Odio malo y odio bueno

Ignacio Garrido
Aug 26, 2017 · 3 min read

No más odio, que con uno basta. La manifestación del veintiséis de agosto, bautizada con el difuso lema ‘no tenemos miedo’, transcurrió según lo previsto y no dejó lugar a las sorpresas. No lo hizo, porque se esperaba que se moviese entre la digna condena de una mayoría silenciosa y la vomitiva inmundicia de una minoría inmoral, provinciana y utilitarista; utilitarios, obviamente, a la hora de instrumentalizar a los muertos para avivar el fuego de su delirio nacionalista. Decían estos últimos, días antes, que la marcha no la podían encabezar el Rey ni las fuerzas políticas del Estado español, sino que debían hacerlo los héroes sin nombre de aquel fatídico diecisiete de agosto. Reivindicación razonable tirada por la borda a la hora de la verdad, cuando decidieron llevar a cabo su incoherente performance en segunda fila (¡qué remedio, si vinieron todos pese a la hostilidad!): un show de esteladas al aire resumido en un orgulloso “vuestras políticas son nuestros muertos”, que señalaba directamente a gobernantes y Jefe del Estado por medio de la falacia saudita. Y tras ese mar de banderitas y cartulinas delirantes (“ni yihad ni cruzadas”, “Felipe VI, traficante de armas”, “ni atropellos ni bombardeos”…), las personas, invisibles desde el frontal. Sin apenas banderas ni consignas políticas, sencillamente condenando el terror y el odio. El odio asesino, claro, porque el otro se quedó en la fatídica segunda fila. Y es que esa reivindicación del protagonismo de los héroes sin nombre, lógica a priori, no era honesta ni bienintencionada, aunque esto no pille a nadie por sorpresa. Al fin y al cabo, todo se reducía a una cuestión política. Lo que sus palabras no dejaban ver acabó siendo delatado por sus actos. Convertir el duelo en un rally indepe, en un siniestro tour de force catalanista fue siempre el primer y único objetivo de unos cuantos. Las pancartas anti-Rajoy y antimonárquicas masivamente impresas y repartidas antes del acto así lo atestiguan. También las pitadas, la contramanifestación (contra el atentado yihadista, se supone, aunque olvidara mencionar al yihadismo) y el ruido. Un ruido que el recuerdo del silencio en las manifestaciones tras el 11-M convirtió en atronador y vergonzante. El ruido, al fin y al cabo, que produce la unión al hacerse añicos. Porque ese odio cínicamente denostado en la manifestación no logró, gracias al empeño de algunos, arrastrar consigo al odio contra el enemigo sempiterno: el Estado español. Odios de primera y odios de segunda, unos lógicamente repelidos y otros abyectamente afianzados. Y, en medio, las víctimas, sus familiares, sus amigos, sus compatriotas… desolados. @Marzulnys2, usuaria de Twitter, les puso rostro: “Ok. Como veo no es una manifestación por las víctimas. Yo recordar a mi compatriota Ian Moore Wilson asesinado por islamistas en Barcelona”. Qué pena que ese fuese el retrato de la tarde. Porque más allá de las banderas, una marea de gente quiso recordar a los fallecidos, quiso mostrar su más enérgica condena. “Estoy aquí contra el terrorismo”, decía una mujer. “La comunitat pakistanesa de Barcelona condemna el terrorisme”, rezaba el cartel de otro hombre. Proclamas lógicas. Gritos en silencio acallados por unas reivindicaciones que nunca tuvieron cabida y que difícilmente podrán tener perdón.

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    Ignacio Garrido

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    Estudio Derecho en @InfoUma.

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