Crítica musical

Lost Rivers — Sainkho Namtchylak

Sainkho cuenta historias de puebles que no existieron. Fragmentos de biblias que no fueron.

“¡Ya sabes cómo fue! Es como todos los inviernos. Tu padre se va al sur y vuelve con otra hija con el deshielo”. Así se quejaba la diosa de los vuelos.

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Por una espiral magnífica de jirafas se sube al cielo. En el cielo, por supuesto, todos caminaremos de cabeza. El tiempo es una ola de aves que atraviesa la esfera del ser.

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Plumas blancas que quieren ser rosadas. Oh, y sufren en su eterno volar.

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Los caballos mueren electrocutados. Juegan con ellos los verdugos. Y juegan a hacer música, ritmos de moda con los gritos, prendiendo y apagando los circuitos del dolor.

Todo esto lo aprendimos y fortalece nuestro odio.

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“Oh, por qué es tan grande… oh, oh, wow, eso, eso, ¡Eso! Mas rápido, sí, sí, oh, oh, despacito, despacito, no termines, no termines. Ah, Ah, ¡AH!”

Eso dicen que oyeron los ángeles en las alturas cuando el primer dios y la primera diosa concibieron su primer hijo. En honor a esta canción, que los ángeles aún cantan, inspiraron a los hombres para la creación del porno: para mantener viva esa música que tanta dicha les había traído.

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