Nadie sabe dónde va. Solo disfruta el viaje

Dame cinco segundos. Solo cinco, pero que sean de verdad. Déjame mirarte a los ojos. Aquí.

Adolescencia: fiesta, drama y alcohol.

Qué difícil es ser adolescente, principalmente porque crees saberlo todo y en realidad no tienes ni idea de nada. Tu escala de prioridades se encuentra patas arriba y crees que el universo conspira en tu contra para fastidiarte tus planes, aunque estos no vayan más allá de salir de fiesta un viernes. Al menos, así me sentía yo.

Los años de instituto fueron raros, básicamente porque hacíamos cosas raras. Recuerdo la moda de «los golosetes» que consistían en restregar la cara de alguien por tu entrepierna (sin comentarios), o la época de los «comiste» en las que la víctima caía en la trampa de mirar tu mano mientras hacías el gesto que hacen los italianos cuando quieren enfatizar algo. Un jodido sinsentido.

El instituto es un gran campo de entrenamiento para todo lo que vendrá después. Condensa todas las interacciones sociales posibles en un recinto cerrado y de la forma más brutal que pueda haber; no nos engañemos… entre los 12 y los 18 años, somos unos hijos de puta en muchas ocasiones. Así se forman grupos de afinidad: los guays, los frikis, las bolleras, los gays, las pestuzas, etc. y demás combinaciones de los mismos elementos, todos revueltos y separados a la vez.

Pese a todo, guardo un buen recuerdo de esos años. Todos recordaremos el fiestón que montamos en aquella residencia de mala muerte de Aranda de Duero, o la discoteca con más prostitutas por metro cuadrado de todo Praga, o la bombas de salfuman que en alguna ocasión estuvieron cerca de provocar una desgracia…

Lección 7: Hay una edad y una etapa para todo. No corras, vive lo que te toca vivir y disfruta cada cucharada.

Pero si el instituto me enseñó algo fue a entender el poder de las palabras y las ideas. Eso sí, lo aprendí por la vía dura. En nuestro querido «tuto» había una revista mensual en la que los alumnos que querían expresarse podían hacerlo. A mí no me gustaba especialmente escribir pero sí que siempre me esforcé por hacerlo de la mejor forma posible por consejo de mi padre (años más tarde me daría cuenta de la razón que tenía). En clase de literatura, el profesor nos obligaba a redactar todas las semanas sobre algún tema; era una buena forma de practicar y de obligarnos a pensar. Uno de los temas que surgió fue la educación, el esfuerzo y los resultados académicos. No sé qué habría tomado aquel día pero me salió una redacción incendiaria, a la altura de cualquier anarquista de 16 años, de esas que cuando pones el último punto sabes que lo que recoge ese papel removerá conciencias. Lo que nos sabía cuándo posé el boli en la mesa es que el profesor decidiría sin preguntar a nadie (a mí no me preguntó) que aquel artículo debía ser publicado en la dicho revista.

Y se lió. Se lió una buena. Buena de verdad. Allí habia mierda para rato: desde la Consejeria de Educación de la Comunidad de Madrid a los propios alumnos. El sistema no funciona, pero no por una causa única. Es un problema que implica a todas las partes participantes. Algunos profesores se tomaron el artículo de una forma constructiva; entendieron que solo pretendía ser un acicate para las conciencias dormidas. Otros no tan bien, y su actitud hacia mi cambió, aunque afortunadamente no tomaron represarilias academicas de ningún tipo.

En una parte del dicho artículo se mencionaba a los grupos de diversificación: grupos de alumnos que por el motivo que sea tienen mas problemas para aprobar que el resto. Mi opinión siempre ha sido la misma y no ha cambiado. Creo que separar a aquellos alumnos que van mas retrasados es contrarpoducente y solo empeora el problema. Sólo son una víctima mas de las malas decisiones de políticos que no entienden la educación pública porque sus hijos e hijas van a colegios privados al margen de la realidad mayoritaria de nuestro pais.

Una o dos semanas mas tardes de que el artículo se publicara, estando de botellón como cualquier otro viernes, un grupo de compañeros de diversificación con un par de copas de más se me acercó de forma no muy amistosa. Sin entrar en mas detalles, y sin que la cosa pasara de ser una conversación acalorada, puedo decir que aún recuerdo el odio en sus palabras. Y todo fue fruto de una mala interpretación. Como luego pude explicar a muchos de ellos, mi única intención fue presentarles como víctimas y nunca como culpables. Siempre habrá gente que no quiera entender y que buscará cualquier excusa para ponerte la proa.

Aquello fue un punto de inflexión. Mis opiniones desde entonces han sido sobretodo para mi y solo en ocasiones contadas las comparto. No es que cogiera miedo; simplemente me dí cuenta del poder que tiene la tinta y el papel, y de lo peligrosas que pueden ser las ideas cuando caen en las manos equivocadas.

Lección 8: Las ideas cambian el mundo. No menosprecies su poder y cultiva tu capacidad para crearlas, cada día.

13 años tenía cuando porbé el alcohol por primera vez. Es lo que tiene ser el pequeño entre los primos mas mayores. De nuevo, aprendí rápido. Y enseñé rápido a mis amigos. Botellines de cerveza sin abridor al lado del Centro de Salud; si la cosa se nos iba de las manos, teníamos al médico cerca.

Han pasado años y aún no puedo ni oler el Beefeater. Primera gran borrachera, de las que dejan lagunas y no tienes ni idea de como llegaste a casa. Con su correspondiente resaca de dos dias y ganas de morir con solo levantarse de la cama. Hay que pasar por ello, no hay mas. Lecciones que tienes que sufrir en tus propias carnes. Medallas de la vergüenza necesarias para pasar página y avanzar.

Lección 9: No digas con dos copas cosas que no tendrias coraje de decir sin ellas. Si no puedes cumplir con esto, no bebas.