real y de la religión cristiana. Los soberanos fueron los principales ocupantes de las sillas, y junto con la vestimenta o los sellos reales, el trono constituía parte de la publicidad representativa del señor o Rey. Este objeto era tan importante, y la jerarquía de sentarse frente a otros era tan fuerte, que incluso en la Bengala del siglo XV era rey aquél que estaba sentado en el trono, fuese quién fuese y como sea que hubiese llegado allí.

Si tomamos esto como válido ¿entonces cuál fue el rol de las sillas en la conformación moderna de esta dicotomía? La formación de los salones y los cafés en el siglo XVII y XVIII jugó un rol decisivo en la formación de la esfera pública como contraposición cultural y política a la sociedad estamental y al espacio de la corte, trasladando la representación pública del poder de las elites y la realeza a una esfera pública de representación del público burgués, como un espacio intermedio entre el Estado y la sociedad. En este desarrollo histórico, que es ampliamente estudiado por Habermas, las sillas y el acto de sentarse jugaron un papel capital e inadvertido que nos queda como prueba de esta condición cambiante de la sociedad.

Habermas localiza la construcción de la clase burguesa como un público rigurosamente hablando en el siglo XVII con el arranque de la modernidad y el capitalismo en Europa, de forma paralela Hajo Eickhoff afirma que las sociedades modernas se han constituido como sociedades sentadas. Así, en la propia historia de la silla y el acto de sentarse hay una estrecha relación entre la transferencia del espacio del poder desde la realeza y el trono, hasta los salones de cafés y la construcción del espacio público con su democratización de la silla.

Concediendo un amplio margen al simbolismo, de una forma cercana en la que el poder del rey y el señor feudal se desintegró en una serie de poderes públicos y privados, la silla perdió su sentido sagrado y simbólico para aparecer y convertirse en un objeto de uso público y privado, pasando de su existencia exclusiva en la corte a su presencia multitudinaria en cafés, teatros, plazas y espacios privados. Esta transformación que le dio un sentido cotidiano a las sillas no solo tuvo que ver con la transformación política del poder, sino también con la transformación capitalista de la economía, que mediante la industrialización logró producir en masa las nuevas sillas profanas.

El maestro carpintero Michel Thonet presentó a mediados del s. XIX su innovadora técnica de doblado de madera con vapor de agua caliente, los muebles expuestos en el museo industrial de Koblenz sorprendieron al príncipe y canciller de Europa en el congreso de Viena Klemens von Metternich, que lo invitó personalmente a presentar sus muebles en su castillo. Tales encuentros, escribe Eickhoff, entre personas de clases desiguales como la burguesía y la nobleza, se convirtieron cada vez en motor de desarrollo social desde que Luis XIV había desempoderado a la nobleza prohibiendoles hacer negocios. Con la técnica de doblado que había desarrollado Thonet, unos años después logró el diseño de su silla Nº14, este nuevo modelo estaba compuesto por seis partes de madera curvada y seis tornillos, en su embalaje de 1 metro cúbico cabían 36 de estos modelos y solo costaba tres florines (que en esa época equivalen a 3 docenas de huevos o una botella de vino). Esta silla logró vender más de 50 millones de copias en 70 años y apareció en todos los rincones del mundo; Lenin, Tolstoi, Renoir, Marilyn Monroe, Liza Minnelli, Picasso, Einstein, en las casas, en los restaurantes y en los cafés, tanto de América como en Europa, esta silla aparecía y era prueba irrefutable de la transferencia del poder de la corte a la ciudad y del ascenso político de la burguesía como nueva clase social.

Depleted Thonet, Emiliano Godoy

El rotundo éxito del modelo industrial de Thonet fue posible en parte por la óptica extractivista con la que se desarrolló, logrando desplazar sus grandes fábricas desde su primera ubicación en Moravia a 5 distintas locaciones en menos de dos décadas. Las fábricas se desplazaban cuando se terminaban de deforestar los bosques del territorio donde se emplazaban y era necesario buscar nuevos recursos para explotar, encontrar nuevas localidades con mano de obra barata y materias primas abundantes, dejando por detrás ecosistemas ambientales y sociales empobrecidos. Sobre esto el diseñador mexicano Emiliano Godoy ha hecho una serie de carteles titulados Depleted Thonet, donde interviene los catálogos originales de Thonet y va borrando paulatinamente distintas piezas y partes de su mobiliario, como una representación metafórica de los bosques que fueron completamente deforestados para poder producir en masa esté mobiliario y lo que hubiera sucedido con sus muebles si sus fábricas no hubiesen sido relocalizadas.

Los objetos de diseño, tanto en los que nos demoramos especialmente a pensar, como los que aparentan mayor banalidad, narran en la historia que es su cotidianidad las formas en las que nosotros, sus usuarios, comprendemos y conceptualizamos el entorno que habitamos, por lo que una mirada reflexiva de todos aquellos objetos y espacios que ocupan nuestra vida es, tal vez, la forma más directa de comprender desde dónde y cómo valoramos nuestra realidad. Y como lo he leido en algun lado, una silla (o baño) no es nunca, solamente, una silla.

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