Las perlas VII: la città eterna

Lo que vimos, lo que recomendamos y las cosas insólitas que vale la pena contar de un viaje por Europa

El Coliseo desde el Monte Palatino.

Roma en agosto es una Roma agresiva. Es una ciudad mediterránea sin costa, con promedio de temperatura diurna de 30 grados y… No. Corre. Aire. Por lo menos la humedad es tirando a escasa, pero el clima te sofoca igual. Nosotros llegábamos de un viaje accidentado y largo, y Roma nos recibió con un cachetazo caliente.

Cada tanto corríamos a buscar refugio en el aire acondicionado de alguna tienda; la gente se desplazaba en manadas de las que resultaba difícil huir, las personas convertidas en masas pegajosas en el calor. La ciudad tiene un tamaño descomunal, su casco histórico es casi inabarcable, y la red de transporte no es la mejor: terminás caminando mucho al sol rajante. Caminar es siempre ideal para conocer, excepto cuando sentís que se te derrite la cabeza.

El tiempo puede empañarte la visita a lo que es una ciudad fascinante. Por eso no es lo más recomendable visitarla en verano. De hecho, si tenés tendencia a que te baje la presión, la recomendación es ya más firme: no vayas a Roma en agosto. De verdad. Te deja bobo.

Como es primer mundo y piensan en todo, hay bebederos con agua fría distribuidos por la calle, por lo que conviene salir con una botella o cantimplora e irla rellenando. Te mantiene más o menos fresco. A Jose le baja la presión de nada y así terminamos montón de veces ella sentada a la sombra y yo buscando una canilla para que no se me desmayara entre las ruinas del Imperio Romano. Llevar un sombrero o un gorro se vuelve vital. Yo le di la espalda al estilo chic que habitualmente me caracteriza (?) y me compré un gorro horrible, ultra turístico (es azul francia y dice “ROMA”), que no voy a usar, con bastante seguridad, en ninguna otra ocasión. Pero me salvó. Jose se compró un sombrero mucho más estético. A los vendedores callejeros hasta les podés regatear.

Volvíamos al apartamento agotados, necesitados de esas siestas que el verano exige antes de siquiera pensar en salir a dar una vuelta de noche. La mayor parte de los días seguíamos de largo y ya no salíamos. Para al otro día temprano, otra vez, a pelearla.

Ah, cómo la disfrutamos de todas formas. Ya el idioma italiano es musical. Y Roma en particular es un sitio en el que perderse puede ser el modo más perfecto por el que conocer. Girás una esquina equivocada y te topás con una ruina centenaria o hasta milenaria que no podés creer. Por algo le dicen la Ciudad Eterna. El encanto está en caminar sin rumbo.

Si es posible, a la sombra.

*

Breve pantallazo de Roma y sus atracciones

El Vaticano: a la Basílica de San Pedro se entra rápido y sin pagar entrada. Supongo que la fe católica o la falta de ella te llevan a apreciarlo de manera distinta; yo no soy el tipo más religioso del mundo e igual me sentí llevado al silencio y la reflexión personal. Como obra arquitectónica es tremenda. Sí hay que hacer fila y pagar para subir al domo, con su vista de la Plaza de San Pedro a tus pies. También hay un gift shop en el que te atienden monjitas. Ojo con el camino hacia el Vaticano: los alrededores están plagados de caza-turistas que te ofrecen tours guiados con unas ventajas muy dudosas. Te dicen que con ellos no harás fila y es mentira, nosotros fuimos solos y tampoco debimos hacerla. Cada dos pasos aparece uno nuevo ofreciéndote sus servicios. Si querés un tour serio, planificalo de antemano y no parado en la mitad de la calle.

Museos Vaticanos: seamos sinceros, uno va a los Museos Vaticanos por la Capilla Sixtina. Es la perla máxima. Los organizadores lo saben y quieren que no dejes de ver todo lo demás que tienen atesorado, por lo que la capilla está al final de un recorrido extenso y laberíntico. El tema es que en verano te comés una espera larga al sol antes de entrar, y una vez dentro la muchedumbre está tan aglomerada que ni aunque te interesen genuinamente podés disfrutar de las exposiciones. Solo querés llegar a la Sixtina e irte, en lo posible no volver más. Claro que después la ves y sí querés volver. Sentimientos conflictivos. Otro motivo más para no ir a Roma en verano. Para los Museos sí se cobra entrada.

Capilla Sixtina: es una maravilla. Te caés de espaldas. Hogar de dos de las obras de arte más famosas de la historia, ambas de Miguel Ángel: El Juicio Final y el mosaico del techo, que incluye La creación de Adán. También hay frescos de Botticelli, Piero di Cosimo y otros. Está prohibido sacar fotos y hay que mantener silencio, además de que el ambiente está bien acondicionado, por lo que la multitud no molesta lo mismo que en el camino.

Coliseo, Foro Romano, Monte Palatino: uno junto al otro, es un recorrido para hacer en conjunto y sin apuro. Si sacás las entradas en el Foro en vez de en el Coliseo, hacés menos fila (eso sí, la hacés al sol). Aunque la visión más clásica del Coliseo es desde fuera, yo no me canso de recomendar que se entre porque es un viaje en el tiempo. El Foro Romano es un predio que supo ser el centro neurálgico de la Ciudad Eterna durante sus períodos monárquico, republicano e imperial. Hoy es una joya arqueológica de ruinas y edificios. El Monte Palatino se alza aquí, un cerro no muy alto desde el que la vista del Coliseo es fantástica. Sobre él están las ruinas inmensas de diversos palacios (de “Palatino” viene la palabra “palacio”).

Jose tirando monedas en la Fontana di Trevi.

Fontana di Trevi: un espectáculo como obra de arte barroca y como símbolo cultural (Anita Ekberg y Marcello Mastroianni bañándose en La dolce vita y etcétera). Sentado al lado del agua se te pasa el rato apreciándola. Para tirar monedas es con la mano derecha por sobre el hombro izquierdo, se tiran unos tres mil euros AL DÍA.

Panteón: el monumento mejor conservado del Imperio Romano, hoy una iglesia cristiana. Tiene la particularidad de ser redonda, con una cúpula perfecta y un agujero en su cénit para que entre el sol. Están enterrados el artista Rafael y el rey Víctor Manuel II, que unificó Italia en el siglo XIX. Más allá de lo histórico, su forma tiene algo muy cautivador. No se cobra entrada.

Piazza Navona: si se esquiva la plaga de los vendedores de juguetitos, palos de selfie y demás porquerías, es un espacio de gran belleza repleto de artistas y caricaturistas. La adornan tres fuentes, dos de ellas del maestro napolitano Gian Lorenzo Bernini. Está construida siguiendo la forma de la arena del estadio imperial que allí se ubicaba, el de Domiciano. Así es Roma: investigás un poco y todo te lleva a una historia milenaria.

Estatua viviente en la Piazza Navona.

Trastevere: significa “al otro lado del Tíber”, por el río más importante de la ciudad. Es un barrio por el que no hay que hacer más que pasear y disfrutar. En la plaza Santa María In Trastevere nos quedamos un buen rato entre músicos callejeros que la rompían, pintores de aerosol y una mujer que hacía pintar un lienzo a una marioneta. Fue cayendo el sol y el combo rozó la perfección. A esa hora sí que es lindo el verano.

Castel Sant’Angelo: ex mausoleo del emperador Adriano, ex vivienda papal, ex castillo, actual museo. Entrás gratis, tenés linda vista desde arriba, no es la gran cosa.

Piazza di Spagna: son famosas sus escalinatas… que estaban en restauración.

Basílica de Santa María Maggiore: una iglesia algo alejada del centro y por lo tanto más vacía y tranquila. Tiene un decorado típicamente magnífico, es el último descanso de Bernini y un sinnúmero de papas, y alberga una cripta donde se guarda la supuesta Santa Cuna del niño Jesús (!).

Time-lapse de pintura con aerosol.

San Pedro in Vincula: pequeña iglesia a pocas cuadras de la anterior. Memorables algunas representaciones de la muerte, las cadenas que tuvieron preso a San Pedro y una estatua de Moisés, obra de Miguel Ángel.

La perla: caminar por las calles escuchando cada sonido, mirando cada color, pensar que estás en un monumento viviente de la civilización occidental, encontrarte con ruinas de miles de años a la vuelta de la esquina o con obras majestuosas en rincones inesperados. Roma se resiste a que la modernidad la cambie y eso la hace especial aun en un continente como el europeo.

El Foro Trajano, una de esas joyas que se encuentran por el camino.

*

Así culmina nuestro paso por Roma. Es más breve que los de París y Londres porque algo ya había contado en las entradas anteriores, no porque la ciudad sea menos que las otras dos. Son tres capitales bien distintas, inconfundibles, riquísimas, en las que siempre se pueden hallar aspectos nuevos, maravillas que se hayan pasado por alto.

Ciudades que te dan ganas de aprender de su historia, que te inspiran a mirar más películas, a escuchar más música, a querer hablar más lenguas. Sitios a los que volver una y otra vez sin sentir que se está repitiendo mucho. Incluso repetir monumentos tiene lo suyo cuando son estos monumentos.

Nuestro viaje continuaría hacia el norte de Italia, en Florencia (que nos sorprendió para bien) y Venecia (que lo hizo para mal). Pero todos los caminos llevan a Roma y allí retornaríamos para tomarnos el avión que nos sacaría de Italia, por mucho que no quisiéramos dejarla.

Cierro con eso: pasamos la última noche italiana en el aeropuerto de Fiumicino. Por la madrugada no hay vuelos y los puestos de check-in están cerrados, sin embargo el edificio (como todo aeropuerto de este tamaño) se convierte en un campamento. La gente pierde la vergüenza. Duermen en los bancos y sillas, tirados sobre sus pertenencias para protegerlas o buscando un mínimo de comodidad; también directamente en el suelo, o hasta encima de las cintas por las que se despachan las valijas. En el caso de un grupo de tanos, escuchando a Enrique Iglesias con el celular a las tres de la mañana.

Una chica pasó junto a nosotros rumbo al baño a lavarse los dientes de camisón, salto de cama, pantuflas y antifaz para dormir en la frente. Otros dormían tapados por completo por sábanas, de pies a cabeza, con un parecido escalofriante a un par de cadáveres en la calle o a momias de película clase B. Menos confiados, Jose y yo nos turnamos para tener vigiladas las cosas. Yo recién pude hacerlo cuando el sol ya clareaba, y tuve la suerte clavada de que apareciera un trío de argentinos a comentar sobre lo que yo parecía tirado en el piso frío y duro casi en posición fetal.

Estas noches son interminables mientras las estás viviendo, pero te quedan tantos cuentos… Al mirarlas desde lejos, son de los momentos más anecdóticos de cualquier viaje. Lo voy a repetir mil veces: viajar es para gente de buen humor. Vas a cometer errores en tu plan o la mala suerte va a asomar su cara fea, no hay cómo evitarlo. Si los encarás con una sonrisa, estos momentos (que eso son: momentos) se vuelven tan memorables como las atracciones turísticas más impresionantes.