Crítica músical

Concierto del jazz trio Villamayor — Burgos — Ramírez (31.08.16)

Una nota levanta el velo y a otra se le ven los tobillos, una desabotona el vestido y las ropas ya están por el piso... pronto todo es una orgía y no hay otra ley que el principio del placer. Arden iglesias y las brujas vuelan entre cuervos y demonios. Hasta las piedras gritan mientras la noche avanza.

El bajo teje las joyas de la guitarra en un collar y la batería forja las cadenas que cuelgan en el pecho de una doncella guerrera. La melodía se fuma un cigarro mientras mira desde su sofá, como si viera la tele.

Sus figuras de bajo son del jardín de las Delicias. Y las arañas pasean por la guitarra, aúllan los lobos. La batería puebla el cielo de estrellas y las hace añicos. ¡Qué lluvia de vidrios en el concierto!

Y también hay guerras, ¡qué erotismo desgraciado! Pareciera que sólo por la mediación del fusil y usando una bala un hombre se atreve a penetrar a su igual.

Algunos temas son difíciles de digerir. Es como si te sirvieran un plato de tallarines y los fideos escaparan del tenedor. Suben al cielo los caballos, relinchan al viento sus crines y llueven excrementos. Otros temas son graffitis en la limpia pared de la ciudad prohibida. El olor a pis de las esquinas que un gobierno obsesionado por la limpieza quiere borrar. Latas de cerveza que pateas en la calle a medianoche, después del toque de queda. Cruzan frases limpias como la bacinica de una princesa, su diseño es glorioso, pero no podés dejar de pensar que se usa para juntar mierda.

La geometría de la melodía podría prefigurar un planeta de robots con estética angular y vivos colores. Los animales blandos del bajo danzan con los dioses de piedra que despiertan de la batería. Peleas en los bares. Suenan igual que coqueteos. Los aplausos son unas putas que no entienden nada.

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