El ascensor ◇

Todos los días al llegar al edificio en donde vivo, subo las escaleras hasta el piso tercero y camino hasta mi apartamento, el C2. Pero un día, por casualidad, hice otra elección. Tomé el ascensor. Hacía mucho tiempo no lo hacía por mi fobia a los espacios cerrados y pequeños, pero estaba decidido a enfrentar mis miedos. Además, nada malo podía pasar.

Mientras esperaba que el ascensor bajara desde el quinto piso, miré mi reloj que marcaba las 14.33 horas. Se abrieron las puertas y entré, detrás de mí subió un hombre de unos cincuentitantos años, de un metro noventa y dos aproximadamente que llevaba un sobretodo color gris oscuro y lentes de sol, tenía aspecto de circunspecto y facciones taciturnas.

Ambos subíamos al tercer piso. Todo iba bastante bien, pero a medida que nos acercábamos a nuestro destino, yo sentía que el elevador se hacía cada vez más angosto y comenzaba a faltarme el aire, las manos y la frente me sudaban y mis latidos se aceleraban.

En mis adentros imploraba a Dios, si es que existe y si es que le impotamos, que me sacara de allí. Estaba ebrio de pensamientos absurdos. Nunca iba a poder salir de allí, iba a asfixiarme, esas paredes iba a apretujarme hasta que mis intestinos me salieran por la boca y mis globos oculares se reventaran y mancharan todo con sangre.

Estaba aturdido, mareado, a punto de desmayarme, todo en mi cuerpo estaba temblando, desde las puntas de mis pies hasta el último cabello de mi cabeza.

Me propuse tranquilizarme y respirar hondo, pero si lo hacía el aire se acababa el doble de rápido.

Veía que el hombre estaba muy tranquilo esperando que el elevador ascendiera hasta el piso tres y pensaba en mil maneras de matarlo ahí adentro porque el oxígeno que quedaba no era suficiente para los dos. Uno debía morir.

Sentía que en menos de diez segundos caía desmayado al piso, me golpeaba la cabeza y expiraba en el momento. No se me ocurrió una muerte menos digna que esa. Entonces pensé en sentarme pero no tenía la fuerza necesaria para hacerlo, mis piernas estaban hechas de plastilina y experimentaba una sensación de licuación en mis miembros inferiores muy anormal.

Percibía estar encerrado dentro de mi propio cuerpo, mi propia piel me asfixiaba, mi propio cuero estaba hermético, mi propio organismo me tenía cautivo.

De pronto escuché un pequeño timbre que anunciaba que habíamos llegado a destino. Cuando salí de ese lugar, sin antes haber golpeado bruscamente mi brazo con el del hombre, me sentía muy tranquilo. Nunca antes me había sentido tan libre.

Miré el reloj. 14.35 horas.

Desde ese momento decidí nunca más volver a entrar en un ascensor. Uso las escaleras, dicen que es más sano.