5 de septiembre

Siempre despierto pensando en lo que siento. Es como si al salir del sueño, mi cerebro se afanara en repasar rostros, voces, textos, canciones, olores… Sí, a veces me llega el aroma de las flores de jazmín o un suave olor a patilla y tierra mojada. Cuando era niño despertaba sintiendo el perfume de mi abuela, aún me pasa (aunque con menos frecuencia) y lo agradezco.

Quizás esa memoria olfativa sea lo que me conecta con ese yo primitivo y lleno de vida, ese que se refugia entre libros, artículos científicos y modelos matemáticos.

Ayer murió alguien conocido y apreciado, murió lejos de su hogar, de los suyos, de su patria. Yo mismo que viví el exilio pienso en la muerte como algo distante, algo que no debe pasar lejos de casa. ¿Casa? para mí estar en casa es estar rodeado de seres verdaderamente queridos.

Esa noticia nefasta me ha hecho despertar pensando en dos cosas. La primera es todo el conjunto de razones que tuve para haber vuelto, razones que hace al principio parecían completamente descabelladas, pero que dos meses después comienzan a tener forma, así como las razones por las cuales aún he decidido quedarme un poco más, las he dicho.

La segunda es la felicidad, ese estado sobrio de serenidad medianamente estable, donde me olvido de todo lo que está mal a mi alrededor y es, como si la ansiedad que me habita día tras día se tomara un descanso o una tregua. Después de treinta años he aprendido a entenderla como un estado leve, distante de esa euforia con que la confundía a mis veinte. Definitivamente, después de tantos años de convivir con ataques de ansiedad, comencé a valorar esos momentos de respiración pausada, de cafés mirando las montañas, de conversaciones con mis padres, de tardes de tragos con muy pocos amigos.

No sé nada de mañana, de cuanto me queda, si estaré aquí o en otro lado o simplemente no estaré.

Ahora estoy, eso debería bastar.
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