Generosa reseña de “La vaga ambición”

Por Ricardo Espinosa

En el mundo literario de La vaga ambición la crítica no existe: existen los críticos. A lo largo de los seis cuentos que componen el libro, uno va descubriendo las diferentes especies de esta criatura, inscritas en el bestiario personal de Antonio Murray: el primo rencoroso, la académica pretenciosa, la esposa celosa, los bolcheviques doctrinarios, los jueces prejuiciados, el genio vencido por la rabia.

Todos actúan impulsados por la irracionalidad, o el exceso de racionalidad, que es otra forma de locura; acicateados por el despecho, por la imposición de un régimen, por exigencias estéticas obsoletas, o el simple hervor frente al triunfo ajeno. Todo crítico cabe en un molde, uno inquebrantable, unidimensional.

Yo me pregunto: ¿En qué cajón mental acomodaría mi crítica este personaje? ¿El joven escritor frustrado? ¿El inhábil estudiante de literatura? ¿El despechado que traduce su desamor en libelos? ¿El que ceba su impulso creativo señalando las faltas de los demás?

Me anticipo, alevosamente, a estas reacciones. Vamos a evitar ejercer la humillación, como Carlos, el primo de Murray. Vamos a evitar exhumar nombres deslumbrantes, como la académica. Vamos a evitar fijarnos en el prestigioso premio que amarró el libro, como, de nuevo, la ladina académica, quien gira de negativo a positivo en cuanto Murray gana fama. Voy a tratar de silenciar al dictador comunista que habita en mí, que exige juicios categóricos, sentencias sumarias. Y, sobre todo, al incipiente escritor, que cree secretamente, como todos los escritores, que lo único que vale la pena es lo que él escribe.

La vaga ambición se instala en una larga lista, tal vez ya tradición, de obras de metaficción: El libro vacío de Josefina Vicens, La novela luminosa de Mario Levrero, Abbadón el exterminador de Ernesto Sábato, Claus y Lucas de Agota Kristof, son unos cuantos ejemplos. Cada uno aventura algo, dice algo del autor y su entorno. Desde la infértil vida íntima, como en El libro vacío, hasta el peso de la vida pública, como en Abbadón el exterminador; desde lo ordinario y la búsqueda del instante cúmbre, como en La novela luminosa, hasta la desolación de la guerra y el paliativo de la ficción, como en la trilogía de Claus y Lucas.

Se entiende que Ortuño no se propuso construir un libro iluminado de ideas, como es costumbre en este género. El autor no se pierde en los vericuetos de la labor intelectual, la desesperación frente la hoja en blanco, no se explaya en parrafadas existenciales sobre los poderes redentores de la palabra. Las reflexiones son breves y escasas. La vaga ambición, una suerte de The wire del ambiente literario mexicano, explora la vida del escritor promedio: el desfile de eventos y festivales, las penurias económicas, las rencillas personales, los soporíferos talleres, el cultivo y mantenimiento de relaciones afectivas.

Los escritores no son esos figurones mentales y destacados que fabula el imaginario colectivo: son incompetentes, criaturas vengativas, ahítas de rencor, que cuando logran el éxito se transforman en seres aún más abyectos, meros títeres del gobierno y la industria, que los promueven sólo por cumplir cuotas y ventas.

Esto no quiere decir que La vaga ambición carezca de contenido; esto es, en el sentido del mandato del género: algo tiene que decir de la escritura. Orbitan algunos conceptos a medio cuajar: la mentira, el aguante, la tenacidad, la sobrevivencia. En el cuento El príncipe con mil enemigos Murray suelta un largo párrafo, donde describe un mail de su madre, redactado en el lecho de muerte:

Me decía que mi padre confesó, un día, lo que pasó en Chapala. Me decía que le escupió. Me decía que al escribir era una reina, una reina brillante, una diosa, y que el cofre de sus textos (escritos todos a mano: la computadora era para leer el periódico, jugar solitario y escribirles (sic) a sus nietas) lo guardaría Aura para las niñas. Me decía príncipe. Me decía que leyó mi destino en los naipes una noche. Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo.

Antes y después de la cita el párrafo se alarga, llevando siempre la fórmula “Me decía…” por delante. La enumeración, la anáfora, despide un inconfundible tufillo borgiano. El pasaje inspirado, sin embargo, resulta fallido. En la enumeración del Aleph, Borges se encuentra ante la imposibilidad de abarcar el universo, el reto de transmitir una experiencia inefable. Recurre, entonces, a una descripción que disloca el tiempo, se apoya en paradojas, en contrastes del espacio.

Ortuño desatina porque no hay un fundamento que ordene sus oraciones, o más bien, no lo tiene claro, no profundiza. Salpica el texto con ciertos motivos: luchar contra el otro, los enemigos, pero la idea carece de la fuerza de gravedad para lograr un conjunto armónico. La lectura del destino en los naipes, por ejemplo, es una frase que suena como que significa algo, pero no dice nada. Descolla por su desconexión de la parte en que se inserta. El tono engaña: si uno lo trasciende ve que no hay nada detrás. Esta sección debería constituir la columna vertebral (verbal) de la obra, pero Ortuño se difumina en la vaguedades.

Cuando el personaje se pone a cavilar, por otra parte, resulta anticlimático. Por ejemplo, en el final de Provocación repugnante el narrador mide su pequeñez ante los grandes: Bulgákov, Benjamin.

Nos limitamos a evocarlos, a invocarlos, a recrear unos minutos de sus vidas e intentar, así, olvidar que somos, en el fondo, hermanos y seguidores de Iván.

Aunque escribamos, aunque finjamos pensar, somos tan asombrosamente indignos de nuestros mayores que tan solo esperamos el momento de traicionarlos y abandonarlos.

Estamos condenados a ser sus perseguidores.

Sus ejecutores.

A primera vista se nota la intención de fulminar, de consumar algo, de lograr contundencia: los enunciados cortos, las palabras pesadas: traicionar, abandonar, perseguir, ejecutar, todo apunta al golpe final, la estocada maestra, a la clausura triunfal del relato, pero zozobra en una meditación algo inane sobre la mediocridad. ¿Cómo, exactamente, uno ejecuta a Benjamin y a Bulgákov? ¿Traicionarlos en qué sentido? ¿Abandonarlos cómo? ¿Perseguirlos, igual que el bolchevique de pocas luces? Hay algo inacabado, una idea mutilada, que yace moribunda o en estado embrionario en este desenlace.

De aquí se deriva uno de los mayores problemas del libro: Ortuño confía demasiado en el lenguaje. Espera que las cosas, por mencionarlas, se expliquen por sí mismas. Quiere que las palabras hablen por él. Que a fuerza de repetir mentira, uno entienda qué quiere decir esto. Yo sé qué significa mentira: lo que no sé es qué entiende Murray por mentira cuando la hace el centro de su actividad literaria. Ortuño espera que la palabra se sostenga por sí misma, por la mera fuerza del deletreo (así corona el libro, en el cuento final: “y mentir y mentir”).

En el primer cuento, la mentira queda como un mero ardid del niño, una astucia para resolver una situación humillante. El tema nunca se repite. Conforme recorremos los relatos, la mentira va cambiando de vestidura y es asignada a diferentes contextos; no hay manera de establecer un hilo, un sentido claro. El término se queda flotando en el plano de lo abstracto. Contrastémoslo con el uso que Javier Marías le da en Mañana la batalla piensa en mí: la mentira es un recurso social para evitar transmitir el peso de la verdad, muchas veces insoportable. Ejemplos hay muchos. Este es de Brecht, en su poema Hollywood:

Para ganarme el pan, cada mañana

voy al mercado donde se compran mentiras.

Lleno de esperanza,

me pongo a la cola de los vendedores.

Es claro que aquí la mentira se enmarca en un contexto económico: la ficción como un producto que las masas consumen como si fuera harina, la avaricia del artista que quiere un tajo del flujo de dinero. El poema es corto, pero Brecht es claro en sus intenciones y en su manera de usar el concepto.

Este desarraigo de las palabras no sólo ocurre cuando intentamos extraer sustento a la metaficción. Ocurre cuando narra, cuando describe. Los escritores son escupidos al escenario, los cajones vomitan zapatos, los peces se extirpan del lago. Estas frases obedecen a un imperativo del carácter de Murray: la náusea. El problema es que el universo lingüístico del personaje carece de fundamentos: está ausente la idea, el ángulo, la perspectiva: es una mera pirotecnia del asco, sin otro cimiento que el mareo existencial. Su repugnancia queda entonces convertida en algo decorativo y caricaturesco, una pose.

Si la intención era, como se trasluce en el primer cuento, escribir libros cuyos lectores “…arranquen las hojas. Y se las traguen”, estamos lejos, astronómicamente lejos, de esa meta. El trago amargo, la mala experiencia, que se debe traducir en literatura, en arte, queda sofocado en una miríada de escenas donde el valor y significado fijo de las palabras derrota y obnubila al significado personal, individual, que es lo que aspira un escritor: crear un mundo propio, urdir un lenguaje propio.

Este problema, el narrador, se ve reflejado en otras instancias: en su propios personajes. Todos parecen estructuras rígidas, inamovibles, sin profundidad ni matices, cuyo centro vital uno despacha en dos palabras: el ardido, el rabioso, la celosa. La madre parece ser la única persona viva, contradictoria, quien, paradójicamente, muere. Los demás, incluido Murray, carecen de conflictos. Sí hay penurias, sí hay menosprecio, sí hay una lacerante envidia que todo lo corroe, pero de nuevo, peca de superficialidad. Si el libro se pretende crítica, se queda en la mera muesca de la vanidad, en la afrenta personal.

La corrupción cultural, los dilemas que enfrenta cualquier escritor para ganarse la vida, la crítica verdadera, la que entierra el plano individual y se propone pulir la literatura, están completamente ausentes. Tal vez esto último no existe, o al menos no en estado puro. Siempre, aunque nos censuremos, se cuela un pedazo del yo. Siempre hay motivos personales que la alimentan: una migraña, un odio incausado, un afrenta lejana. Pero, ¿puede uno anular la filosofía de Nietzsche alegando sus problemas gástricos?