Odiando Disney

Cuando Mario Jorge Beder decidió llevar a sus dos hijos a Disney no imaginó que sería una de las peores decisiones de su vida. Pero, empujado por los guiños financieros de la primavera menemista, asumió el desafío.

Para un padre de clase media, durante muchos años, acceder al mundo de Mickey con sus primogénitos era un objetivo alto en la escala del engranaje educativo. Era como cumplir un mandato social. O al menos así lo entendía Mario. Y se lanzó a la aventura, incluso a pesar de no atravesar su mejor momento económico. Llamó a su ex esposa, es decir a mi madre, de quien ya llevaba cuatro años separado, pidió autorización, sacó las visas, reservó hotel y puso primera.

Lo que Mario Jorge Beder no sabía es que estaba camino de la capital del consumismo con dos de los jóvenes más exigentes y manipuladores de la historia contemporánea. Así que la peor vacación de su vida ya arrancó mal desde la escala Bahía Blanca–Buenos Aires, cuando quien escribe pidió que se le compraran, entre otras peculiaridades, seis prendas de la banda de punk rock Attaque 77 en una galería de mala muerte de la calle Corrientes. Sería un presagio.

El vuelo fue tortuoso. Mario, que nunca había salido de la Argentina, quedó ubicado en la fila del medio de la clase turista, entre sus hijos, con un reclinar más que modesto en su butaca, y sin poder moverse mucho por un intenso dolor cervical.

-¿Cuándo llegamos? -preguntaba mi hermano cada 30 minutos exactos de reloj.
-Me aburro -insistía. Diez horas así.
-Me quiero bajar.

El aterrizaje trajo la paz. 
O abrió paso al infierno.

“Bienvenidos a Disney, la tierra donde los sueños se convierten en realidad”, rezaba el cartel de recepción, en el aeropuerto. Todo era gigantesco y ostentoso. Un ignoto esperaba al tridente con un cartel en la mano que decía “Vender” (sic) y lo condujo hasta el hotel. Mario estaba feliz y embalado.
Hablaba en un inglés precario pero efectivo durante los primeros 20 minutos.

-My english is not bad -gritaba por la ventanilla. Y repetía:
-My english is not bad.

Hasta que el chofer lo frenó en seco: “Señor yo nací en Córdoba. Entiendo castellano”. Y Mario se llamó a silencio. No obstante, tal vez por la verborragia propia del excitado, retomó la palabra y monologó sin parar durante los siguientes 25 minutos, recibiendo por toda respuesta del interlocutor la frase: “Oh, claro”.

Ya instalados en el hospedaje, desde esa misma jornada inicial el grupo comenzó a recorrer los parques. Uno podía descubrir a un Mario indignado, esperando su turno para ser lanzado en un tobogán de agua. O impaciente en la fila para ver el backstage de Indiana Jones: “Mucho parquecito, pero se arman unas colas larguísimas acá, hermano”. O insultante con el mismísimo Buzz Lightyear, que demoraba a su hijo más chico para una foto. O abatido buscando una mesa en algún patio de comidas con una fuente de plástico en cada mano. O colérico por tener que pagar seis dólares por un llavero del Pato Donald. Allí, en aquella burbuja de fantasía, Mario aprendió a odiar a Pluto. No tanto a Mickey, a quien consideraba como la cara visible del imperio. Pero sí a Pluto, a quien calificaba como un sicario barato, terrenal y sobrevalorado del sistema.

El tema de los gastos absurdos lo sacaba de quicio. Mi hermano se compró todos los muñecos de las sagas Batman, Spiderman, Superman y Toy Story. Yo me compré todos los pantalones y camisetas de la NBA disponibles en los outlets de Orlando y también zapatillas para todos mis amigos. Incluso, ya en comportamiento petulante, exigí y adquirí unas Nike rojas que nunca en la puta vida usé. Era previsible que Mario estallara en algún momento.

Y, en el penúltimo día, estalló. Fue cuando le solicité una gigantografía a escala de Shaquille O’Neal.
-¿Y cómo la llevamos? -preguntó.
Nadie le contestó. Nosotros sólo queríamos gastar. Anduvimos a las puteadas hasta que en un momento se cansó y dijo:
-¿Saben qué? Me tienen cansado. ¿Quieren plata? Tomen plata.

Entonces lanzó la billetera al suelo, a 30 centímetros. Como si ya nada le importara. Intentando bajar un mensaje -quizás educativo, posiblemente sentimental- de que no todo pasaba por el dinero, de que valoráramos su esfuerzo. Estábamos en una zona de bares. Los hermanos habíamos logrado conmovernos. Pero inmediatamente Mario se lanzó al suelo con la velocidad de un reptil a recuperar su billetera y toda la sensibilidad, reflexión y ternura del episodio, mutó al papelón y la risa.

Un detalle: Mario sufre de vértigo desde su más tierna adolescencia. Un dato: mi mamá, antes de darle autorización para que viajáramos, le prohibió que subiéramos a cualquier juego solos. Una frase: “Si a uno de los chicos les pasa algo, yo me encargo de matarte. Te lo prometo. Te quito la vida”. Una conclusión: durante diez días, Mario Jorge debió subirse a todos los juegos de Disney.

A veces, debían asistirlo después de los momentos de adrenalina. El pedía azúcar para la presión. Luego de tirarse por el ascensor de la muerte, por ejemplo, tuvo que ser atendido por los médicos del parque. Sin embargo, su peor comportamiento quedó expuesto en la famosa Space Mountain. Allí, mientras el tridente hacía la respectiva fila y los niños y sus padres gritaban con euforia y exaltación, él hablaba por teléfono con su madre y decía: “Por suerte ya mañana volvemos”.

Recuerdo que todos entramos corriendo a ocupar nuestros lugares y él ingresó último, con la desmotivación de un repositor de Coto. No lo vimos hasta el final, cuando debió ser retirado de su butaca en andas con dos asistentes del lugar, que ya lo conocían de otros juegos.

-Eevenme a caasa -rogó desde la absoluta confusión en una guardia del Magic Kingdom. Era el final. En la foto que después te trataban de vender, y que retrataba el momento exacto en el que la gente gritaba de placer y miedo, ya se podía distinguir a Mario absolutamente pálido, enfocando con la mirada el destino de su inminente vómito.

La mañana del regreso, nos reencontramos con el chofer cordobés. También está filmado. El tipo se puso a contar que justamente había vuelto a la Argentina meses atrás, para celebrar los 80 años de su madre. Que le había montado una fiesta gigantesca junto a sus hermanos, para más de 50 invitados. Que hasta había mariachis y show de tango.

-Debe haber sido inolvidable para su mamá eso -señaló Mario, intentando acompañar la anécdota.
-A medias señor, a medias: mi mamá tiene Alzheimer -sentenció el hombre.

Y nadie dijo más nada. Ya en el aeropuerto, el cordobés, desde el formalismo, se despidió de la familia y le expresó al responsable:
-Nos veremos la próxima.
Y Mario, con absoluta serenidad, se tomó unos instantes, contempló a los estúpidos de sus hijos mientras se peleaban, observó los bolsos explotados de cosas que derivarían en un clarísimo sobrepeso de equipaje, estudió mentalmente el triste estado de su economía, chequeó la inminente lluvia que demoraría la salida del vuelo, y finalmente respondió:
-Yo acá no vuelvo ni aunque me paguen.

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