Richard’s


La primera vez que vine a comer a Richard’s, el bife con papas fritas valía diez pesos. Hoy sale 65: pasaron once años. En ese tramo, transcurrió mi vida por Capital. He venido acá con amigos, novias, familiares y compañeros de trabajo, entre otros impresentables. No hay nadie que haya quedado conforme con la comida y mucho menos con el servicio. Pero no tienen idea. Richard’s es mi casa. Yo acá no pido el menú: me siento y en algún momento alguien me trae un bife con fritas. Todos los mozos saben mi nombre y ninguno tiene la osadía de juzgar mi monotonía gastronómica.

En Richard’s, ante todo, se impone la luz blanca, el pésimo gusto a la hora del diseño y la fritura como fragancia emblemática. Acá el vino es rancio, el menú del día casi siempre son albóndigas, la Coca es Pepsi, la soda se sirve en sifón, el pan va de gomoso a duro y el ticket final es un papel escrito con lapicera. Pobre de aquél que anhele una factura. En esta cantina se ve Crónica de principio a fin. Sin volumen. El target etario de clientes es de 60 en adelante, salvo pequeñas excepciones como extranjeros o personas que no pudieron encajar socialmente como quien escribe. Pero por lo general se trata de parejas de ancianos. El revistero es de los más completos de Latinoamérica. Y yo, desde la angurria, me agarro todo. La única vez que tuve un percance, justamente, fue por este tema. Habrá sido en 2007. Debajo del Clarín del día, me había escondido la Caras y la Gente. “Pibe, dame las dos revistas que te guardaste ahí abajo del diario”, me dijo un viejo. Indignado por las formas, me paré y le contesté: “Oblígueme”. Porque yo seré un cagón, pero en ese contexto de senilidad, siempre me sentí Mayweather.

En Richard’s hace mucho calor en el verano y un frío desproporcionado en invierno. En total, habrá diez mesas distribuidas en un espacio de cinco por cinco, apenas decorado. Es tan poca la intimidad que el ambiente ofrece, que todos sabemos todo de todos. Y si alguno secretea se lo mira con recelo. Porque, o bien está en el mundo de las drogas, o bien tiene pensado volar el lugar. Pero de eso no sale.
A las 23.30 se baja la cortina metálica y el encargado de turno empieza a poner las sillas arriba de las mesas vacías, esté quien esté. Igualmente es muy raro que haya alguien después de las 23. Tal vez algún anciano dormido, que es una escena frecuente. O el misterioso Oscar, que pareciera haber escapado de la España franquista. Lo respeto porque fuma pipa adentro del lugar con la impunidad de los poderosos. No es el único: durante una época, el mozo Silvio te atendía pitando. Alto carisma tenía ese gordo.

Hoy, lunes 31 de marzo, se cumplen 11 años de la primera vez que vine a comer a Richard’s. Lo recuerdo porque fue el día que me mudé a Palermo. Las paredes estaban de otro color, Charly era un simple bachero (actualmente está a cargo) y no había tele. Lo recuerdo también porque Nancy, la moza de aquél entonces, se creyó que le había pedido un bife con fritas cuando, en realidad, yo había ordenado milanesa con puré. No le iba a andar cambiando. Fue un presagio maravilloso.

Lo cierto es que me he puesto mi mejor camisa y me he venido desde Urquiza para celebrar la década (y un año) ganada. El deteriorado reloj ubicado al lado del aún más deteriorado calendario manual marca las 21.50. No hay una sola persona en el bar, salvo Charly, que me ha visto y me ha guiñado un ojo: pequeños privilegios de ser VIP. Ni le cuento lo del aniversario, nuestra amistad se basa en la poca profundidad, en charlar de todo sin decirnos absolutamente nada. En 20 minutos estaré disfrutando del atracón, lo sé con certeza. Luego pagaré, saludaré y me iré tambaleante de colesterol, combatiendo pre infartos, en el más absoluto silencio. Solo, fumando. Con ese andar cansino, místico y (tan) patético que creen destilar los bohemios. Como la primera vez, como si el tiempo no hubiera pasado.

Email me when Germán Beder publishes or recommends stories