Tiempo.


Aquí estoy, poniéndole azúcar y un poco de ilusiones. Revolviendo el café y también mis sentires, fingiendo no ponerme nervioso cuando la mesera llegué a mi mesa. Aquí estoy un jueves frió a las 12:00 pm. En un frió lugar de Coahuila.

Querido lector: lo que usted está a punto de leer quizá no le va a interesar, pero debo de mencionar que está vez no le hablaré de mí sino de ella.

Podré escribir largos versos, poemas y hasta microcuentos para describirla y entendiera pero la verdad… no lo conseguiría, aquella mujer es misterio un hermoso misterio.

En sus enigmáticos ojos se esconde la octava maravilla del mundo que a su vez te transportan hacía a Luna; fue ahí donde quise ser astronauta por primera vez. Pocas las veces intercambiaba miradas y pocas las veces le hablaba. Es una mujer que podrías hablar de todo; desde manías, hasta de sus miedos bien maquillados.

No tuve tiempo de decirle lo mucho que ella estaba en mis segundos, ni lo bien que le sentaba el cabello largo. En tan poco tiempo (tres horas, para ser exacto), pude memorizar su olor, sus colores, sus mañas, sus miedos y su belleza. Paso a paso, movimiento a movimiento.

Y es que entonces, cuando el gustar te llega, no hay para donde moverse. Le admiro tanto que hasta le compongo. La siento tanto que hasta me gustaría regalarle libros, por si mi corazón no le basta. Nunca he tenido tiempo para invitarle un café, una mañana y una caminata.

Me falto tiempo.
Estúpido tiempo.
Estúpido yo.

Me faltó tiempo para decirle que ese blues que hace al caminar, es la mejor canción que se ha podido inventar, pero no sé si algún día tenga el tiempo.

Disculpe querido lector, pero yo le advertí. Pero aquí solo tengo tiempo para el tiempo y para invitarle un café.