Año nuevo

Afuera suenan bombetas. Este año, Toby no se asustó tanto como en otros chances. Si acaso ladró un par de veces a una puerta que no se iba a abrir.

Lo escuché desde mi cuarto, una media hora antes de teclear esto. No pensaba escribir esto. Incluso había desinstalado Medium, pero ya estoy aquí y no hay vuelta atrás.

Hoy quisiera tener un sueño particular.

Desearía abrir mis ojos entre marea alta. Mirar hacia arriba y ver el cielo morado. Nadar hasta la costa y secarme con el sol.

Debajo de una palmera, quisiera sacudir la arena de un crayón y sentarme a escribir.

Escribir porque llegué a esa isleta a cicatrizar. Es un lunar de mar especial, donde la fantasía se amolda según mis intereses.

Tomaría algún papelillo arremolinado y escribiría sin concesiones, sin métrica ni exigencia, pero el resultado sería perfecto.

Escribiría las instrucciones para la pintura que nunca crearé.

Sería la culminación de mi sueño, uno que, sin importar sus clichés, sobrepasa cualquier deseo que podría capturar.

Al despertar, recuerdo todo. Busco un lienzo y crearía.

Las imágenes fluyen.

La primera aparece deliberadamente. Fue un recuerdo que había desterrado y hoy regresó del exilio en el baño de mis abuelos.

Cuando tiré de la cadena, lo recordé. No sé hace cuántos años fue, pero estaba sentado en esa rueda de escusado cuando recibí una llamada. Michelle se llamaba.

No le había dado mi número. Supongo que mi profesor de guitarra se lo dio.

Solo alcanzo a recordar que, al ser un niño que no frecuentaba hablar por teléfono, olvidó el eco que produce el baño y tiré de la cadena mientras hablábamos. Qué pena.

Cuando nos vimos muchísimos años después, casi no la reconocí. Era una muchacha cambiada. Una guitarra más grande colgaba de sus hombros y una sonrisa tremenda la dotaba de cierto grado de belleza.

Así se reducen mis recuerdos de Michelle, algo que no es completamente nuevo. Usualmente, mis recuerdos de infancia no son corroborados por mi familia. Parecen llegar de un mundo de sueños.

Hubo una vez que le dije a un compañero de la escuela (cuya cara aparece garabateada en mi memoria) que yo “sentía que hasta después de segundo grado comencé a vivir”.

No tengo idea de su respuesta, pero sí tengo la certeza de que todas mis memorias que anteceden mis ocho años aparecen difuminadas. Sentía que yo nada más flotaba sobre las tablas de madera de la Buenaventura Corrales.

Eso no implica que todo el disco duro no funcione: recuerdo los sándwiches de queso, los abrazos amorosos, las caminatas a la barbería y los billetes de mil para paseos a la playa que mis familiares ya fallecidos me regalaban clandestinamente.

Quisiera dibujar todo eso en el lienzo. Cuando apoyo mi mano sobre el caballete, recuerdo que no sé dibujar. Recuerdo que apenas y tengo letras legibles.

Nadie me enseñó a dibujar. Nadie en el colegio supo decirme qué hacía mal.

Un día, en la clase de artes plásticas, las cosas fueron más allá de no saber dibujar. Mi proyecto se cayó al suelo. Las témperas hicieron un charco debajo de mis pies.

Tuve que salir de inmediato a la conserje. Nadie aparecía. Tenía quince años y me sentí como un niño de cuatro.

Busqué el trapeador por cuenta propia. Llegué al recinto de limpieza y cuando tomé los utensilios, supe que no quería regresar.

Si fuera un actor en una película, la cámara hubiera girado en círculos alrededor de mí.

Lo decidí. Cerré la puerta del recinto de limpieza. Fue la ocasión que estuve más cerca de llorar en público por primera vez, no por un estúpido proyecto del cual yo sabía que no estaba hecho para hacerlo, sino porque nadie me ayudó.

Allí encerrado, visioné las risas malignas que me habían acompañado esos días, de la mano de la desidia de profesores que, de la misma manera que no me ayudaron a tomar un pincel y pintar una caja, no detendrían el tren de problemas que se me venía encima.

¿Cómo dibujo eso? ¿Cómo perdonar y hacer catarsis sin ser tan explícito?

Reviento las brochas contra la pared.

Cierro los ojos y, sin dormirme, vuelvo a pensar en Michelle.

¿Qué será de ella? ¿Habrá escrito canciones sanadoras? ¿Habrá abandonado su gran guitarra para visitar libros de leyes o medicina?

He olvidado una parte importante de nuestro último encuentro.

Cuando la vi con su sonrisa y su voz alejada de los tonos infantiles, sentí que había vivido más que yo, a pesar de que nací antes.

Sentí un velo de luces a su alrededor. Sentí la oscuridad apropiándose más de mí.

Apenas y la había saludado pero fue suficiente. Aquí estoy, pensando en ella en año nuevo.

Ya las bombetas desaparecieron. Ya Toby volvió a su sueño.

Yo, sigo imaginando qué hubiera sido de mí si supiera pintar. Si hubiera conversado un poco más con Michelle.

Sigo imaginando si supiera cómo llegar a esa isla que no existe más que en mis fantasías.

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