¿Nada Menos?

Hace poco, en viaje por América del Sur, me encontré con una situación que había olvidado existir: la definición de precio según la apariencia del cliente. Incluso en las tiendas con precios en los productos (algo raro de ver), empecé a percibir que la pregunta “¿Nada menos?” reducía el precio a la mitad para quien pareciera ser morador. Regatear hasta que el comportamiento esperado en las negociaciones, pero me ha quedado muy presente de que refuerza los estereotipos — la información como lugar de alojamiento y país de origen se consideraba para definir el precio (¿ y si la persona ganó el viaje o ahorró años para estar allí? ¿ si es pobre viviendo en un país rico?).
En las relaciones de consumo en Brasil informar el precio de forma clara es obligación legal y esto incluye política de descuentos y variaciones de precio según cantidad comprada o medio de pago utilizado. Sin embargo, todavía se ven productos y servicios sin divulgación de precios. Lo que no había pensado es que el valor a ser pagado podría ser diferente conforme la cara del cliente (trato diferenciado del consumidor de forma subjetiva está prohibido en Brasil) — cobrándose menos de lo que está en la etiqueta. Aceptar “descuento especial” puede estar reforzando los prejuicios, cambiar este comportamiento se convierte en el desafío.
Me llamó también la atención en el viaje la afirmación de una determinada persona, también a ocio en el lugar y declarándose con vínculo laboral en el exterior con una de las empresas involucradas en la Operación Autolavado, de que concordaba con las prácticas de favorecimiento personal en las negociaciones de la empresa, pues sería algo cultural, que había aprendido existir en la facultad — lamentando sólo qué dinero público hubiera estado usado. Los accionistas,para esta persona, no eran prejudicados con las negociaciones porque ya sabrían de antemano que todo negocio funciona de esta forma.
Em mi argumentación para mostrar el daño potencial conté de una negociación que participé entre tomador de servicio y prestador. La discusión versaba sobre contratación de aprendices por la empresa tercerizada. El tomador descubrió que determinada universidad remuneraba al tercerizado por contrato de pasantía firmado con sus estudiantes y quería, bajo el argumento de que eran sus instalaciones que hacían lo período de prácticas atractivo, la remuneración de la universidad. En ningún momento de la reunión se cuestionó la calidad de los alumnos, el criterio utilizado en la selección, si alumnos de otras instituciones serían más adecuados para la función: la composición se dio en valores, el dinero de la universidad seguiría siendo pagado, se decidió como y para quién.
Mi historia no agradó, oyó que “no sabía que eso era posible”, respondí que sin traba moral o ética todo es posible y, con esta respuesta, cambiamos de asunto. Mi voluntad, sin embargo, era de ampliar la discusión: ¿si le hubieran contado sobre este “modelo de negocio”, tendría esa persona la aceptada o la propuesto? Porque los demás hacen jamás debería ser criterio para adoptar determinada conducta.
El aspecto cultural, la ausencia de reflexión, de sentido crítico o de noción de conjunto son comportamientos que exigen menos energía: es sólo seguir el ganado y cuidar para no ser el “buey de piraña”. Lo que me impresiona es el descuido con el hecho de que todos los comportamientos hoy aceptados un día han sido novedad, y que si las novedades son perjudiciales necesitan ser estancadas para no convertirse en el lugar común futuro.
Un analista de RRHH de una empresa con vacante abierto que pidiera al candidato entrevistado dinero como condición de permanecer en el proceso selectivo sería considerado extraño hoy: ya gratificar quien negocia por el lado opuesto ocurre incluso cuando el empleador se veda. No estoy hablando de la bonificación por ele cumplimiento de la meta o la contratación de proveedor de servicio de reemplazo, sino de ganar dinero de tercero por hacer lo que se contrató (sin preocuparse por las consecuencias al empleador).
Los clichés “pequeños gestos hacen la diferencia” y “para ser diferente tiene que hacer diferente” son siempre actuales. Comenzamos a cambiar los otros más con nuestro comportamiento que con nuestras críticas. Si no queremos ser juzgados por nuestra apariencia (o perjudicados por ella, por vestir marcas caras), se niegar a comprar en una tienda que no es transparente en su política de precios es un principio. Yo voy a intentar cambiar ahorrando tostones cada vez que percibir la discriminación. ¿Y tu?