La vez que me hice caca yendo al trabajo
Para entender por qué Enano Ariel está en este momento sentado en posición fetal en la punta del último vagón del Subte B, con notable palidez en el rostro, hay que retrasar las agujas del reloj por unas horas. Porque esta historia tiene su origen en la noche anterior, cuando Enano Ariel se juntó con sus amigos a comer y beber. Tiene su ramificación exacta en la tarde previa, en realidad, cuando fue a hacer las compras y en vez de comprar Fernet Branca, compró Fernet Vittone. El Fernet Vittone tiene una particularidad: te agujerea el estómago, pero en el momento de consumo, uno no lo nota. Así que Enano Ariel ha bebido sin culpas, sin medir consecuencias.
A la mañana siguiente, con sorpresivo buen semblante, se ha levantado, se ha pegado una duchita y ha preparado un café con leche gigante. Sería su segundo gran error. Minutos antes de salir para el trabajo, Enano Ariel pensó en pasar por el baño, pero estaba ocupado por su novia, Paula, así que, apurado, agarró el bolso, cerró con llave y salió a la calle. Hacía calor. En el camino hacia el subte (ocho cuadras), Enano Ariel sintió su primer retorcijón alarmante. No era un retorcijón más. Por lo que consideró que debería meterse en el baño de la estación de subte una vez que arribara. El baño estaba clausurado. Y la situación, de un momento a otro, se le tornó desesperante. El segundo puñal en el estómago se produjo en la estación Lacroze. Allí fue cuando Enano Ariel confirmó que, a sus 27 años, iba camino al desastre.
Para llegar a su trabajo, Enano Ariel debía transitar la línea B completa. Pasó por Dorrego, con preocupación y ansiedad. Pasó por Malabia, concentrado en no moverse para no ceder al sorete. Pasó por Angel Gallardo, cuestionando su estúpida medida de andar por la vida sin calzoncillos y llegó a Medrano, donde está ahora, en posición fetal y con angustiante palidez: tratando de no pensar en nada relacionado con la caca y pensando únicamente en ella. Fue en ese momento cuando decidió que se bajaría en la estación siguiente, Carlos Gardel, para salir directo al Shopping del Abasto y resolver el tema de una buena vez. Al fin y al cabo, lo que estaba viviendo le podía pasar a cualquier mortal. ¿Quién no ha sufrido alguna vez un sobresalto de ese tipo?, se dijo a sí mismo, minimizando el periplo. Todo iría bien. Se levantó con esfuerzo y salió del vagón. La brisa trajo un nuevo retorcijón, este definitivo, que le enviaba un mensaje claro: “Flaco, apurate o te cagás”. El optimismo que reinaba segundos atrás se diluía en un parpadeo. Enano Ariel estudió el lamentable escenario: estaba al borde de perder la decencia. Una persona que se hace caca encima a los 27 años, como mínimo, deja de ser tomada en serio.
La salida al Abasto tiene una rampita en descenso. La gente la transita a velocidad de autopista, pero Enano Ariel iba solito, agarrado a una baranda, a paso de anciano. ¿Cómo se contiene lo incontenible? En eso pensaba, cuando se le acercó una encuestadora.
-Hola, te puedo hacer unas preguntas, somos de Greenpeace.
-No, perdón, estoy apuradísimo.
-No parece…
-Sucede que no me siento del todo bien.
-Ah bueno, dale, dame una mano, son cinco preguntas nomás.
-No, nena, no.
-Mirá, las hacemos mientras vamos caminando…
-Flaca, me estoy cagando encima. Si me desconcentrás, me cagó, ¿entendés? Y tengo 27 años. Y no tengo calzoncillo puesto. Correte.
Enano Ariel espantó a la pobre encuestadora que quedó más perpleja que indignada por aquella catarsis desesperada en la que él, además de explicitarle sus urgencias, le resumía su frustración acomplejada. Ya en el Shopping, mientras la gente miraba vidrieras y paseaba con bolsas en la mano, Enano Ariel regaló sus últimas fichas. Buscó con ojos de tigre la señalización universal de los baños (el hombrecito y la dama). Iba de un lado a otro. Pero nada. La caca ya estaba a un pasito, empujaba. Casi sin voz, le consultó a un seguridad: “Señor, ¿tiene idea dónde está el baño? Es urgente”. “Sí, tenés que dar toda la vuelta. Estás medio pálido vos, ¿te pasa algo?”, le respondió. Era el final. Ahí mismo supo que no llegaría, que el papelón se concretaría. Que, de hecho, se estaba concretando mientras caminaba. Lo invadieron de pronto una mezcla brutal de sensaciones: tristeza, impotencia, nerviosismo, alteración, enfado, desconsuelo, desahogo, alivio y vergüenza. Se replanteó la vida.
Cuando llegó al baño, por fin, salía un hombre. Un hombre al que miró a los ojos con la liviandad del que viene de perder su virginidad. Los dos se mantuvieron la mirada y giraron, como si tuvieran algo pendiente. El hombre vio la mancha marrón en el jean y esbozó una tímida sonrisa. En otro momento, Enano Ariel le hubiera preguntado “¿Qué te reís? La re concha de tu madre”. Pero, cagado encima, su valor y entereza estaban en el suelo. Una vez metido en el box, terminó de completar sus necesidades y, comenzó a analizar alternativas. Tenía caca hasta en las zapatillas. Pensó en ir y comprarse un jean, no obstante, los vendedores no lo dejarían entrar con el olor que llevaba a cuestas. Pensó en pedir ayuda a algún amigo, pero se le reirían todos. Así que ahí nomás, todavía sentado en el inodoro del box 1 del baño del Abasto, llamó al trabajo y comentó que no podría ir por un “problema personal”. “Jaja”, se escuchó de un box vecino. Su “problema personal”, básicamente, era haberse cagado encima (con 27 años) después de consumir un cocktail poderosísimo de bebidas que resaltaban su inmadurez: Fernet Vittone y Nescafé.
A la salida del baño, caminando como un gaucho por el Shopping y con la mirada clavada en el suelo, retomó al subte. Pasó por la rampa y se rencontró con la encuestadora, quien, en un rapto de caridad, comprendió todo de inmediato y le dejó seguir con su andar campesino. En el subte de regreso, subió al último vagón, el menos habitado. Había cuatro personas, todas sentadas. Pero él no podía sentarse. Erguido contra la puerta de salida y agarradito de un poste, percibió las miradas condenatorias. Al llegar a Lacroze, nuevamente sintió una recomendación de su estómago: “Ojo amigo. El papelón puede ser doble”. Otra vez la palidez. Verificó en Los Incas que los baños, en efecto, no habían sido habilitados y se lanzó a la calle, cual terrorista iraquí dispuesto a la inmolación. Tuvo el reparo de tomar cuadras aledañas para no explotar en la avenida. El sol le daba en la cara, andaba en puntas de pie. A la segunda cuadra no daba más. Enano Ariel entonces se sentó, miró al cielo y habló con Dios. Le pidió POR FAVOR no volver a cagarse encima. Fueron minutos de angustia. Estudió tocar timbre en una casa y explicar su apremio. Pero no tenía ningún sentido. Así que se paró y siguió. Dios lo escuchó: ya no hubo más retorcijones. La mente volvía a pensar con claridad, ya sin la rigidez de los minutos previos. Un nuevo desafío lo esperaba: llegar a la casa y que el tema muriera sin que su novia se enterara. No sabía si ella iba a estar o no, por lo que la llamó. Dos sonidos, nada. Por fin una buena. En el tercero, ella atendió. Y Enano Ariel, cagón (aunque suene redundante), cortó.
Al entrar a la casa, Paula estaba en la cocina.
-Ya llegué, dijo Enano Ariel, bajito, mientras avanzaba dando pasos para atrás para que no se viera su mancha marrón.
-Pero cómo, si recién te fuiste, le replicó Paula, con su actitud siempre policíaca.
-Sí, pero había paro de subte y no quería tomar dos bondis. Me voy a pegar un bañito.
-Pero si ya te bañaste antes de salir, insistió ella.
-Sí, pero tengo calor.
-Ah. Bueno, yo me voy a la facultad. En un rato vuelvo.
-Excelente.
-¿Excelente?
-Bueno, es una forma de decir. Después nos vemos.
Enano Ariel resolvió su segunda urgencia estomacal y se bañó, también por segunda vez. Sonreía como un campeón. Posteriormente, puso el jean a lavar con agua caliente y jabón blanco y pasó un cepillo por la zona más “dañada”. Luego colgó el jean y se fue a dormir. Despertó dos horas después con Paula al lado.
-¿Te hago una pregunta?
-Sí.
-¿Vos te cagaste encima?
-¿Cómo voy a hacer una cosa así? Tengo 27 años, nena…
-Vos te cagaste. El jean tiene un olor…
Con tristeza y resignación, Enano Ariel confesó. Hubiera preferido contar una infidelidad antes de rebajarse de tal manera. Describió con detalle su periplo y pidió clemencia y compasión en el juzgamiento. Rogó silencio. Paula se le burló sin miramientos. Lo apodó “Vientre Débil”. Esa misma tarde, Enano Ariel tiró el jean a la basura y se fue al local de ropa de enfrente. Compró seis calzoncillos grises. El vendedor le preguntó: “¿Para qué tantos?”. Y él respondió, canchero: “No quiero que se me escape nada”. El vendedor creyó que su cliente ostentaba con el tamaño del miembro. Pobre ingenuo…
- Esta historia fue escrita en 2010.
++
Aunque parezca un dato obvio, al poco tiempo del episodio la Paula abandonó a su novio.
+++
Enano Ariel hoy va a la oficina en situación de ayuno.
++++
La chica de Greempeace dejó su trabajo y ahora es encargada de planta en Botnia.
+++++
El baño de Los Incas sigue clausurado.
Email me when Germán Beder publishes or recommends stories