31 pirulos
El monologuista, sentado en una sobremesa demasiado estirada, se lanza a la aventura. Y dice: “De los cuatro a los ocho años arruiné todas las fiestas de mis cumpleaños. Las arruiné literalmente. Una a una. Así como te lo cuento. Era tal la ansiedad por que llegara el 24 de mayo que, cuando llegaba y veía que se me empezaba a ir, explotaba en llanto y puteaba a todos los mayores que se me acercaban. Y si el que se me acercaba era un niñito que me había regalado un mazo de cartas, también lo insultaba. En su caso, por amarrete. Esto se repetía sistemáticamente festejo tras festejo. Mi abuela aún conserva distintos álbumes de fotos de cada una de estas celebraciones truncadas. En esos retratos se me puede ver con un conito en la cabeza realizando una suerte de gesto hitleriano (año 87), soplando a desgano (año 88), secándome los mocos con un buzo amarillo (año 89) o mirando para abajo mientras los niños extras aplaudían (año 91). Todo entre llantos y con una gran torta en el centro de la mesa. Del 90, por suerte, no hay registros. Por suerte, señor.
Eran momentos difíciles para el público convocado, porque mi mamá forzaba la situación de traerme la torta sí o sí. Quería que apagara las velitas mientras los nenes cantaban el feliz cumpleaños. Y yo me ahogaba entre lágrimas, hipo y temblequeo de pera. Era un verdadero monstruo. Ante la incertidumbre del escenario, inmediatamente después de la repartija de porciones, los invitados eran empujados a retirarse y yo volvía a mi nido de ansiedades. ‘Hay que hacer algo, no puede ser que todos los años repita el mismo comportamiento. Está muy caprichoso. Vamos a tener que sentarlo y explicarle que así no son las cosas’, decía mi madre. ‘Sí, o bien le soplamos la velita en el comienzo del cumpleaños y a la mierda, ¿no?’, respondía mi padre, que para ese entonces ya había iniciado su ciclo de desinterés educativo.
La solución la encontró Ivón, es decir mi madre, la recordarás: festejos continuados durante toda la semana. Distintos invitados. Un día los de la escuela, otro día los familiares, otro día los de básquet. Y así. Cuando llegaba el domingo, tenía los huevos como dos sifones de soda de tanta conmemoración. Y más que llorar por el fin del natalicio, celebraba el retorno a la rutina tradicional. Digamos que por un temita de inmadurez, extendí durante muchísimo tiempo aquella estrategia de prolongación.
La delicada parábola de esta miseria llamada vida hoy ya no me permite disfrutar de tamaño exceso. Vos también lo padecerás. Es una crisis que se acentúa al ritmo de las canas, las arrugas, la panza, la vista ya borrosa y la calvicie. Al ritmo de las historias que no vuelven y las reuniones con amigos que traen a los hijos. Y se pone tan cínica la traslación que, a horas de mis 31 años, lo único que quiero es llorar. Pero no porque pase el día, sino porque llegue. Entonces comprendo que aquella momentánea depresión de la infancia tiene mucho que ver con esta de la adultez: es el mismo temor por lo que vendrá, sin el amparo de la insolencia”.
El monologuista se para y, orgulloso de su desempeño oral, se va al baño a mear. Su único interlocutor se llama Gordo Ikna y, la principal razón por la que lo escucha es porque le está usurpando la casa de manera mensual por un posgrado. Durante tres días al mes, no tiene más remedio que oír los delirios nocturnos del anfitrión. Es un precio relativamente bajo, considera (salvo en jornadas como éstas). El tema es que ahora tiene que devolver algún tipo de respuesta. Y no sabe qué mierda decir. O al menos eso permite sospechar su extenso silencio inicial. Así que se levanta, prende un cigarrillo, toma un sorbo de agua, pita, larga el humo con estilo, mira para afuera y, por fin, aburrido de tanta mística de cantina, afirma con total seriedad: “Yo era uno de los que te regalaba mazos de cartas”.
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