El inconsolable anhelo

Por Julián Gallo

Alguien que conozco, poco tiempo después de que murió su papá, entraba a Facebook para dejarle comentarios y decirle cuánto lo extrañaba. Tal vez pueda parecer que no es algo muy distinto a hablar con una tumba, pero me parece un acto que contiene una ilusión tan rara, tan profunda, tan desesperada, que cuando lo cuento siento pena.

También me trae el recuerdo de situaciones parecidas de la televisión. Los que vieron Breaking Bad pueden recordar a Jesse Pinkman (el joven coprotagonista) llamando insistentemente al teléfono móvil de su novia Jane, muerta ahogada, para poder escuchar al menos una vez más su voz en el contestador: “Ey, si estás tratando de venderme algo tengo unas palabras para vos: sacame de la lista. En cambio, si sos alguien cool, dejá un mensaje después del tono”. Jane, que en algún lado sigue viva, hace que Jesse alcance con su emoción algo que ya no está, algo intangible que él logra tocar por un instante, como el olor de la ropa de los fallecidos que evoca de inmediato la vida que no puede ser recuperada.

En la serie The Kiling, la madre de una adolescente asesinada hace exactamente lo mismo: arrodillada, escucha llorando la grabación del contestador automático de su casa que tiene un mensaje de bienvenida con la voz de su hija. Para ella, es como si esa voz todavía estuviera viva, y todos entendemos que es exactamente así. Esa voz está en alguna parte: no es el mundo de los vivos, tampoco es del todo el mundo de los muertos.

En la serie de ciencia ficción contemporánea Black Mirror llevan las cosas un paso más allá. En el capítulo “Vuelvo enseguida”, situado en un futuro cercano, Ash, el joven esposo de Martha, es asesinado. Durante el sepelio, una amiga de Martha le comenta de un nuevo servicio online que ofrece como consuelo para los deudos mantener conectados a los muertos con sus familiares. En efecto, una simulación de mensajes creados por un sofisticado software que utiliza toda la información textual disponible de una persona en las redes sociales y correos, es capaz de generar con inteligencia artificial, textos que parecen ser escritos por el muerto. De esa forma, un Ash virtual puede enviar mensajes desde algún lugar desconocido como si verdaderamente lo estuviera haciendo. El capítulo desarrolla después ideas aún más audaces, pero no conviene contarlas acá.

Todas estas historias tienen en común algún dispositivo que funciona como un medio para que los desesperados puedan conectarse con los muertos. Pero la desesperación no depende de esos aparatos. Sólo encuentra en ellos un camino más corto para dejar correr su ilusión.

Un fragmento de una novela melancólica de Julian Barnes, Niveles de vida, puede ayudar a entender qué es. En la historia de Barnes, la esposa del protagonista ha muerto y él lucha con ese sufrimiento solitario que implica tomar distancia de los que han fallecido. Pero es una lucha confusa porque “¿qué es el éxito en el duelo? ¿Reside en recordar o en olvidar?”. Barnes da vueltas tratando de explicar ese dolor hasta que logra hallar una palabra exacta para definir lo que siente, una que tal vez lo explica todo: “Hay una palabra alemana, Sehnsucht, que no tiene una traducción exacta; significa «añoranza de algo». (…) C. S. Lewis la definió como el «inconsolable anhelo» del corazón humano de «no sabemos qué»”.

En el chico que escribía en Facebook a su padre, en Jesse llamando a Jane una y otra vez, en la madre de The Killing, en Barnes, ahora mismo en millones de personas en el mundo late esa emoción que los empuja a mantener vivos como sea a los que ya no están, ese anhelo inconsolable que sólo puede ser nombrado con una palabra que no tiene traducción.

Publicado en La Nación

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