Sueños de un niño con cabeza de redoblante


Hace frío en el Casanova y el estadio está prácticamente vacío. El deterioro estructural resume el deterioro deportivo. A Estudiantes le va pésimo. Las pocas personas que acompañan al equipo golpean las chapas para hacerse sentir, pero el equipo no contagia. El niño con cabeza de redoblante, sin embargo, sigue yendo. Esta noche, no hay más de 350 personas. Así que, impulsado por un incipiente cholulismo, el niño con cabeza de redoblante se cola de la popular a la platea y de la platea a la cancha, para pedirle un autógrafo a su referente momentáneo, un hombre alto y bipolar. La escena es tristísima: el niño con cabeza de redoblante interrumpe la modesta entrada en calor del hombre alto y bipolar, quien inmediatamente lo echa de la cancha. Le dice, textualmente:
“Nene, andate de acá antes de que te de un sopapo”. El niño hace caso. Y se vuelve llorando a la tribuna. “No te preocupes hijo, ese tipo no merece ser tu ídolo”, lo consuela el padre cuando lo ve venir decepcionado.

El tiempo pasa. Los años pasan. Pero el equipo sigue tan mal como siempre. El niño con cabeza de redoblante fracasa como basquetbolista y también como fanático: los dos clubes que frecuenta son una lágrima. Pacífico, en el torneo bahiense, y Estudiantes, en la Liga. No obstante, ahí está cada noche. Los lunes y los jueves, siguiendo a la primera local, los viernes y los domingos, acompañando al representante nacional. Nunca, o casi nunca mejor dicho, un triunfo.

El niño con cabeza de redoblante va a la cancha con un amigo con aspecto de gorila. Se ubican debajo de una cabina radial y comentan las derrotas. El inicio de una nueva temporada devuelve la ilusión de ambos. Y aunque el plantel, a priori, es tan pobre como los anteriores, hay un jugador nuevo, flaquito y narigón, que despierta la atención del niño con cabeza de redoblante. Gorila le cuenta: “Ese pibe es de Bahía, jugaba en Bahiense y después se fue a La Rioja. Dicen que era malísimo antes”. “¿Qué tan malo?”, pregunta el niño. “Lo suficiente para no jugar nunca en las selecciones de Bahía. Igual parece que en los últimos años mejoró mucho. Tuvo un despegue repentino y ahora cayó acá en Estudiantes”. El niño con cabeza de redoblante ignora estas últimas oraciones. Lo único que le importa es haber encontrado un nuevo referente deportivo. Tan terrenal, vulnerable y olvidado como él. Un espejo.

El jugador flaquito y narigón a veces entra y a veces no. Tiene partidos excelentes y otros no tanto, sin embargo, rápidamente se gana el cariño de los bahienses. Y en un momento determinado, tras un cambio de entrenador, explota. Toma protagonismo, se adueña del equipo y se convierte definitivamente en un ícono local. La gente lo saluda por la calle.
El niño con cabeza de redoblante recorta sus entrevistas en medios y junta fotos. Mantendrá la costumbre durante años. Sin obsesión pero con fanatismo y constancia.

La cancha luce como en sus mejores épocas, esas que el niño no vivió por ser muy niño. El jugador flaquito y narigón ha llevado a Estudiantes a los cuartos de final. Y por fin, la ciudad, tan golpeada deportivamente, ha vuelto a acompañar. “Ey, acá, firmame, a mí”, ruega el niño cuando el jugador flaquito y narigón se acerca a la tribuna a sacarse fotos y entregar autógrafos a su (cada vez mayor) grupo de fanáticos. Pero el jugador flaquito y narigón no lo escucha. Y obedeciendo al tercer llamado de su preparador físico, se disculpa con los que quedan sin firmar y se va al vestuario para la charla técnica.

Frustrado, pero no tanto (no le iban a faltar nuevas oportunidades), el niño con cabeza de redoblante se va a dormir tras el partido. Y sueña profundamente. Sueña estupideces como que el jugador flaquito y narigón llega a la Selección y luego a la NBA, que gana tres anillos y un Juego Olímpico y que se posiciona como el mejor basquetbolista de la historia argentina. En su laberinto de pensamientos ve postales que se van sucediendo: el jugador flaquito y narigón en lo de Susana Giménez, el jugador flaquito y narigón sonriendo en carteles publicitarios, el jugador flaquito y narigón contando su historia en documentales. Es todo tan real que lo asusta. Y en el medio de esa utopía absurda, de esa construcción infantil, se descubre a sí mismo. Con la misma cara de pelotudo de siempre, pero con barba y unas canas. El pelo más largo. Se descubre en medio de una sala exclusiva, a la que lo han llevado, esperando a que la estrella lo atienda. Se descubre en una ciudad estadounidense llamada San Antonio, en un estadio gigantesco de una franquicia conocida como los Spurs, con un anotador en la mano que tiene un cuestionario de preguntas y un grabador. Se descubre nervioso.

De pronto, una puerta se abre y entra él, el jugador flaquito y narigón. También está más viejo. De hecho está casi pelado. Pero los rasgos faciales se conservan intactos. Más formado físicamente, es cierto. Y más elegante en los modos. Descontracurado, el jugador flaquito y narigón le pregunta cómo está, hablan de Bahía, de entrevistas pasadas… Parecieran tener un vínculo. La empalagosa cursividad que ha tomado el sueño incomoda, por lo previsible, al niño con cabeza de redoblante. Aun así, no quiere despertar. Los detalles tan certeros lo seducen. Lo impulsan a creer. Pero cuando está en el mejor momento de su experiencia, cuando el jugador flaquito y narigón lo invita a quedarse a ver el partido, desde algún lugar lejano, suena una alarma.
El niño con cabeza de redoblante entonces se levanta de la cama y, con esfuerzo, se viste. Siente nostalgia y frustración. Toma la leche y le cuenta a su madre todo lo que soñó. La madre se ríe de la imaginación del hijo, de la solidez del relato, del increíble mundo que se abre cuando uno, casualmente, cierra los ojos. Le pregunta por preguntar si ella aparece en algún pasaje. El niño niega. Y se va para el colegio.

Doce horas más tarde, está sentado con su amigo con aspecto de gorila en el lugar de siempre del Casanova esperando el partido. Falta un buen rato todavía para el inicio. Así que, como siempre, se meten al sector de plateas y se ubican contra una baranda cercana al parquet. El niño con cabeza de redoblante intenta cruzar miradas con el jugador flaquito y narigón hasta que lo consigue. Entonces el jugador flaquito y narigón, para su sorpresa, se le acerca con paso cansino y una pelota en un brazo. Le dice:

-A vos te dejé sin firmar el otro día, ¿no?
-Sí, pero no es nada.
-Bueno, te firmo ahora si querés. Cómo te llamás?
-Germán.
-Espantoso nombre jaja.
-Por lo menos no me lo redujeron…

Los dos se ríen. Como ahora, en esta foto. Que pudo haberse tomado en algún pasaje de aquél sueño. O que simplemente lo materializó.

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