la cucaracha

Cintia
Cintia
Aug 28, 2017 · 3 min read

Hay una fobia con la que tengo una relación abierta. Ambas vamos y venimos, en ocasiones coincidimos, nos miramos a los ojos y volvemos a salir corriendo.

También tengo una manía: no puedo acostarme sin ducharme antes. Hace unas semanas, por lo tanto, no supuso nada fuera de lo habitual que mi primera parada al llegar a casa fuera el baño. Ropa fuera, música puesta, un pie en la bañera.

Y allí estaba ella. La fobia. La cucaracha.

Había llegado hasta el desagüe y no sabía salir de ahí, del blanco de la porcelana interrumpido por el metal oxidado. Intentaba correr, pero sus patas resbalaban creando un sonido seco horrible. Cada vez que se vencía, su cuerpo caía y el sonido se complementaba con uno mayor.

Un par de décadas atrás, quien les tenía fobia era mi madre. Oías un grito de película y sabías que alguna estaba cerca. Entonces tocaba ir a tranquilizarla y decirle que no pasa nada, que entre papá y yo la capturamos y así no tienes que volver a verla. -“Voy con vosotros” -“Pero mamá, les tienes fobia, no hace falta que vengas” -“Lo sé, pero necesito ver cómo se va. Si no, estaré intranquila.” Y lo pasaba mal, temblaba y se estremecía, pero cuando veía que ese bicho ya no estaba en casa las pupilas le volvían a su sitio.

Algún tiempo después paseaba con mi primer chico y uno de sus mejores amigos por la calle, muy cerca del mar. Era verano y la humedad nos ensuciaba los párpados. No sé muy bien si la fobia comenzó en ese momento o si surgió antes y esperó callada. La cosa es que una cucaracha burdeos enorme pasó frente a nosotros sin mucha prisa y me bloqueé. Sucedió muy rápido, pero recuerdo la cadena de razonamientos que me llevaron a ejecutar automáticamente todas las cosas que hice, sin poder controlar y decidir si hacerlas o no. La mente tenía miedo y mi cuerpo obedecía, yo estaba excluida del proceso. Grité, corrí hacia la persona más alta y me subí a sus hombros como un koala en un salto de altura memorable. Agarré fuerte, cerré los ojos y temblé hasta que oí una bordería a un volumen considerable. Mi chico no era el más alto (tampoco el más comprensible, al parecer). La electricidad se me convirtió en sudor frío y volvió a subir hasta las orejas transformada en vergüenza. No sólo tenía que justificar por qué le tenía un miedo irracional a las cucarachas, tenía además que disculparme por una reacción automática de la que no tengo ni una imagen clara. La cucaracha era mi excusa perfecta para rozarme con un chico que me la traía floja y no se podía hablar más.

En la bañera, mi miedo volvía a revolverme el esternón. No era la primera que me cruzaba una en todos estos años (la última tampoco, muy a mi pesar), pero sí la primera que me volvía a dar ese pavor. Había conseguido mirarlas de forma objetiva, esquivar el látigo y aguantar erguida que se fueran de mi camino por iniciativa propia. Pero aquí estaba, después de una carrera regada por un grito, hecha un ovillo en el sofá. La única forma de descansar tranquila era asegurarme de que no estaba en la casa y vivo sola. “No, no, no. No puedo verla, no puedo tocarla. No, no, no. No te queda otra, tienes que poder.” Así que fui a por el insecticida, me lié las manos en bolsas llenas de papel higiénico y volví a entrar en el baño, sabiendo esta vez qué había y dónde.

Si os digo la verdad, no fue para tanto. En menos de un minuto la cucaracha ya no estaba en mi casa ni en este mundo. Todo solucionado, yo sola, yo valiente. El impacto al tener las fobias enfrente es jodido, pero lo pasé peor en el sofá pensando que en el baño actuando. Igual por eso, cuando se me plantea una situación difícil la afronto sin pensar. “Es problema de mi yo del futuro, ya se las ingeniará de algún modo. Si no, las escapadas a la francesa se te dan de lujo. No estás obligada a nada. Ya no lo estás.”

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I’m broken, but the pieces are nice.

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