Otra de las trabas psicológicas que me dejó la niñez fue la etapa en la que mi padre decidió convertirse en piloto de carreras. Tendría unos siete u ocho años cuando una noche, al pasar, anunció en la mesa familiar que había conseguido un auto para competir. Con mi pequeño hermano imaginamos, desde la ingenuidad, que sería un TC2000. Pero no. Mario iba a correr en un Citroën 3cv, en la tercera categoría del automovilismo local. Qué importaba. Eran días de ilusión y ansiedad: el casco, el traje de piloto, el taller y la pintura del coche (en honor a los Estados Unidos de América, mandó a dibujar la bandera yanqui en una contradicción alarmante con el contexto). No teníamos publicidades.
Para describir mejor lo que era la categoría hay que decir que, en aquél tiempo, contaba con unos diez pilotos (de los cuales siempre faltaban dos o tres), que no tenía calendario fijo y que no la seguía prácticamente nadie. Cuando la gente se acercaba al autódromo los domingos de carrera, los Citroën ya habían terminado hacía rato. Eran como la reserva de la reserva. Pero a mí todo eso me chupaba un huevo. El único deseo que tenía era que Mario consiguiera un punto en el campeonato.
El desenlace fue catastrófico. Participó de tres fechas. En la primera no llegó a largar. Habíamos ido con toda mi familia: decepción total. En la segunda, realizó una excelente clasificación en la serie, pero en la final terminó último. Tengo el recuerdo concreto de que el ganador le sacó una vuelta (¿Cómo un Citroën le saca una vuelta a otro?). La tercera directamente me arruinó la vida. Fuimos un domingo, pero no me acuerdo por qué razón la fecha se terminó suspendiendo. La pasaron para el martes, que era feriado. No había nadie, hacía un frío desproporcionado. Las imágenes no se borran. Cinco de los seis pilotos que se habían presentado sumaban unidades. Mario iba quinto, con un andar elegante. Yo quería que la carrera terminara. Que mi papá sumara un punto y a la mierda. Sin embargo, en la última vuelta lo pasaron y finalmente abandonó frente a la recta principal donde estábamos ubicados nosotros. Salió del auto saludando victorioso mientras yo lloraba desconsoladamente y mi mamá me decía que no pasaba nada. Pasaba de todo. Fue el final. No sé por qué pero no volvió a correr más. En la oficina de su empresa hoy tiene un cuadrito con la citroneta doblando por Aldea Romana.
Lo cierto es que a mí me traumó todo aquél breve período. Y a partir de ahí, cada vez que alguien me pide que dibuje algo, dibujo un Citroën. Siempre. Lo he ido perfeccionando, porque, obviamente, llevo más de 20 años haciéndolo. Encontré esta foto que consideraba perdida que lo atestigua. Durante una etapa de su vida, mi amigo Gordo Ikna habitó en una casa con paredes de cartón. Hemos pasado noches maravillosas ahí. Estábamos en una de ellas, bastante ebrios, cuando me desafió con un lápiz: “Dibujate algo, campeón…”. “Cómo no”, le respondí.
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