La doble vida de Mauro Altieri


Hace cinco años que no veía un evento parado, de pie. No me acordaba de lo traumático que era. Para una persona enana y con graves problemas de tolerancia como quien escribe, el hecho de estar en un espacio físico rodeado de gente que grita y canta y salta es casi lo mismo que quedar a oscuras en el penal más perverso de Sierra Chica. O peor. Es peor.

Llegué a la Bombonerita con Mauro Altieri, dispuesto a presenciar un simple partido de básquet en un simple pupitre de prensa. Era todo lo que pretendía. Sin embargo, era tal la cantidad de gente que había, que, de un momento a otro, quedé varado en el medio de la tribuna, sin margen de movimiento. Rodeado. Queriendo que termine un evento que aún no había comenzado. Es difícil para una persona que vendió su alma a la burguesía, encontrarle color al folclore de una hinchada. Distinguir la pasión y el sentimiento. Porque lo único que distinguía, a través de mi olfato, era la fragancia a oso muerto y a caca. Y no me podía mover. La gente cantaba. Mauro Altieri cantaba. A pesar de su vestimenta de empresario se había logrado mimetizar con el contexto y, en un parpadeo, había quedado arremangado argumentando que las gallinas eran así, “las amargas de la Argentina”.

Es importante realizar un breve paréntesis para aclarar quién es Mauro Altieri y para terminar de comprender su comportamiento. Hablamos de una persona colorada que, a pesar de su dilatada (y destacada) trayectoria laboral, pierde la línea con alarmante facilidad. Mauro es abogado y contador. Y en la cancha muta a barrabrava. Así de simple. Mauro le enseñó sus glúteos a la popular de River en un partido que Olimpo ganó en el Monumental al grito de “chúpennos el culo”, mientras su madre le rogaba que se tapara, que por favor recuperara la compostura, que le había pagado dos carreras universitarias. Ese es Mauro Altieri.

En fin. Mi indignación inicial dio paso a la resignación cuando al momento de presentar los equipos llovieron papelitos y un gordo sudoroso se me puso adelante ignorando rotundamente mi presencia. El calor era agobiante. No tenía espacio ni para sacar el teléfono del bolsillo. “Canten putos”, exigía el obeso en postura amenazante. Temí por mi objetividad periodística.

El inicio del partido fue nefasto y el equipo rival, Peñarol, sacó rápidas diferencias para desesperación de Mauro que, al calor de la creciente desventaja, comenzó a insultar al entrenador local porque no pedía tiempo muerto. Buscó complicidad conmigo, luego con los de su fila y más tarde con los de la fila de abajo. “Pedí minuto, forro”, gritaba el contador y abogado. Peñarol se escapaba. “Para qué te guardas los minutos, inepto”, insistía. Peñarol se seguía escapando. Y entonces la locura: “No pide minuto, no pide minuto, no sé qué le pasa, NO PIDE MINUTO. MINUTO, HIJO DE PUTA. MI-NU-TO. PEDI MINUTO”. En ese momento hubiera dado mi vida por un Ibupirac 600. ¿Cuantas veces una persona puede repetir una misma frase cambiando sólo la construcción?

La etapa de nostalgia y reflexión llegó al ratito: uno de atrás me regaló una brisa de aire fresco que provenía de su respiración y me remonté a decenas de recitales de la adolescencia donde las bocanadas eran consuelo de vitalidad en medio de la marea humana. Pero ahí todavía era pibe y anarquista: disfrutaba de la barbarie. Ahora estoy viejo. El partido ya no me importaba (tampoco veía demasiado por el tema enanismo). Así que, en silencio, esperé mi muerte. La esperé con temor en el momento en el que la manada apeló al grito de guerra “el que no salta es una gallina” y los escalones de madera temblaron dubitativos. La esperé más predispuesto luego, cuando -inmovilizado- recibí un codazo certero de un niño que me paralizó la espalda. Y le abrí los brazos de manera definitiva después de que el mismo niño me volcara, sin querer, su aquarius de pera por la cabeza. Allí Mauro Altieri le exigió, sin miramientos, el buzo para secar el escalón mojado mientras el corpulento padre de la criatura bajaba de su lugar en busca de explicaciones. ¿Qué más podía pasar? ¿Qué mejor resolución para la historia que una paliza definitiva? La intervención de terceros controló el bochorno.

El sonido de la chicharra final trajo alivio. La descongestión, el aire, la chance de ver el teléfono, el estiramiento de patas, la paz. He sobrevivido. Puedo ir a ver al Indio Solari, en el hipotético caso que me interesara ver a ese anciano vetusto. Mauro, de vuelta en su versión profesional, atiende llamados de clientes y arregla citas para la mañana siguiente. Los barras de uno y otro lado sacan sus banderas y se retiran escoltados por gente de seguridad. “Buen partido a pesar de todo”, le dice un chabón a otro. Y yo pienso que del partido no puedo opinar nada, pero que del a pesar de todo podría llegar a los 4.811 caracteres.

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