A Bahía, sin usar los ojos
No miro, no lo necesito: conozco esta rutina de memoria. Por el fascismo de mi interlocutor sospecho que estoy en un taxi. Por el descontrol generalizado cuando bajo, asumo que he llegado a Retiro. Por el mensaje de los altoparlantes confirmo que mi colectivo sale a horario: Plusmar 23.35. La gente grita, hay música y bolsos por todos lados. Me los choco. Por el intenso olor a pis vaticino que me ha tocado un asiento al lado del baño y por el pobre reclinar de mi asiento certifico que la vida es una desgracia infinita.
Por el ronquido profundo y sostenido de mi acompañante analizo que no será tan difícil saltarlo para orinar. Por la insistencia de mi vejiga entiendo que me esperan horas de angustia y desesperación. Horas que igual pasarán. Por el constante frenar del colectivo presumo que estamos por llegar. Por el calor seco y el viento incomodo que me azota al bajar apruebo: Bahía. Una vez más. Por los bocinazos y los gritos desesperados (ignorando cualquier papelón) percibo que mi papá ha tenido el gesto de venirme a buscar a la terminal. Nada cambia en el contexto: los mismos negocios, los mismos edificios, las mismas plazas. La tensa calma de un microcentro amaneciendo.
Por la fría recepción del portero Pablo deduzco que estoy en la puerta de mi edificio y por la lentitud del ascensor, que no es tal, adivino una ansiedad que no se corresponde con mis 30 años. Por el abrazo sentido, tan lleno de amor, confirmo que mi madre me ha extrañado. Por el humo que larga la plancha que calienta las tostadas intuyo que la charla la dispersó. Por el gustito del Nesquik que me ha hecho me remonto a mi infancia en un viaje de infinitos sabores. La vecina escucha a un volumen absurdo a Lorenzo Natali y concluyo que, por su constancia, Lorenzo ya es un ícono local emblemático. El Tinelli bahiense. Qué pobreza.
Por el espantoso gusto del agua constato que seguimos siendo un pueblito. Se nos distingue por el básquet y ahora por tener agua verde. Así y todo, el arraigo es profundo: no conozco un bahiense que se haya ido y nunca haya vuelto. Será la nostalgia. O el simple placer de pertenecer. En fin.
Por lo que me pesan las palabras adivino que la noche en la ruta me está pasando factura. La cama tendida me provoca, primero, desconfianza y, luego, la alegría del que se siente mimado. Tantos años repitiendo esta misma rutina de visitas no ha cambiado el sentimiento de paz que me genera la protección materna. Cierro los ojos. Y veo, al fin: mi frazada de siempre, mi pieza, mi poster de Jordan (la verdad que jamás me inspiró ese conchudo), mis miles de revistas viejas, mis primeras notas firmadas, mi casa en perspectiva, mis viejos, mis amigos, mi barrio. Mi lugar en el mundo: ni más ni menos.
Email me when Germán Beder publishes or recommends stories