Una historia apócrifa de la Biblia

Los manuscritos estaban manchados con kétchup

Los caballos saben el nombre del señor. Ellos alaban con relinchos, con relincho montan a sus hembras, con relinchos se alaba al señor. Montar hembras es alabar al señor.

Sí, los peces dicen, pero nosotros no montamos hembras, el sexo no lo complicamos, nosotros apenas tiramos esperma y óvulos acá y allá y listo. Lo que alaba de nosotros al señor es nuestro gruñido de satisfacción, porque gruñimos cuando estamos satisfechos y estar satisfecho es alabar al señor, gruñendo alabo al señor.

Pero el hidrógeno se complacía en su esencia giratoria y dijo: no es un sonido, sino un silencio lo que complace de mí al señor, sin que por eso insinúe que al señor no le plazcan vuestros gruñidos y pedos, ¿nadie dijo pedos? Perdón, pensé que era el modo de los peces.

Como sea, a mí lo que me gusta es la autocontemplación. El acto de girar que en mí alaba al señor, porque girando me autocontemplo y al autocontemplarme lo alabo.

Y el señor prendía un habano y hablaba con los muertos, incluso con los mismos que están vivos, pero ya después de muertos, como cuando visitas a tus padres y te muestran videos de cuando eras criatura y te disfrazaron de rey mago.

El señor tenía las alabanzas como una parte del oficio tan agradable como inútil, lo mantenía porque podía, más que por otra cosa.

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