La grieta no es lo que parece

El escrutinio definitivo del balotaje arrojó que entre Macri y Scioli hubo una diferencia de 680.607 votos. Parte del oficialismo cree ver en ese estrecho número un decidido apoyo al “proyecto” y un país dividido en partes iguales. La periodista Sandra Russo sostuvo en una columna en Página 12 que los resultados son “un sinceramiento de lo que a menudo se llama la grieta y que es la puja entre dos modelos de país”. Es claramente un error pensar que esto es así. El 51 por ciento que votó a Macri expresa algo mucho mayor que el otro 49 por ciento y no es de ninguna manera comparable. Veamos por qué.

En su extraordinario libro “Pensar rápido, pensar despacio”, el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman analiza en detalle un comportamiento denominado “aversión a la pérdida”: una inclinación humana que hace que ante una opción de riesgo, la gente prefiera no perder a ganar.

Supongamos que te ofrecen jugar a un juego que consiste en tirar una moneda al aire con las siguientes consecuencias: si sale ceca, vas a perder $100, pero si sale cara vas a ganar $150. Es una oferta indiscutiblemente muy positiva. Sin embargo,para la mayoría de la gente, el temor a perder $100 es más intenso que la esperanza de ganar $150, dice Kahneman. El experimento sigue. Al parecer, la mayoría estaría dispuesta a arriesgar $100 si la posibilidad de ganar fuera de $200 o más. Para Kahneman “la posible pérdida pesa dos veces más que la posible ganancia”.

Se requiere una esperanza de éxito muy grande (el doble de grande) para que una persona se incline a arriesgar. Nuestra mente es conservadora, prudente y mezquina. Puestos en un escenario electoral como el que pasamos, el cambio representaba tomar el riesgo y, la continuidad, rechazar cualquier posibilidad de cambio por temor a la pérdida. Una persona tiene que estar muy mal (tener mucho para ganar), o tener una esperanza de mejora muy grande (el doble de grande que su actual bienestar), para asumir el riesgo de cambiar. Por eso los oficialismos tienen siempre ventaja en las elecciones, y por eso sus posibilidades de reelección deben ser restringidas por la ley.

Entre las múltiples posibles razones de la derrota del kirchnerismo, se puede decir que en la primera vuelta Scioli se equivocó fuertemente al creer que el Frente Para la Victoria podía representar la esperanza. Su campaña merodeaba de manera riesgosa la idea del cambio con expresiones que apelaban a los anhelos y a la superación. Por ejemplo, en el spot de pedido de voto de la última semana previa a la primera vuelta, Scioli decía: “¿Querés una vida mejor? el domingo ¡Andá a buscarla! ¡La vas a tener! yo te aseguro que la vas a tener”.

No era un spot de continuidad (temor), sino de esperanza (cambio). La invitación de ir a buscar “una vida mejor” implicaba de manera directa que la vida actual (la de los supuestos logros alcanzados por el kirchnerismo) no era una vida suficientemente buena, que había una vida mejor, que había que cambiar.

¿Podía el Frente Para la Victoria ser la expresión de la esperanza? Lo resultados demostraron que no podía. Con esa estrategia el FPV alcanzó en la primera vuelta un 37,8 por ciento, un cocktail armado por voto kirchnerista, voto de disciplina partidaria (peronista vota a peronista) y voto por aversión a la pérdida (temor/continuidad), siempre presente en el voto a oficialismos. ¿Cuánto habrá pesado cada uno de esos votos en el 37,8 por ciento? No lo sabemos, en cualquier caso, ese sería el tamaño máximo del kirchnerismo, una parte del 37,8 por ciento. Eventualmente un tercio, tal vez el 12,6 por ciento.

En el balotaje la estrategia de Scioli sí acertó. Sólo tenía posibilidades contra Macri si se apoyaba en agitar la aversión a la pérdida (no se necesitaba ningún especialista brasileño para darse cuenta). Y fue con todo, sin escrúpulos, apelando a todas las amenazas posibles de pérdida. Es interesante rever las entrevistas a Scioli en las que hablaba textualmente de las pérdidas que sufrirían los argentinos si votaban a Macri, al punto de llegar a decir que, votarlo a él se trataba ante todo de un “voto en defensa propia”.

El resultado de esta prédica del FPV fue que el 48 por ciento de los argentinos respondió con una reacción natural de la especie humana: el temor a perder lo que tenemos, que nuestra mente prefiera no ganar a arriesgarse a perder. Pero hay que entender esto, ni el 12 por ciento que se sumó en el balotaje, ni todo el 37,8 por ciento de la primera vuelta pueden considerarse kirchneristas (“el otro modelo de país”), de la misma manera que tampoco puede considerarse macrista al 51,34 por ciento que votó a Macri. Sin embargo hay una diferencia notable entre ambos votos: aquellos que votaron a Macri necesitaron del doble de la motivación para hacerlo que aquellos que votaron a Scioli.

La conclusión es que el kirchnerismo es una fuerza mucho menor de lo que creía ser, una fuerza que fracasó al pretender encauzar la esperanza y presentarse como el cambio. Finalmente las únicas motivaciones efectivas que el FPV pudo activar en el balotaje fueron la agitación de las advertencias y los miedos que alentaran la permanencia de lo mismo, aunque fuera insuficiente. Si la grieta es la distancia que hay entre el país kirchnerista y el no kirchnerista, podemos estar contentos, porque es bastante pequeña.