Cuando yo era chico, había una absurda moda en Bahía que era quedarse en una especie de parador después de la Matinée. Una hora, no mucho más. Pero en ese rato, siempre siempre, había una pelea. Desde aquél entonces engendré el virus del miedo ante escenas pugilísticas. Intentaba no cruzar miradas con nadie y mucho menos exponerme. Porque ahí ligaba cualquiera. Incluso, uno podía ser golpeado por estar en el lugar incorrecto cuando se desataban batallas masivas entre terceros.
En ese rato en el que algunos comían panchos, otros reían y otros, précoces chamuyeros, construían sus conquistas, yo lo único que añoraba era no ser golpeado. Me despertaban el mismo terror los rugbiers que los niños tomadores de poxiran. Cuando venía a buscarnos el padre de turno, agradecía otro sábado con vida. Esa época me traumó. Y nunca más pude mirar una pelea en vivo sin estar incómodo o temeroso porque me la den.
Pero como el destino es un conchudo hijo de mil putas, acá estoy, en Houston, cubriendo UFC, una disciplina en la que dos hombres entran a una jaula a intentar matarse uno a otro. Me han acreditado bien cerca del octágono para que no pierda detalles en mi crónica. Para que me enfrente a aquél temor y lo supere.
Tal vez me cambie la vida el sábado. O tal vez afronte la medida más madura de mi existencia y me presente en el lugar con un rivotril en la lengua y mi flamante par de anteojos.
Email me when Germán Beder publishes or recommends stories