27 de julio
Bebí el café con calma esperando la salida del sol. Cuando amaneció bajé a comprar cigarros, pasando entre improvisadas trincheras de bambú y mecates sucios. A las siete de la mañana llovía un poco y en la avenida sólo se veían perros famélico hurgando entre la basura y los escombros — ésta ciudad parece un campo de batalla —
Mientras caminaba sabiendo que no encontraría lo que buscaba, pensé en los libros que dejé guardados en un estante del laboratorio donde trabajé hasta hace exactamente un mes, a más de seis mil kilómetros de esta ciudad que alguna vez fue pintoresca.
Vuelvo con las manos vacías y la misma necesidad de “no sé qué cosa” con la que me fui a dormir.
Ella me dice que quiere regalarme una macetita con un cactus — yo sonrío sintiéndome vagamente dichoso — pero que no sabe si quizás me moleste.
— ¿Por qué habría de molestarme?
— No sé, quizá te moleste el hecho de que no puedas llevarlo contigo.
— A veces lo olvido…
— Por eso no he sabido si dártelo.
— No quisiera tener que irme.
— Lo sé.
Abajo ya se escuchan algunas detonaciones que me devuelven al día a día.
¿Ella de verdad lo sabe?
