El partido despedida

Aquella tarde llegué al club escuchando Sumo en el Peugeot 405 celeste de mi padre y entré al estadio fumando. Es más, entré al vestuario fumando. Iba a jugar mi último partido oficial antes de venirme a vivir a Capital, tenía 17 años y todo me chupaba literalmente un huevo. Pelo largo, primera barba, dejadez extrema. En el estadio habría alrededor de 15 personas: algunos cadetes que habían jugado en el turno anterior, los padres de siempre, mi madre, mi hermano, Gustavito Casal y los típicos extras de cada club de barrio. Para un Pacífico — Argentino de la zona Estímulo era una convocatoria masiva. No jugábamos ni por un Repechaje. Era la despedida perfecta: un jugador intrascendente abandonaba la actividad en un partido totalmente intrascendente. Me conformaba con que mi vieja, que me había acompañado tantas mañanas de frío, viera como su hijo se iba de la disciplina con dignidad. No pudo ser.

Evitaré mayores preámbulos: ejecuté trece lanzamientos con valor triple. Los erré todos. En algunos no toqué el aro. Mis compañeros me buscaban alevosamente y me gritaban que tire. Y yo lanzaba. Y erraba. Cada vez con más vergüenza y menos confianza. La situación, por momentos, era escandalosa. Eugenio Mulvihill, nuestra referencia ofensiva, en un momento se iba solo para meter una bandeja y me vio y me la pasó hacia la punta donde yo siempre esperaba para mi supuesta especialidad. Pero nada. Mi mamá me gritaba: “No tires más Germán. Ya está”. Tengo un recuerdo peor y es que un pibito rival vino y me dijo: “¿Vos sos Chuki (era mi apodo)? Me dijeron que era tu último partido. Que te dejáramos tirar”. Le pedí por favor que no, que no permitiera que se agigantara el papelón. Pero igual no me marcó más. Después del triple 13, solicité el cambio. Aniquilado desde lo anímico pero con la insólita certeza de estar instalándome, allí mismo, en la idolatría eterna, en el corazón de la fanaticada.

De otra manera no se explica que haya saludado como un futbolista cuando la bocina indicó mi salida, con las palmas en alto apuntando a los cuatro costados del estadio, alguno de los cuales estaban obviamente vacíos. Ni que haya lanzado mi casaca a los cuatro pibitos que estaban en la platea en un acto de demagogia explícito, repudiable y forzado. “Mirá que hoy no vino la cámara de Paso a Paso eh”, intervino desde atrás del banco el único dirigente de nuestra institución, apodado “El Ruso”, ya avergonzado del ridículo que estaba protagonizando el saliente socio.

Una vez concluido el juego, y antes de salir por última vez por la puerta del club con lentitud cinematográfica, me frenó Oscar, que era el canchero, vivía debajo de la tribuna y todo lo que decía tenía valor y mística por el simple hecho de ser un ícono viviente en la historia de Pacífico. No me lo olvido más. Yo ya estaba casi en la vereda. “Perdón que te venga a hablar así, sé que para vos este momento va a quedar siempre en la memoria y no lo quiero desdibujar con una pavada”, arrancó Oscar, con aparente emoción. “Pero no, por favor Oscar, dígame”, le respondí, dispuesto a sacarme una foto con él o bien cederle mi firma para que se la tatúe. “Necesito que le pidas a los chicos la camiseta que les regalaste. Se nos rompe el juego de 12, viste. Y vos te vas, pero las demás camadas no”, sostuvo.

Derrotado por la circunstancia, volví y le pedí al pibito que se había quedado con la casaca que por favor me la devolviera. Luchito su gracia. “Pero vos me la regalaste, hay testigos”, respondió, ya sin respeto ni adulación. “La concha de tu hermana, pendejo”, repliqué. Fueron 40 pesos los que debí desembolsar, más una bolsa de bolones de limón y frutilla (típica excentricidad del chantajista). Y ni siquiera me atreví a incendiarle la casa, como le prometí en la confusión. “Vos no te tenes que quedar con esta mala imagen, hijo. Pensá en cómo te querían los compañeros. Eso tiene real valor”, buscó calmarme mi madre. Palabrerío. Debieron pasar 15 años para que lograra sacarme la mierda de encima. Años de psicólogos, pastillas, depresiones, yoga e islamismo. De despertares nocturnos con palpitaciones. De tiros errados en el canasto de la ropa sucia. De pesadillas en las que todos mis compañeros visten de verde y yo estoy en cuero. Se terminó, señores. El día sábado, en circunstancia etílica, he aprovechado un asado en el club para meterme en la utilería y robar lo que nunca debí regalar. Está baqueteada, otros impunes evidentemente han cometido el flagelo de transpirarla. Pero ya nada malo le volverá a pasar.