De Manchester a Martínez Trueba. A Gallagher’s tale.

G_Caulfield
Nov 7 · 12 min read

Ernest Gallagher nació una tarde de verano de 1957; en Manchester, UK.
El pequeño Ernie era el consentido de sus padres - Peggy y Tommy; le encantaba jugar a la pelota, pasear en su triciclo y escuchar las canciones que su papá entonaba en la guitarra.
Todo era risas y juegos, hasta que su padre reemplazó la música por el alcohol, borrando la ilusión del rostro de Ernie a fuerza de gritos y sacudones.
Unos días antes de su cumpleaños numero 10, Ernie recibió un regalo que prometía solucionar todos los problemas: un hermano. En mayo del 67, Noel nació y nuestro pequeño protagonista asumió la responsabilidad de cuidarlo y enseñarle la buena vida de la Gran Bretaña en plena explosión del hippismo.
Pero el slogan de paz y amor no fue la solución para esta familia, que aún sufría las recaídas de un patriarca alcohólico. Noel, de 5 años, ya era víctima de sus ataques de furia cuando la llegada de un nuevo hermano al clan Gallagher completó el hogar disfuncional: el bebé Liam era el protegido de Peggy y prometía ser la excusa para la inminente separación entre ella y Tommy; pero otros cuatro años de tortura fueron necesarios antes de que pidiera el divorcio. Y 6 más antes de que se atreviera a largarse.
Para cuando los tres hermanos y su madre partieron en búsqueda de un nuevo comienzo, Ernest ya era un joven adulto. Con 23 años y sin una vocación clara, se aferró al mejor recuerdo que tenía de su progenitor: la música.
Con el dinero ahorrado de su trabajo de verano en la cafetería local, Ernie compró su primera guitarra; para descubrir decepcionado que el instrumento era más difícil de lo que parecía - y las lecciones demasiado costosas para sus ingresos.

"Aprender a tocar la guitarra sin un profesor es imposible" - se dijo a si mismo, dejando atrás una nueva ilusión.
Pero donde Ernie veía perdida, su hermano Noel encontró una oportunidad. Las cuerdas bailaban con naturalidad entre sus dedos, que encontraban los acordes como si los recordaran de otra vida. Consiguió revistas que enseñaban música por correspondencia - descartadas por sus vecinos - y comenzó a practicar con la guitarra de su hermano en cada momento libre que encontró. Pronto se corrió la voz en el pueblo: el Gallagher del medio era un prodigio de la música.
Liam siempre había resentido a su hermano mayor, quien parecía eludir con mayor frecuencia la ira de su padre en las noches de borrachera, por lo que la popularidad de Noel no le hizo la menor gracia. En un principio, la música no le importaba. Se divertía robando coches y siendo el rebelde del trío de hermanos. Pero la curiosidad ganó la partida y Liam terminó estudiando en secreto los movimientos de Noel en la guitarra, para replicarlos en cada momento en que su hermano salía, dejando el instrumento atrás.
Fue así que descubrió - no sólo su pasión por el rap - sino que el talento musical era hereditario.
Peggy no lograba contener su emoción. Corrían los años ochenta y los Gallagher se presentaban en eventos escolares, fiestas de caridad y cuanto evento los convocara. Al principio actuaban por separado, pero alguien sugirió una banda de hermanos por lo que los menores limaron asperezas e invitaron a Ernie a formar parte, apenas rasgueando una guitarra rítmica o aportando profundidad a los coros. Aunque pronto, sus hermanos señalaron lo obvio: no tenía suficiente talento.
Triste y un poco celoso del éxito fraternal, Ernie recurrió a su madre por un consejo. Pero Peggy, herida por años de abuso y obnubilada ante la perspectiva de una vida de lujos a costa del talento de sus hijos; temió que los celos de su primogénito terminaran con el proyecto de sus otros niños. Decidida a hacer lo necesario para evitar que Ernie arruinara todo; contactó a unos amigos en Sudamérica, oriundos de un pequeño país llamado Uruguay: Manuel y Susana. Se habían conocido en el festival de Monterrey en 1967 y sabía que ellos - quienes seguían con fervor via epistolar la carrera ascendente de Noel y Liam, entenderían más que nadie su preocupación.
Pronto todo estaba arreglado. Ernest partiría en unas vacaciones exóticas por un mes completo, mientras sus hermanos realizaban su primer gira por el Reino Unido. Volvería de Uruguay con un proyecto a futuro y las energías renovadas. Era justo lo que necesitaba para reorganizar su vida, por lo que juntó sus cosas y fue camino a la aventura.
Su madre lo despidió en el aeropuerto, dándole una carta con claras instrucciones: solo podría leerla luego del despegue. Y así subió Ernie al avión, nuevamente la ilusión en su rostro, una melodía fuera de tono en su mente y una carta de amor maternal en su mano. Ya sobre las nubes, las palabras escritas en la caótica caligrafía de Penny lo atravezaron como el puñal menos pensado.
Estas no eran unas simples vacaciones. Era el comienzo de su nueva vida, lejos de Manchester, de sus hermanos y de su madre. Ni siquiera sería más un Gallagher, sino que debería adoptar el apellido de quienes lo esperaban en Montevideo: los Talvi. No podría contactar nuevamente a su familia, a menos que alcanzara un éxito equiparable al de sus hermanos.

"Eres la sombra negra de fracaso que busca oscurecer la carrera de tus hermanos. Sé alguien, o no volverás a vernos" escribió Penny, con el nivel de crueldad que solo motiva la codicia.
Poco se puede decir del primer año de Ernie - ahora Ernesto - en Montevideo. Descartado por su madre y sumido en una angustia irrevocable, despojado de identidad, forzado a convivir con una familia que desconocía; solo salía de su cuarto en el altillo para estudiar español y así poder valerse por si mismo.
Todas las mañanas se proponía aprender una palabra nueva y todas las noches la anotaba en su cuaderno. Antes de cerrarlo, abría la última página y repasaba la lista tachoneada y repleta de anotaciones que tanto le obsesionaba: posibles caminos al éxito – y por ende – a sus hermanos.
Ernesto estaba convencido de que a su madre la cegaba la perspectiva de una fortuna, pero creía que sus hermanos eran ajenos al macabro plan de Peggy. El tenía que encontrarlos y explicarles que no había decidido irse, que todo aquello era un engaño.
Comenzó a dar clases de Inglés para hacerse del dinero necesario para un pasaje. Su primer plan era viajar a Manchester, tocar la puerta de su antigua casa y narrarle los echos a Noel y Liam. Poco tardaría en enterarse – mediante cartas entre Penny y los Talvi – su hogar ya no alojaba a su familia. Y la fama de sus hermanos alcanzaba límites insospechados.
A nadie contó su historia en aquellos primeros años en Montevideo; ni siquiera cuando sus compañeros de la carrera de Economía (a la que había ingresado tras decidir que su talento eran los números) se cuestionaban su extraño acento al hablar español. Tampoco a sus colegas, maravillados con su fluidez para el inglés.
“¡Vos no podés ser uruguayo, Ernesto!” - le repetían sus alumnos.
Ernesto, tímido, se sonreía y mascullaba que sus padres (Manuel y Susana) eran inmigrantes. Que abundaban los acentos en su casa. Que escuchaba mucha música en inglés y eso ayudaba.
Esto último no era del todo mentira. Entre funciones, ecuaciones y teorías económicas, en la casa de los Talvi solo se escuchaban los mismos 11 temas. Corría el mes de Enero de 1995 y Definitely Maybe, el primer disco de Oasis, había llegado a Uruguay.
Ernesto lo escuchaba con suma concentración, reconociendo riffs y letras que había visto crear. Sus hermanos llegaban a la fama y el no podía atestiguar su gloria. Fue tanta su obsesión con el álbum que la cassettera de Manuel se quemó por el uso.
Ese Febrero logró aprobar a duras penas las materias que le quedaban y se recibió. Al festejo solo fueron los Talvi e Isabel, una chica española que había empezado a frecuentar.
Fue por esa época que Manuel y Susana decidieron mudarse a Cabo Polonio, un pueblito pesquero donde soñaban establecer una comunidad hippie. Ernesto los acompañó hasta ahí y se enamoró de las postales marítimas del lugar, que lo inspiraron como nada antes. Tras horas de viaje y al volver a su ahora solitaria casa en Montevideo, escribió en su cuaderno una nueva alternativa: si los números no eran su ticket de salida, quería pintar.
El 95 llegó a su fin en plena ola creativa del joven devenido en artista. Por las mañanas trabajaba en el Banco Central del Uruguay. Por las tardes, esquivaba la insistencia de Isabel que reclamaba no ser la protagonista de sus cuadros. Pero Ernie solo quería pintar el mar.
Las costas de Cabo Polonio habían removido recuerdos que creía olvidados, las olas de Brighton en sus últimas vacaciones como familia. Ese verano su padre había dejado de beber, al menos por unas horas, y decidió llevar a Peggy y sus tres hijos a la playa. Al caer la tarde, su madre inmortalizó el momento con una fotografía. La misma que Ernesto llevaba siempre en su billetera, cuidadoso de que nadie más la viera.
Los Talvi consiguieron el contacto de un artista en Punta Ballena y allí fue Ernesto a exponer sus pinturas. No eran lo suficientemente buenas, decretó el aclamado pintor, y Ernie no volvió a tocar pincel en su vida.
Los 90 comenzaban a despedirse, dejando un retrogusto a conformismo en la boca del inglés. Una boda, una mudanza, un nacimiento y una luz de esperanza: Oasis se presentaba por primera vez en Argentina en marzo de 1998. Isabel no entendía la obsesión de su marido con la banda.
“Acabamos de tener un hijo Ernesto, ¿ahora te tenés que ir a Buenos Aires a ver a esta gente? ¡Nunca fuiste a un concierto de rock!”
Pero a pesar de la insistencia de su mujer, Ernie veía el reencuentro con sus hermanos más cerca que nunca, y así llegó al Luna Park, con la esperanza en los bolsillos.
Ver a sus hermanos sobre el escenario marcó un antes y un después en su personalidad. El suelo vibraba con la fuerza de cada canción y, aunque a Ernie le pareció hacer contacto visual con el pequeño Liam durante Don’t Look Back in Anger; no hubo abrazos ni lágrimas de reencuentro. En si, no hubo reencuentro.
El hermano exiliado esperó a los suyos a la salida del show, pero salieron escoltados por seguridad. Incluso averiguó dónde se hospedaban e hizo vigilia toda la noche en la puerta del hotel. Pero nadie salió a recibirlo.
“¡Los Gallagher en Buenos Aires!” rezaba el titular de la Revista Gente, único souvenir que Ernesto conservó de su viaje. Aún lo tiene, en el tercer cajón de su escritorio de roble.
De vuelta en Montevideo, ese escritorio pasó a formar parte de un ritual sagrado: noche tras noche; y luego de cenar con su familia, el economista se encerraba en su oficina a trabajar. Si los números eran lo suyo, había decidido, lograría formular un modelo económico revolucionario con el cual alcanzar un éxito rotundo. No sería un rockstar, pero con libros dedicados a estudiar su teoría, universidades incluyéndola en su currícula y países enteros adoptando su propuesta; seguro lograría volver a sus hermanos. Esta vez, no tendrían manera de ignorarlo entre la marea de gente. Esta vez – se prometió – serían ellos quienes lo reconocieran en la portada de una revista.
Llegaron los 2000 y con el nuevo milenio, una crisis azotó Uruguay. Con un segundo hijo en camino y sintiéndose más uruguayo que nunca, Ernie ofreció su mirada experta al Partido Colorado – quienes bajo el mando del Doctor Jorge Batlle, gobernaban el país. Ese fue el primer acercamiento del inglés a la política, asumiendo un rol activo en una sociedad que ya sentía propia.
Mientras tanto, en Europa y cada lugar del mundo que pisaban con sus giras, los menores de los Gallagher peleaban por el foco más brillante. No conformes con su fama y fortuna, Liam y Noel se disputaban el amor de sus fans, su madre y todo aquel productor que se atreviera a trabajar con ellos. Ambos poseían un talento inaudito, pero eran presas de la inseguridad generada por la inestabilidad de su núcleo familiar. Su hermano y padre los habían abandonado – o al menos eso decía su madre, aunque hoy en día costara reconocerla por la cantidad de cirugías que desfiguraban su rostro. Oasis existía en un frágil equilibrio de música, sustancias y una hermandad destruida por los egos.
En 2009 y tras una larga agonía para la banda; Ernesto abrió su casilla de mail para encontrar la peor noticia, a mano del titular de un reconocido diario uruguayo: “Noel Gallagher renuncia a Oasis. El sueño terminó”.
Esa noche, Ernesto reunió a su familia en torno a la computadora, puso el DVD Lord Don’t Slow Me Down y le contó a sus hijos todo acerca de la banda de Manchester. No admitió su parentezco, seguro de que no le creerían; pero desde el lugar de un fan compartió con ellos su duelo ante la pelea de sus hermanos.
En 2016 Noel llegó a Uruguay con su proyecto solista. Antes lo había hecho Liam, en 2011. Ninguno de los shows tuvo a Ernie entre el público; aunque si se cruzó con el mayor de los hermanos en migraciones, cuando su retorno de un congreso coincidió con la llegada del músico. Nuevamente cruzaron miradas, como en aquel Luna Park casi 20 años antes, pero en los ojos de su hermano no vio el menor reconocimiento. Fue entonces que decidió vivir su vida a pleno como Ernesto Talvi, no permitiéndose recordar ni en la más solitaria intimidad, su infancia en Manchester o su verdadera familia.
Desarrolló tal aversión por la banda, que el único exabrupto suyo que la familia recuerda, fue el que tuvo al escuchar a su hijo menor rasgueando la guitarra al ritmo de Wonderwall.
“Pero viejo, a vos te gustaba Oasis. A parte One Direction hace un cover ahora, se lo quiero dedicar a aquella...” - se excusó el pequeño Talvi.
“¡En mi casa Oasis no! - vociferó el patriarca, y no volvió a siquiera pronunciar el nombre de la banda por dos largos años.

La sola mención de la palabra lo sacaba de sus casillas. Cuándo en 2018 creó su propio movimiento político - Ciudadanos - sus asesores sugirieron como slogan “un oasis renovador en el Partido Colorado”. Casi renuncia a la vida política.
Pero se contuvo, porque en la política había encontrado su verdadera pasión. Y ante la insistencia de su equipo – sumado a sus ansias de asumir un verdadero compromiso social – Talvi lanzó su candidatura a la presidencia de la República Oriental del Uruguay a fines de ese año. Ilusionado ante la misión de revitalizar a su partido, no entendió la magnitud de su decisión hasta que una conclusión impensada se introdujo en su mente una noche de insomnio. Si ganaba, iba a ser presidente. ¿Qué figura es más importante que un presidente?.
A la mañana siguiente, tomó su camioneta y se dirigió a Cabo Polonio a visitar a los Talvi y, sabiendo que mantenían el contacto con su madre, les hizo un pedido. Peggy debía saber de sus aspiraciones, quería asegurarse de que la causante de tanto dolor en su vida, se enorgulleciera de su éxito.
Transitó la campaña electoral sin mayores sobresaltos, recorriendo el país, proponiendo proyectos y discutiendo ideas innovadoras. Sus asesores y seguidores lo admiraban, sus correligionarios no expresaban más que respeto y sus rivales temían ser desafiados por tan hábil político.
Las Elecciones Internas se acercaban y ante la escasez de debates en la historia reciente uruguaya, Talvi propuso contraponer sus ideas a las de un pre-candidato de otro partido. Una oportunidad de plantear su proyecto país en contraste con otro – que el creía insulso.
Su equipo se dispuso a preparar la contienda, y preocupados por la ferocidad de su oponente, consultaron a Ernesto sobre posibles datos de su vida personal que el otro pre-candidato pudiera sacar a la luz.
“Nada” - respondió el presidenciable colorado. - “No tengo nada que ocultar”.
Esa noche Ernesto no durmió. ¿Había forma de que aquel político improvisado pudiera remover su más oscuro secreto? ¿Podría un simple sindicalista exponer una realidad que ni siquiera su familia conocía?.
Inquieto, se dirigió a primera hora del día a la casa del Partido Colorado, en la calle Martinez Trueba. Solo había una persona en quien confiar en tan delicado momento, un único hombre capaz de ayudarlo: el ex Presidente Juio María Sanguinetti.
“Doctor, vengo a pedirle ayuda. Vió que voy a debatir con Andrade... bueno, hay algo mio que nadie sabe. Ni siquiera mi mujer, mis hijos. Y temo que este tipo lo saque a la luz en vivo, en televisión nacional.” - Confesó Talvi, visiblemente angustiado.
“¡Pero hombre!, ¿Qué puede ser tan grave? - respondió el ex Presidente.
Le siguió una conversación de más de dos horas. Durante 35 años, Ernest Gallagher había callado su verdadera identidad. Ni siquiera conversaba acerca de sus orígenes con los Talvi, quienes lo habían recibido como uno más de los suyos. Pero esa mañana, con el temor de perder la vida que había creado en Montevideo, decidió confiar en quien creía podía ayudarlo. Y acertó.
Sanguinetti no solo comprendía su conflicto de pertenencia, sino su deseo – reprimido durante años – de reencontrarse con los suyos.
“Acordate lo que te digo Ernesto. Vos vas a ser presidente. No ahora, ahora vamos a armar una coalición para que las cosas marchen. Pero vos vas a levantar el partido, y después vas a ser presidente. Ahí te van a dar bola tus hermanos, ¡vas a ver!” - se despidió el ex mandatario.

El debate salió de acuerdo a lo previsto. Su carrera era un éxito, su secreto un tesoro bien escondido. Tarde en la madrugada del día después de las elecciones, Talvi se sentó en su escritorio a procesar los resultados. Agotado, se sirvió un whisky y abrió su casilla de mail. Un solo mensaje sin leer le devolvió la mirada como un viejo amigo.

de: Peggy Sweeney <peggys_oasis@yahoo.com> fecha: 25 oct. 2019 1:19

Hey son. Good luck.

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