El policía bueno y el policía malo
Ahora que estoy sentado al lado de mi papá en una compañía de seguros, esperando que nos reconozcan un dinero por un choque, me es más fácil sobrellevar su comportamiento. Hace unos minutos, cuando estábamos por entrar, me explicó que él iba a hacer de policía malo. Y que me mantuviera tranquilo, que manejaba todo. Yo ya he oído esta frase infinidad de veces. De hecho, cada vez que voy a hacer una compra de algún tipo con él, la guerra por ganar un descuento, incomoda a todos los que estamos protagonizando la escena.
Lo empecé a asumir desde mi primer verano en Mar del Plata. Año 89. Un parque de diversiones gigantesco. Una noche climáticamente soñada. Habíamos estado días enteros con mi hermano insistiendo para que nos llevaran. Mis padres todavía estaban juntos y, reflexionando a la distancia, estimo que lo que ocurrió esa noche habrá influido en la posterior separación. Si bien cuando uno es niño magnifica las cosas, puedo afirmar que en la cola para ingresar al lugar había cerca de cien mil personas. El ticket salía 10 pesos (hoy serían 100) para los mayores de tres años.
Mi hermano de cinco años ya medía cerca de 1,60 y no sé si no tenía bigotes. La cola para entrar avanzaba y mis papás discutían. No entendía bien qué pasaba. Hasta que llegó nuestro turno y se concretó el bochorno que marcaría a fuego mi infancia: mi papá tomó a mi hermano en andas como una novia recién casada y pidió tres tickets. Estaba intentando hacer pasar a un pibe de cinco años por uno de tres. Mi hermano gritaba: “Bájenme”. La gente reía. Los que controlaban el ingreso, entre incrédulos y enojados, no cedían. “Tomá al bebé”, le dijo mi papá a mi mamá. “Yo puedo solo”, aclaraba mi hermano. “Señor, esto es un papelón”, insistían los de seguridad. “El papelón son ustedes que quieren que pague por un nene sólo porque tiene aspecto de más grande. Insensibles”. Tanto rompió los huevos, que mi hermano entró gratis.
Aun habiendo vivido infinitas de estas secuencias, ahora, sentado a su lado en la compañía de seguros, sé que lo que está por pasar será bochornoso. Pero no me puedo ir. Es mi choque, soy el responsable, Mario me está ayudando. Mario siempre me ayuda. Mario es la persona que más me ayuda en la vida. Por suerte lo tengo de mi lado. Así que me entrego al show. Y tomo, tímidamente, el rol que me ha sido asignado, por momentos con incredulidad, por momentos, con vergüenza. Sé todo lo que va a suceder. Escucho a mi padre gritar: “Abono todos los meses el seguro para que me den mil vueltas por un choquecito. QUIERO DAR DE BAJA EL SEGURO”. Luego escucho al empleado caer en la trampa: “Cálmese, señor”. Y nuevamente a mi padre: “No me calmo nada. Voy a llamar al encargado y saco de esta empresa todos los seguros que tengo. Es una falta de respeto gravísima”. Y nuevamente al encargado: “Haga lo que quiera, acá hay pasos que cumplir”.
No hace falta que mire para atrás: tengo en claro que todas las personas que aguardan ser atendidas, están al tanto de nuestro caso. Mi papá entonces saca el teléfono y, luego de una cantidad de cuestionamientos infinita (nunca un insulto, aclaro), cuelga. Dice que ya está. Momentos después se agarra el pecho y afirma que se siente mal, que le está subiendo la presión. Y sin dejar de gritar, abandona el lugar, acompañado por una señora que ha comprado su extrema gesticulación. De un momento a otro, he quedado solo frente al pibe que atiende, que aún conmovido, me pide perdón. Y si bien no me da la baja del seguro, me agiliza todo el trámite. El emperador lo ha hecho de nuevo.
Sin poder levantar la vista, pido disculpas por el episodio y me retiro de la oficina. Afuera espera Mario. Un Mario exultante. “Boludo, ¿te diste cuenta que cuando me hice el que llamaba al encargado me vibró el teléfono? Jaja”, me dice. Y sentencia: “El policía bueno y el policía malo, Germán. Más clásico que los Benvenuto… ¿Vamos a comer algo? Tengo un hambre…”.
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