la rutina
El alma pesa 21 gramos y la alegría 10.000. Cuando se pelean, las costillas se me ven sin esfuerzo. Si dejan de darse la mano, creo que estoy tan sola que miro a los yogures y a las cervezas de la nevera como únicos compañeros.
Estas veces son las peores. Me tiro en el sofá y espero a que una bola enorme me trague y me cague en 1994. Allí mi prima aún no ha decidido dar las buenas tardes a nadie muerta sobre un charco de su propia sangre, nada de lo que como engorda y los yonquis del parque de mi barrio siguen sin saber qué es una redada.
Hoy ha vuelto a pasar y he recordado el edificio en el que trabajé a principios de 2016. Era una finca de mierda, aunque el anuncio online que ofertaba habitaciones para oficinas en ella decía que era “un ambiente inspirador y evocador de la grandeza arquitectónica del modernismo barcelonés de principio de siglo.” Supongo que tuvieron un año cálido por aquél entonces y nadie tuvo que vestir jerseys de lana entre sus paredes a finales de abril. Barcelona se las prometía Europa, pero allí estaba yo, negociando con un tal Jan la impresión de siete vinilos horribles en su imprenta de Berlín porque era la única que hablaba inglés en aquel sitio. Podría haberle dicho que obviara el encargo, que me sacara de allí y que me presentase a su hijo y a sus colegas en una nueva vida entre cervezas de medio litro y nadie se habría dado cuenta. Ni tan siquiera mis jefes, ese matrimonio aburrido que tenía la clave de mi correo electrónico y pensaba que no lo sabía. Hubo días que fantaseé con enviarme alguna nota de suicidio desde casa , pero luego lo pensaba mejor y decidía que no se merecían nada que fuera susceptible de sacarles de su asquerosa rutina.
Esta mañana, de nuevo, pensé en qué cara pondría con 16 años si alguien me hubiera dicho que aquel invierno pasaría ocho horas al día clavándome los tornillos de una silla rota en el culo. Pienso en qué me hubiese parecido el hecho de que eso sucediese mientras aguantaba la mirada altiva de personas contra las que me manifesté a esa edad. Otras veces, confieso, fantaseé con darle las llaves de la oficina a cualquier grupo de hooligans borrachos que me cruzase por la rambla y que todo fluyera mientras observaba, fumando un cigarro desde fuera.
Siempre he tenido mucha imaginación y ganas, la verdad.
