Hoy he venido escuchando la frase de “ya me cansé de esperar que tuvieras vergüenza”. Si me paro y analizo esa frase quizás encontraré un egoismo muy cómodo que me diga “qué bien, qué razón tienes, qué poca vergüenza, qué mal”.

Es muy fácil dejarse llevar por las emociones (créeme, se de lo que hablo) pero la vida no está hecha para consumirla en cada alegría o pena. No es que no esté bien no consumirla: vivir esa sensación de tener el mejor descuido del mundo o la mejor oportunidad no es algo fácilmente rechazable. La cuestión es, y mañana? O dentro de un rato? Quien va a asegurarme que al caer no se me rompa el corazón en mil? Claro, que en ese momento tu egoísmo tan majo él te dice “tranquilo, estás a salvo. Yo te recogeré si algo no sale bien”.

Mentira. Una tras otra. Un círculo tan adictivo que te hace hasta enfermar físicamente. Y es que, hablando de adicciones, “yo tengo un Master” (Perdonad pero ahora si que dejaré suelto a mi egoismo un rato largo).

El sacrificio te hace feliz. Vamos a ver, me estás diciendo después de experimentar una felicidad no terrenal al ser libre en todos los aspectos posibles, atarme, sacrificarme, me va a hacer más feliz?

Pues sí. El hecho es que aunque no lo podamos ver, sacrificarnos nos va a aportar felicidad duradera, real, y quedarnos con destellos de “felicidina” nos produce, a la larga, mucha tristeza y poca autoestima.

Y tú, quieres seguir siendo mártir?