La historia de un puma que aprendió a llorar

Cuando Genaro Fessia despertó de la cirugía tenía las manos hechas un bollo, la pierna derecha sin movilidad y a la izquierda no la sentía. La mitad de su abdomen estaba hinchado, como si nunca hubiese movido un músculo. Todo su organismo andaba mal. Todo. Lo único que funcionaba bien era su cabeza. El médico nunca supo lo que pasó en el quirófano.

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Genaro Fessia es un tipo de pocas palabras, se le nota, cuando le pido que me cuente de sus inicios en el rugby tiene la capacidad de relatar casi 10 años de vida en unas 100 palabras. Cuenta que su primera experiencia fue a los 4 años, y que no llegó a terminar el primer entrenamiento porque lo tacklearon y no quiso seguir. Volvió después de 2 años, y aunque le costó un poco, se enganchó. No tiene muchos recuerdos de esa época, sólo por cosas que le fueron contando. Reconoce que cada vez que jugaba, cuando se caía al piso estaba dos horas sacándose la tierra y subiéndose las medias mientras el partido seguía. Dice que se volvió “ovalado” cerca de los 12 años, cuando con su hermano Francisco veían todos los partidos, se tomaban las formaciones de los equipos y pegaban en su habitación cada póster de rugby que salía en el Gráfico “porque era en el único lugar en ese momento donde había algo de rugby”.

A los 16 empezó a tomarse un poco más en serio lo del entrenamiento, y por recomendación del Peny (Fernando Herrera, entrenador de CAC) arrancó en el gimnasio.

“Entrené la división de Genaro porque muy pocos la querían, eran bastante malos… Él era un chico normal, muy flaquito, su mayor virtud era que no faltaba a entrenamiento. Cómo se entrenaba tanto llegó a donde llegó. Si fallaba en agarrar la pelota, lo entrenaba y si tackleaba, aunque le doliera, se levantaba y volvía a tacklear y así… se recuperaba fácilmente de las situaciones”, me dice Peny cuando le pregunto cómo recuerda los comienzos de Genaro.

Recién a los 18 se puso el objetivo de entrar a un seleccionado nacional. Y lo logró.

“La primera vez que me llaman yo era pendejazo, estaba manejando y me dice la mina: estás convocado. Y yo le digo: ‘¿pero estás segura que es a mi?’. ‘Sí, Genaro Fessia’, me dice. ‘Sí’, le digo, ‘¿pero estás segura?’. Como dos o tres veces le dije así”.

Jugó para el seleccionado de Córdoba, Provincias Argentinas (seleccionado de todas las provincias menos Buenos Aires), Argentina A (el ahora Jaguars), Sale Sharks y London Waps (clubes ingleses) y para el Barbarians Rugby Club, que -según páginas consultadas- es el club que reúne a los mejores jugadores de rugby, teniendo en cuenta no sólo la calidad de su juego, sino, sobre todo sus virtudes como persona.

Primer tiempo: Un mundial con sabor amargo

“Es muy gracioso. En mi vida deportiva en los años impares me iba muy bien y en los años pares, muy mal. Un amigo me lo hizo notar. Pero fue hasta el 2009, después se cortó”. En ese año fue convocado para integrar una gira por Argentina con Los Pumas y de ahí hasta el 2011 jugó todos los partidos de titular, salvo una gira que se lesionó la rodilla una semana antes.

“Después de ser el titular indiscutido 3 años, no me llevan al mundial. Pusieron al hijo de un dirigente y a otro guaso. Había que pagar favores”, expresa.

Recuerda que cuando dieron la lista de los que habían quedado para el Mundial del 2011 los llamaron a todos en medio de un entrenamiento. “La dicen (a la lista) por orden alfabético. Cuando empiezan las F, yo dije ‘acá me nombran’, y empiezan y me saltean. El negro Martín (Bustos Moyano, compañero de Genaro en el CAC) me dijo: ‘yo te vi cuando no te nombraron, cuando te saltean agachaste la cabeza y no la levantaste más hasta que te fuiste al vestuario’. Es más yo no me acuerdo qué pasa después, es como que no me nombran y no escuché más nada. Después leí la lista porque no sabía quién estaba”.

Lo que pasó después es historia conocida. Por la lesión de Álvaro Galindo, Genaro es convocado para jugar. Estando allá jugó tres partidos en los que, para él, lo pusieron para guardar algunos jugadores. “En los 3 partidos me llaman el viernes a la noche para decirme que jugaba. Me dijeron: ‘jugas mañana’. Y a todo esto, cuando vos no jugás, hacés de sparring, jugás siempre en el equipo rival, no practicás nunca con el equipo. Estás hecho bosta, hacés entrenamiento extra, tenés la cabeza en otro lado. Así que nada, volví y un bajón”.

Me confiesa, entre distraído (ya que de fondo se escucha el partido en el que Serena Williams perdió con Roberta Vinci) y decepcionado, que aún hoy sigue sin haber disfrutado el Mundial. “Por ahí de grande digo, bueno un mundial… qué se yo, pero no la pasé bien. No voy a hacer el acting de que lo disfrute si me pasó todo eso. Fue una cagada”.

Pero no fue el único que no lo disfrutó: Francisco, que habla con una admiración hacia su hermano que emociona, lo sufrió muchísimo. “Estaba ahí pero no te podés sacar el que pasó por un montón de cosas… así que no sé, lo veía, estaba ahí, pero por todo lo que pasó antes sentí una injusticia muy grande… Fue muy amargo todo… Él se ganó el puesto muy bien ganado (estuvo en Los Pumas desde 2007), logró un montón de cosas y no lo valoraron. Yo siento que no lo valoraron nunca… Entonces muchos dicen ‘qué bueno, logró un montón de cosas, llegó a lo más alto, a lo que todo el mundo quiere’, pero no de la forma que tendría que haber sido para mí… Es raro lo que se siente”.

Segundo tiempo: 18 de Julio de 2012.

“Te prometo llanto”. Eso fue lo que me dijo cuando, al término de la primera entrevista, le propuse hablar de su cirugía la próxima vez que nos juntáramos. No sólo fue lo que dijo, sino cómo lo dijo lo que más me impresionó. Porque ya en su promesa se le nota que todavía le dolía, no físicamente sino emocionalmente. Porque fue eso lo que le cambió la vida. Y sobre todo, porque me lo dijo con los ojos brillantes, haciendo fuerza para no llorar ahí. Cuando subí al auto me dí cuenta que yo estaba igual.

Al segundo encuentro llegó con su hija Carola.

Dio algunas notas después de la cirugía, ahí no lloró. “Yo lo veía como… no sé, como que no caía en lo que me había pasado, en la gravedad que tenía. Yo lo tomaba como una lesión más. Pensaba que con un poco de ganas se recuperaba. Pero la neurología es caprichosa porque por más energías que le pongas, vas a quedar como tu cuerpo quiera quedar, digamos. Es como que estoy cayendo ahora. Mucho mejor de lo que estoy no voy a quedar. Todos me dicen ‘bueno, pero podrías estar peor’… cuando hice la otra nota no lo tenía tan digerido, digamos”.

Después de un partido en Junio de 2012, donde salió con un dolor en el cuello más fuerte de lo habitual, decidió hacerse un estudio. “Me hice el estudio y me sale esto. Me dicen: ‘Mirá, es peligrosísimo para vivir, ni hablar para jugar que tengas el cuello así’”. Le dijeron que se tenía que operar, era una cirugía simple, sin mucho riesgo y que en poco tiempo ya iba a estar jugando de nuevo. Pero no se quedó sólo con esa opinión, hizo seis interconsultas más. En todas le sugirieron lo mismo.

La lesión de Genaro era una Mielopatía o Síndrome Cervical debido a una degeneración del disco entre las vértebras, los huesos se van uniendo entre sí generando que el canal medular se disminuya. Si bien la cirugía puede sonar complicada porque se reemplaza ese disco por un Cage (prótesis de titanio o peek), no suele tener grandes complicaciones.

Confiando en eso, decidió operarse en Córdoba, así podía volver al otro día a su casa.

Cuando se despertó de la anestesia, se dio cuenta que algo andaba mal, su cuerpo no era el mismo con el que había entrado al quirófano. Lo único que funcionaba bien era su cabeza. El Dr Marcos Georget y su equipo nunca supieron lo que pasó, y para Genaro hasta el día de hoy, si le preguntara todavía no sabrían qué responder.

La complicación que tuvo se llama Síndrome de Brown Sequard. Éste es un cuadro clínico poco frecuente con síntomas de hemisección medular lo que le trae secuelas a nivel sensitivo, razón por la que no podía sentir sus extremidades

“Yo lo viví como rápido, digamos, por lo que él nos contaba… Yo te hablo de lo que me acuerdo, nunca fue nada grave, que la operación estaba en una zona complicada pero que era fácil, que muchos jugadores de rugby se habían operado eso… No me acuerdo puntualmente como me enteré, fue todo muy confuso. Pasó el tiempo y como que nos íbamos enterando cada vez más … Te vuelvo a decir, yo nunca supe exactamente qué fue lo que pasó. No nos dijeron que no podía mover las piernas por ejemplo, nos enteramos que algo había salido mal, como que eso quedó ahí en la sala, a nosotros no nos quisieron decir”, recuerda su hermano.

Pasaron un par de días, entre ellos su cumpleaños. Lo “festejó” en la clínica, junto a su mujer Ángeles, sus padres, su hermano y su cuñada. Después de eso, pidió irse. Se fue a la casa de sus padres, porque no podía valerse por sus propios medios, y Ángeles tenía que trabajar. “Yo no podía hacer nada pero lo hacía lo mismo. No podía agarrar una taza pero me buscaba la forma de poder agarrarla. No es que me relajé. Tenía que ir al baño que estaba a 5 metros y era como vos ahora decir ‘me tengo que ir hasta Mendiolaza al baño’. Bueno, era ese esfuerzo el que tenía que hacer. Es muy raro de explicar, era como que el cuerpo me pesaba mil kilos, no lo podía mover. Me decían ‘vení que te ayudo’, y yo quería ir solo… o sea, si me caigo, me caigo. Estuve 10 días en lo de mis viejos pero me harté y les dije ‘vamos a mi casa y me las arreglo’”.

Después de cinco meses de ir todos los días, entre tres y cuatro horas, aprendió a correr de nuevo. Dice que no puede explicar el esfuerzo que le implicaba todo eso y que su primer gran proeza fue llegar a la casa de su amigo Tomás, que vivía a dos cuadras. “No sabes lo que me costó, debo haber demorado como 25 minutos”, recuerda.

Tercer tiempo: Siempre se vuelve al primer amor

Una de las mayores decepciones de Genaro fue ver cómo se comportaron los técnicos, jugadores y dirigentes de la UAR. “Muy flojo, nunca se comunicaron conmigo. Entrenadores que hace 10 años que estoy entrenando con ellos en distintos seleccionados o distintas giras… Los únicos que me llamaron fueron los Preparadores Físicos. De los jugadores, muy pocos se comunicaron, esa fue una gran decepción”.

Hizo toda la rehabilitación y como todavía estaba contratado por la Unión Argentina de Rugby, debía volver a entrenar.

Según Peny, “uno acepta la incapacidad de moverse cuando realmente la justifica o cuando estás preparado para eso, y él no estaba preparado para nada… y más en el nivel de él, que todo pasaba por lo físico…Imagínate pasar, en 4 o 5 meses, de ser el mejor atléticamente a ser el peor, o sea, a no poder ni siquiera caminar bien… y decí que él tiene una fortaleza en todo sentido que lo llevó a mejorar algo que a cualquier otro lo hubiese dejado en una cama sin ningún otra posibilidad”.

Y mejoró tanto, que un día pudo volver a jugar. “Volví a jugar un año después, bastante rápido… y no estaba como ahora, ahora estoy mucho mejor. El volver a jugar fue para adaptarme a mi nuevo cuerpo y sacarme las ganas de decir ‘bueno, me retiré porque yo quiero y no porque la lesión me lo impidió’”.

Para Francisco, uno de los momentos que más lo emocionó fue cuando Genaro volvió a jugar al rugby después de todo lo que le pasó. “Me acuerdo que me escondí en la tribuna y me largué a llorar. Fue emocionante verlo ahí, porque parecía un viejito de cien años”.

Hay algo en común entre ellos tres: Genaro, Francisco y Peny hablan entrecortado, como si les costara, o en realidad como si le doliera a ellos también.

“No lloré, estoy chocho”, esboza Genaro al despedirse. Y si bien dicen que una herida cerró cuando al hablar de ella se lo hace sin llorar, no sé si podría ser yo quien asegure que la cicatriz ya se conformó. Pero sí puedo ser testigo de que quizá su hija Carola, presente durante toda la entrevista, fue la representación del amor que hizo que él no llore más.

Última actualización 24/11/15