La imagen no es nada

Cuando vi el asunto del mail, me negué a abrirlo. Estuve exactamente 48 horas sosteniendo esa postura infantil. Pero acosado por el inevitable reenvío del mismo tuve que entrar. Era mi editora de Sudamericana y me estaba pidiendo una foto para la solapa del libro en un correo que sabía que en algún momento llegaría pero que, a la vez, deseaba que nunca llegase: “Germán necesitamos la imagen del autor para acompañar tu descripción. ¿Tenés alguna foto buena para mandarnos? En lo posible con camisa”. Temblé. E inicié una investigación sobre mi archivo fotográfico de la computadora que trajo alarma, risas, nostalgia y finalmente desesperación. En el álbum “Gesell con los pibes”, tenía una excelente fumando y tocando la guitarra, pero no había cumplido ni 20 años: no era un reflejo real. En el álbum “Navidad medio puesto” la verdad que no encontré ninguna publicable para la editorial, aunque sí me reencontré con un par de recuerdos que había borrado por la ebriedad como aquella postal en donde mi amigo Gustavo Casal, completamente desenfocado, le explica algo a su hermano y se percibe como el niño está a punto de quebrar en llanto. Le estaba diciendo que Papa Noel eran los padres.

En el álbum “Egreso de TEA” finalmente encontré mi primera foto respetable. Estaba de saco y corbata. Tenía cara de pibito, pero bueno, consideré que a los de la editorial el tema les chupaba un huevo. Así que la rescaté y la puse en el escritorio de mi computadora. Más tarde hallé otras dos aceptables, desde mi humilde punto de vista: una foto en una tribuna mirando al horizonte con perspectiva mística y otra sentado arriba de una pelota de básquet, de costado. Las dos tenían la particularidad de haberse tomado desde lejos y por eso omitían tediosos detalles faciales. También fueron a parar al escritorio. Adjunté todo y lo mandé al mail. En el asunto puse “Fotos” y en el cuerpo acoté: “Esto es lo mejor que pude encontrar, perdón”, buscando ser chistoso y amable. La respuesta llegó a los cinco minutos: “Germán, esto no sirve, ¿tenés otras?”.

Afectado desde lo anímico, retomé la investigación en mi computadora. Algo tenía que aparecer. Y tampoco me podía sacar de encima el tema: estábamos hablando de la imagen con la que el mundo literario me recibiría para abrazarme o bien escupirme. Me salvó el álbum “Varias”, donde encontré una que estaba sentado en una silla bastante desalineado pero con pose de escritor o erudito y una última en la que directamente aparecía con una mano en el mentón como lucen en sus solapas estrellas del calibre de Felipe Pigna o Paul Auster. Adjunté ambas en el mail y las mandé. La respuesta de mi editora llegó a los cinco minutos: “Germán, esto no sirve. Y por lo que veo no tenés fotos buenas. En la que estás con la mano en el mentón se ve marihuana en un cenicero y la mano de un tercero jugueteando con una tapita de cerveza. Te pido por favor que te tomes esto con seriedad. Vamos a tener que hacer una sesión con la fotógrafa de la editorial”. Hija de una gran puta.

No la dejé pasar. Ofendido como un niño, le escribí: “Por más fotos que hagamos nada va a cambiar. Esta es mi cara”. Y ella me dijo, tajante: “Germán no seas infantil. El lunes te esperan a las 11. Llevá camisa”. Bien. Pasado ese debate ahora me enfrentaba al siguiente dilema: qué pilcha ponerme. Para lo que me acerque a lo de mi sobrino Tiano, de 12 años, a ver qué me podía prestar, ya que compartimos talle y su ropero es mejor que el mío. Me dio una camisa gris XL de Gap Kids que me quedaba al pelo. Lo abracé con afecto e inmediatamente modifiqué la compostura por una mirada que le decía implícitamente: “Esta no te la devuelvo ni en pedo eh”. Así somos los enanos: gente envidiosa y resentida. Crecimos mirando desde abajo.

El lunes, 10.58 am, me presenté en el estudio fotográfico. Tímido y encorvado. No obstante, empujado por la fotógrafa, que no sé por qué razón siempre me hacía planos lejanos, me encariñé con el lente y hasta empecé a sugerir poses y enfoques. “No es necesario que te revuelvas el pelo, Germán”, me decía ella. “Menos cara de gato, Germán”, me repetía. “Esto no sale en Revista Gente, Germán”. Y así. Sobre el final del trabajo, cuando le oferté la posibilidad de ponerme un traje de baño naranja y hacer como si fuera guardavidas, la señora (llamada Alejandra), me pidió por favor que me fuera. Antes de pegarme el portazo de despedida, le rogué que me mandara todo lo rescatable a mi mail. Durante días aguardé un book. Hacía F5 sobre mi casilla cada seis minutos diarios. Pero nada. Hasta que hoy llegó la respuesta. Sin adjuntos y con una frase destructiva: “Estimado. Me acaban de informar en la editorial que finalmente no habrá retrato en la solapa. No sé bien por qué tomaron esa decisión. Pero lo puedo imaginar. Suerte en la vida”. Lo de estimado me dolió.

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